32 - LA HOGUERA DE LA VIRGEN DE
LORETO.
Hablar en este pueblo de la Virgen de Loreto,
su Patrona, es tan corriente y emotivo que nadie duda de su
favor y amparo protegiendo a todos y cada uno de sus hijos,
habitantes del pueblo o ausentes, extendiendo su cobijo a todos
los aldeanos del término y a quienes, amantes de nuestras
tradiciones y costumbres, se muestran devotos de tan singular
advocación mariana.
Es el 10 de diciembre de cada año cuando,
solemnemente, se le festeja y se le aclama en todas las
concitaciones populares, especialmente en la hoguera dedicada a
Ella, en la Salve, y en el Himno que, tras las celebraciones
litúrgicas, se entonan y cantan por todo el pueblo congregado a
sus pies. Singularmente el Día de la Hoguera, víspera de la
festividad, es algo que merece la pena vivirse plenamente por lo
que significa de acercamiento y hermandad entre todo el
vecindario; es como un anticipo de gloria, como un
presentimiento de favores celestiales, es el abrazo total y
cabal del pueblo. De siempre, las fiestas de la Virgen de Loreto
han reunido en este pueblo a presentes y ausentes en un
clamoroso jubileo de parabienes, saludos, emociones,
reencuentros y buenos deseos; y es que los hijos de esta tierra
aguardan estas fechas para acudir en masa, aunque tengan que
hacer algún sacrificio, desde los puntos más alejados; son
fechas y lugares casi sacralizados por la devoción y por la
costumbre; especialmente hay dos momentos en que el aire se
llena de congratulaciones porque brotan de lo más íntimo del
pueblo: nos referimos a la hoguera y la salve de la víspera, y
a la misa y procesión del día de la Fiesta.
Ya es un espectáculo contemplar cómo y de
qué manera se va confeccionando la hoguera en la plaza, frente
a la puerta del templo parroquial; el ver como los muchachos
arrastran sus pinos hasta llevarlos a la hoguera, y los mayores
-antes en carros y ahora en tractores- aportando carretadas de
ramaje y troncos hasta hacer un gran montón en el amplio
círculo de la plaza. Y al prenderse fuego, ya anochecido, entre
volteos de campanas, músicas y cohetes, parece elevar sus
chisporroteantes llamas y humaredas celebrando la algazara del
encuentro de vecinos y amigos que rodean la hoguera en toda su
circunferencia. Las chispas se elevan al cielo, y el humo
aromático de los pinos invade los ámbitos, todo ello como
proclamando el amor devoto a la Santa Virgen Patrona poniéndole
como peana el entrañable afecto, la amistad sincera y la
fraternidad más unánime, olvidando cualquier pequenez y
cualquier diferencia.
Y, aunque el día siguiente, 10 de diciembre,
es la fiesta mayor al celebrarse la glorificación de María en
la traslación de la casa de Nazareth a Loreto, y ser centro y
eje de estos solemnes festejos: Eucaristía, sermón y
procesión que ponen colofón y broche a todas las demás
manifestaciones festeras y festivas, sociales y populares, es
precisamente la víspera, el Día de la Hoguera, cuando el ritmo
vital del pueblo se agiganta y hasta se desborda alegremente en
eclosión de gozo.
Hace ya muchísimos años llegó a este
pueblo, entonces aldea, la familia de los Garrañera. Sin
temor a equivocarnos en mucho, parece ser que fue allá a
mediados del siglo XVIII, aproximadamente hacia 1750. Se dice
que los Garrañera llegaron acompañando a otra familia
alcarreña-conquense, los Yeves o los Yebes, pues ambas formas
ortográficas son correctas y corresponden al mismo tronco, que
se dedicaban al oficio de alarifes o constructores de obras,
como antiguamente se llamaba a los albañiles de hoy.
Castellanos puros, y muy amantes de las tradiciones y costumbres
típicas de ambas Castillas, acudían a los lugares donde se
proyectaba levantar alguna ermita, iglesia, torre o campanario.
Y, no hay duda, vinieron a este pueblo atraídos por el anuncio
de que se pretendía erigir una esbelta torre aneja a la
iglesia, ya entonces dedicada a Nuestra Señora de Loreto.
