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33- ¡QUE SALE
LA PANTASMA!
El pueblo estaba cohibido y
amordazado por la aprensión y el recelo. La noticia había
corrido de boca en boca y de casa en casa: ...algunas noches se
aparece la pantasma. Es curioso que se dijera fantasma y no
fantasma como debiera ser; aparte de ser una corrupción del
vocablo, parece que lo de pantasma tenía más enjundia y más
peso que la anecdótica palabra fantasma; y es que lo pantasma,
entre el pueblo, era algo real a lo que podría temerse,
mientras que lo fantasmal era puramente imaginario y cosa de
cuentos. Y no andaba muy descaminado el pueblo en aquella
ocasión. Dijeron que quien la vio primero fue Nicolás el de la
Ventilla, una noche que regresaba a su casa, entre la plaza y
los arrabales. Y decía que la pantasma echó a correr tras él
cuando quiso plantarle cara, asegurando que salió por piernas a
más de cincuenta por hora, no quedando tranquilo hasta perderla
de vista. Después fue un matrimonio, los Coiaches, que iban a
acostarse cuando volvían a casa desde el velatorio de la
recién fallecida Julia la Gorriota. Y contaban que anduvieron
aprisa hasta su casa porque la aparición iba siguiéndoles los
talones. En otras noches, algunos vecinos, por aquí y por
allá, en diversos puntos y calles, aseguraron que vieron algo
blanco y alto que se movía faldoneando en el aire sus
ensabanados vestiduras. Pero nadie oyó ni una voz, ni un grito,
ni apenas un respiro de aquella figuración; ni nadie acertaba a
ver el motivo de aquella aparición. Desde luego, aquello iba a
tambor callao y por algo sería. Sin embargo, la cosa no era
nada nueva. Si no todos los años, con alguna frecuencia había
sucedido otro tanto en el pueblo, y jamás se supo quién
podría ser o qué sería lo que cubría aquel trampantojo
blanco y altisimo , como aseguraban las gentes. Así, sin más
trascendencia que lo puramente anecdótico, habían salido y
desaparecido las pantasmas de otros tiempos. Pero lo de entonces
ya pasaba de la raya chistosa. Y aquello, según el vecindario y
las autoridades, no podía continuar. Un día se reunieron las
fuerzas vivas del pueblo, presididas por el Alcalde, para ver de
solucionar el asunto, fuese como fuese...
En el café de Chicharras se
juntaron una noche el Alcalde, el sereno y cinco mozarrones
fornidos y atrevidos, para acordar el plan de descubierta y
ataque contra el recalcitrante fantasmón. Y se acordó que la
cuadrilla de mozos se encargarían de resolver el problema, en
la forma que, cuando se presentase la ocasión, vieran más
viable y rápida. A la noche siguiente, después de echar un
trago para matar el gusanillo y el temorcillo que les embargaba,
se dedicaron los mozos a la más estrecha vigilancia en la
oscuridad y en el silencio. Allá sobre la media noche, el
doblar la esquina del tío Rojo. vieron los mozos una
grandísima figura como el otro día declaró el Pretonil y
echaron a correr tras ella. Pero cuando se vio acorralada en el
callejón de los Jaraices, apeló a lo que nadie se podía
figurar: sacando un pistolon empezó a disparar, con lo que los
mozos se detuvieron y escondieron, dando lugar a que la
pantasrna escalera las bardas del corral más somero y cercano,
desapareciendo enseguida. Y allí terminó la valentía de los
mozos, quienes renunciaron al encargo y no quisieron salir otra
noche.
Ante tal situación. solamente
una persona se brindó para terminar con aquello. El sereno, el
tío Mata, quien, como ya había visto otras pantasmas, y como
también había observado los derroteros más o menos fijos de
la actual aparición, opinó que lo mejor sería atrocinarse
contra ella sin darle tiempo ni a correr ni a sacar arma alguna.