Parece ser que la familia Garrañera se
componía del matrimonio y de dos hijos, uno ya mayor, que
ayudaba a su padre como peón o bracero en la construcción de
obras, y otro muchacho de unos diez o doce años. Al igual que
los Yeves, eran gentes dedicadas a su trabajo de un modo
habitualmente mecánico,
con una experiencia y un aseo precisos y encomiables; es decir,
tenían oficio. Moralmente, de una honradez acrisolada; sin
embargo, aunque ponían cuerpo y alma en su trabajo, y familiar
y socialmente eran incapaces de crear ni causar problema alguno,
en el aspecto espiritual eran, sobre todo el viejo Garrañera,
un tanto escépticos, pues, acostumbrados como estaban a
trabajar en lugares y edificaciones sagradas, apenas
profundizaban en lo que de religioso y trascendental suponía su
bien hecha y terminada obra.
Aquel día, 9 de diciembre, los Garrañera,
padre e hijo, se dispusieron a terminar un trabajo que era
la culminación de su obra mayor: la torre de la iglesia. Era
preciso acabar los últimos detalles del tejadillo final para su
inauguración al día siguiente, fiesta de la Virgen de Loreto.
Prácticamente la obra estaba concluida y padre e hijo,
encaramados en el andamiaje, acostumbrados a las alturas y
vencedores del vértigo, estaban exultantes de gozo y alegría
por haber acabado su faena.
Y no hacían cabriolas de contento, a los
casi 30 metros de altura, porque les parecía ridículo, no
porque sintieran miedo. Tras la colocación de la última teja y
asentamiento del remate culminante, la cruz y la veleta,
parecían extasiados al contemplar el ir y venir de las gentes
del pueblo en el ajetreo de un día de vísperas gozosas. Y se
entretenían observando cómo las mujeres entraban en los hornos
de pan cocer llevando sobre sus cabezas las canastillas con la
masa dulce y sabrosa de tortillas, rolletes y magdalenas,
mientras que otras salían portando los dulces ya cocidos y
dispuestos para el convite y el postre. También veían a los
vecinos con sus caballerías saliendo hacia el campo y el monte,
de donde algunos regresaban ya transportando haces de leña y
carretadas de pinos para engrosar la hoguera que habría de
arder aquel día al anochecer. Por otras partes, y con la misma
intención, cuadrillas de chiquillos se dirigían a los
próximos pinares para cortar un pino y traerlo arrastrando por
caminos casi intransitables hasta la plaza y la hoguera. Era un
mirador tan soberbio y admirable, que no se escapaba nada de lo
que ocurría por las callejuelas y plazoletas: mujeres
enjalbegando sus pobres pero limpias fachadas; muchachas yendo y
viniendo como hormigas a la fuente pública con sus cantarillos
en las caderas y el botijo en la mano; algunas paradas de
turroneros que en la plaza ya empezaban a montar sus tenderetes
y sus características mesas; y, debajo exactamente de su
observatorio la hoguera que iba creciendo en ramaje, pinos y
tocones, esperando más y más carne vegetal, verde o seca -todo
era admisible para ser consumido por el fuego- que se iba
apilando y amontonando por cada portador
de leña como si fuera un ritual en su profesión de fe.
Nadie sabia el cómo, el cuándo y el porqué
se inventó este tradición. Pero es que tampoco se sabía el
cómo, el cuándo y el porqué de la entronización Lauretana en
este pueblo y su iglesia.
Cuando los Garrañeras y los Yeves
levantaron la torre, la iglesia, o ermita, regida por los
curatos parroquiales del Salvador, de Requena, como sufragánea,
ya llevaba muchos años y quizás un par de siglos dedicada a la
Virgen de Loreto, advocación italiana extendida milagrosamente
por toda la cristiandad. Y el tío Garrañera, desde lo
alto, alegremente pensaba y medita sobre todo ello, aunque, la
verdad, le tuviera sin cuidado y no le inquietaba mínimamente.
Estaba contento el tío Garrañera porque
había culminado su obra felizmente; la bendición y lo demás
corría a cargo del señor cura y de los mandamases de la
entonces aldea.
Y al par que interiormente gozaba de su
satisfacción, transmitía a su hijo mayor, que con él
observaba el ir y venir y el particular tráfago de las gentes,
todo su contento y su alegría. Y ya hablaban de futuras obras y
de futuros caminos, pues no había más remedio que ir buscando
otras estancias donde afincar momentánea o definitivamente sus
raíces, porque en aquel lugar ya habían cumplido el deseo
popular de levantar su torre, quizás y sin quizás, la torre y
campanario más esbeltos y airosos, más encumbrados y bonitos
de toda la comarca.