Aseguró que terminaría con la pesadilla que tenía algo
atemorizada a la población. Además, el tío Mata, que a veces
tuvo que desperdigar el mocerío cuando iba de barrabasadas, y
que no estaba muy bien visto por la mayor porte de los mozos
porque no toleraba a altas horas de la noche otra ley que la ley
que representaba como vigilante, quiso en aquella ocasión
reivindicar su hombría y su lealtad y eficacia en el
cumplimiento del deber. Por eso no vaciló en ofrecer sus
servicios sin temor a las consecuencias; extremos que aceptó la
Alcaldía, sin dejar que la noticia se extendiera por el pueblo,
pues no había duda de que el desaprensivo aparecido era alguien
del mismo pueblo y que seguramente perseguía alguna finalidad
no muy limpia, honrada o decente: así el pacto quedó
secretamente entre el Alcalde y el sereno.
Pasaron algunos días sin que la
aparición diera señales de vida. Ya parecía que aquello se
había solucionado cuando lo de la ronda de mozos y los
subsiguientes disparos, y las gentes creyeron que, hasta alguno
o algunos años, se verían libres de tales apariciones
fantasmales. Pero el tío Mata seguía vigilando, pues no se
fiaba de que el asunto hubiera terminado así como asi. Hemos de
decir que el tío Mata, que era considerado en el pueblo como un
tanto retrasado mental y poco comunicativo, cumplía su oficio
de sereno o vigilante nocturno desde hacía bastantes años; y
lo hacía a su manera, pero con un celo y una dedicación tales,
que jamás se le cogió en falta. Atendía a todo y a todos,
avisaba a quien le encargaba hacerlo cuando tenía que madrugar;
era como el guarda jurado que por la noche se encarga de bienes,
haciendas y personas. Empezaba su tarea a las once - hora solar
-, pues en aquellos tiempos la gente dormía a pierna suelta a
esa hora, y, con una voz un poco destemplada cantaba la hora y
advertía del tiempo que hacía: ¡Ave María Purisma! ¡ Las
doce..., sereno...! y era como un reloj repitiendo de hora en
hora la misma cantata. Iba provisto simplemente de un chuzo o
especie de lanza, y de un reloj: esas eran sus únicas armas
para medir el tiempo y para defenderse en caso de peligro; una
especie de tabardo le cubría el cuerpo y una bufanda hacía de
esclavina y de tapabocas; calzado con unas simples alborgas en
verano y unos borceguíes en invierno, recorría el pueblo de
cabo a rabo varios veces en la noche, lo mismo si estaba raso
que si llovía a cántaros.
Pero en la ocasión que nos
ocupa, y para que la pantasrna no supiera por dónde andaba, el
tío Mata, con permiso de la autoridad, omitió la cantata del
“Ave María Purisma...”, y se dedico en exclusiva a otear,
husmear, huronear y olisquiar por donde podría aparecer el
ensabanado personaje, si es que aparecia . Y ya desesperaba el
bueno del tío Mata, por un lado, y se alegraba por otro, de que
no apareciera, cuando cierta noche, hacia mediados de
septiembre, le pareció ver algo sospechoso que cruzaba por el
patio y tunelillo del tío Millán y, cruzando la plaza de los
Olmos, se encaminaba hacia la Picota. Siguió como pudo las
zancadas enormes del fantasma y, al llegar a la plaza de la
Iglesia, vio que aquello había desaparecido como por encanto. Y
dándole vueltas a la cabeza del cómo y por dónde se había
esfumado, deambulando toda la noche de aquí para allá, llegó
el alba y amaneció sin dar el tío Mata en el misterio; así
que se fue a dormir. Pero durmió poco, pensando y dando vueltas
en el camastro hasta que le rindió el sueño: se tranquilizó
en espera de la noche siguiente... u otras sucesivas.
A mediodía, en que se levantó
el buen hombre, después de comer el puchero que le había
preparado su mujer, afiló el chuzo concienzudamente, puso en
hora y dio cuerda al reloj y se fue a dar un vistazo por donde
había terminado su aventura de la noche anterior. Por allí
había dos callejones sin salida: el del tío Cabrera y el del
tío Beato, y en cada uno un portón de dos hojas dando entrada
a un corral, cuyas tapias también eran fácilmente escalables.
Con ello dio en pensar que por uno u otro callejón se había
esfumado la famosa pantasma, y tomó sus previsiones y
precauciones para la noche. Estaba claro que el ensabanado no se
le podía seguir y perseguir; había que cazarlo a la espera,
como cuando se hace una emboscada. Tarde o temprano caería en
el garlito. Y llegó la hora en que, durmiendo todo el pueblo,
velaba y vigilaba el tío Mata, pero a pie parao, en un rincón
del callejón del tío Beato, que, a su juicio, parecía ser el
lugar en que desapareció el figurón de marras. Se conoce que
aquel personaje era muy listo y se olía algo; por lo que el
tío Mata, casi sin respirar, como una estatua inerte, pero
cansado ya de tanto esperar se disponía a abandonar el
escondrijo, cuando oyó o presintió como cautelosos pasos a la
entrada del callejón. Al momento se dio cuenta de que la
pantasma estaba allí, y, ni corto ni perezoso, le dio el alto
arrojándose al mismo tiempo, chuzo en ristre, contra aquel
estafermo que medía sobre unos dos metros. Pero debería ser
fuerte y ligero el personaje, pues abandonando media sábana en
las manos del tío Mata, echó a correr y saltó las bardas de
la corraliza en un santiamén, no sin haber dejado la otra media
vestimenta clavada en la tapia por obra y gracia del lanzazo que
le asestó el sereno; sábana que, como una bandera enristrada
por el chuzo, quedó ondeando en el aire mañanero, ante la
desesperación del pobre vigilante que, habiendo tenido casi en
sus manos a la pantasrna, había visto cómo y por dónde
desapareció sin dar ya, durante toda la noche, con el
misterioso encapuchado. Y es que los corrales de entonces se
sucedían detrás de las casas en continuos y limitrofes
espacios tapiados, por lo que era fácil ir saltando de uno a
otro hasta desaparecer por las afueras del pueblo.
Algo debió razonar el personaje
en cuestión, pues el caso fue que, desde entonces, ya no
apareció por varios años la pantasrna por al pueblo. Después
hubo otras ocasiones, pero muy espaciadas, cortas y sin ninguna
trascendencia... Pasó mucho tiempo. Y al fin se aclaró la cosa
de aquel misterioso personaje. Y fue por él mismo, en su lecho
de muerte; quiso decirlo en descargo de su conciencia y con
permiso de su mujer. El tío Maleno, que había sido en vida
rápido como una liebre y ágil como un corzo, había ideado la
aventura: era casado, y tenía amores secretos con una viudilla
de buen ver y de mejor tocar. Cuando quería ir de picos pardos
y echar la correspondiente cana al aire, casi semanalmente, se
marchaba de casa diciendo que iba a hacer noche en la huerta, en
la era, en tal o cuál aldea, según la temporada, pues su
oficio de guarda de campo así lo requería. Pero el caso es que
iba a ver a la Rosaura, la viuda, y se le ocurrió aquella
añagaza para que no le molestara nadie ni descubrieran su
adulterio. Y lo descubrió porque quiso. A los dos años murió
su legal esposa; y, al quedar viudo, como ya no había nada que
ocultar, se casaron: boda que, como era natural entonces, fue
amenizada por la correspondiente y acostumbrada cencerrada. Así
que al transcurrir varios años más, y viendo el tío Maleno
que se moría, de común acuerdo con la Rosaura, descubrió el
pastel y se quedó tan fresco, en espera de otro misterio más
importante y trascendental: la muerte. Como así sucedió a los
pocos días. Hay que significar que en alguna otra ocasión la
famosa pantasma aparecía y desaparecía, bien en broma o bien
en serio, por las callejas del pueblo, arrimándose a las
esquinas, unas veces en silencio y otras con silbidos y gritos,
ayes y maldiciones, pero ninguna fue tan famosa como la que nos
ocupó el relato anterior.
Los motivos, no los sé. Quizás
serían, poco más o menos y variados, que los de la pantasma
que estuvo en un tris de perder la vida por causa del lanzazo
del tío Mata, que si hubiera atinado en carne y hueso, habría
finalizado en fatalidad y sangre. Cosa que se lo tenía merecido
el tío Maleno por su estrafalaria invención fantasmal en busca
de lo prohibido. |