Estando en ello, conversando entrambos,
advirtieron sonriendo que el benjamín de la familia iba
tirando, junto a otros amigos, de un robusto pino que
arrastraban por la calle hacia la hoguera de la plaza; el
muchacho tiraba cantando alegremente y muy ufano de su labor; su
padre y hermano lo contemplaban desde lo alto, y se sentían
también orgullosos de que el muchacho aportara su esfuerzo
colaborando en aquella tradicional costumbre. Y vieron cómo los
muchachos llegaron a la hoguera en formación, y cómo
arrastraban y levantaban el talado árbol para plantarlo en
medio del montón. Pero, de pronto, un !ay! de dolor se oyó en
la plaza y subió hasta las alturas: el muchacho de los Garrañera
quedó sepultado en mitad de la leña por la caída del
robusto pino, y un grito de asombro y peligro voló por los
aires: la seguridad con la que el tío Garrañera se
movía por los altos andamiajes, se trocó en desplome y
subsiguiente caída al ver lo que en la
hoguera había sucedido a su hijo pequeño. Y el tío Garrañera
voló por los aires, al par que volaba su grito de
auxilio...
Lo que ocurrió inmediatamente no tiene más
que una explicación: el milagro, solamente el milagro. A veinte
metros del suelo sobresalía un palo o resto de andamiaje
colocado entre las troneras inferiores de la torre, y, tras unas
volteretas del buen albañil, como si se hubiera inventado el
futuro paracaídas, su chaquetilla se hinchó con el viento y
fue a colgarse de aquel palo salvador. El espectáculo del tío Garr
añera colgando como un pelele, pataleando y pidiendo
socorro, era, al mismo tiempo, cómico y sobrecogedor.
Cuando su hijo mayor bajó por la escalera
interior para llegar a la abertura donde el palo había
enganchado a su padre por la ropa, y pudo con mucha dificultad
rescatarlo de la todavía peligrosa situación, las miradas
atónitas, implorantes y acongojadas del pueblo que contemplaba
la escena, brillaron de júbilo en el feliz desenlace, y, como
reguero de pólvora se extendieron por el lugar contando la
aventura y el milagro. Pues aquello era un verdadero milagro.
Cuando el tío Garrañera, ya repuesto
del susto, viendo además que su hijo pequeño no había sufrido
más que un pequeño chichón, en un arrebato de fervor juró y
perjuró que la Virgen de Loreto, patrona de los aires y los
espacios siderales, lo había sujetado hinchando su chaqueta y
le había colgado del palo para que no sufriera el menor daño.
Y es que, cuando dio el traspiés, rápidamente imploró el
favor de la Virgen, en la que, por tozudez y terquedad en
materia de fe, apenas había creído en su vida anterior.
El hecho incuestionable de la salvación del
tío Garrañera quedó para la posteridad. Milagro o no,
el caso es que poco más o menos, así fue la versión de lo
sucedido, y muy comentado el hecho por propios y extraños, un
año tras otro hasta llegar a mi abuela materna, quien me lo
contó un buen día. Y continuando y acabando su relato me dijo
que, al día siguiente del milagro, cuando ya la hoguera se
había consumido ardiendo durante toda la noche anterior, fue
inaugurada la torre por el señor arcipreste de Requena en
nombre del Obispo de Cuenca. Y hubo Misa solemne, y sermón
dedicado a la Virgen de Loreto y a su último milagro; y cuando
siguió la procesión, se vio al buen albañil, a su mujer y a
sus dos hijos, delante de la santa imagen, agradecidos,
descalzos e inclinados sus ojos a tierra, marchando humilde y
fervorosamente todo el trayecto procesional, entre las miradas
silenciosas y el
alborozo interno de las gentes que atribuyeron aquellos sucesos
a la intervención divina.
De la familia del tío Garrañera no ha
quedado nadie al no haber habido descendencia. Sin embargo se
sabe que aquí quedaron para siempre y aquí murieron de viejos,
dedicando su vida a trabajos de construcción y albañilería en
compañía siempre amistosa de la familia de los Yeves, que sí
proliferó, y se extendió desde este pueblecillo hasta otros
confines, abriendo sus varias ramas desde su básica
albañilería hasta otras actividades mas o menos lucrativas,
pero siempre honradas. De los Garrañeras ya no queda
nada; de los Yeves queda bastante. |
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