34 - LA NOCHEBUENA, LA ZAHORA Y LAS CARAZAS DE LA TAMBORA.

Es Nochebuena. Todo el orbe cristiano celebra esta noche y el siguiente día, la Navidad. Fechas imborrables por su entrañable significación divina y humana. ¡Ha nacido el Redentor del Mundo, Jesús!.

Antiguamente se adornaban menos que ahora las casas con árboles y belenes; y, por supuesto, con menos luces y propagandas comerciales. Hoy se ha convertido en negocio lo que antes era fiesta sencilla y humilde, sobre todo en los pueblos pequeños. Simplemente, el adorar el Niño Jesús, los glorias y los aleluyas se sucedían en alborozos, alegrías, villancicos y exultaciones de gozo. La Misa del Gallo era, en los pueblos, un hito glorioso de paz y de alegría. Hoy se sigue la tradición cenando en familia y celebrando estas fechas casi por inercia y porque el trabajo merece su descanso. Pero aquellas panderetas, zambombas, campanillas y vihuelas, que competían por arrancar más regocijos cantando al Recién Nacido y extendiendo sus sones por el pueblo, de casa en casa, para terminar en la iglesia en adoración el Niño, parece que agotaron sus existencias en un olvido casi total. Sólo, de vez en cuando, algún o algunos niños se atreven a pedir los aguilandos, como si nos diera a todos vergüenza el felicitar así a mayores y pequeños, y, menos mal que sobrevive la cena familiar reuniendo a abuelos, padres e hijos en torno a la mesa...

Lo de antaño, no digo que era mejor ni peor; simplemente, era más sencillo, más cordial, no sólo en familia, sino en vecindad.

Tras la Misa del Gallo, a medianoche, se celebraban reuniones de chicos y chicas, bien por separado o en conjunto, comiendo y divirtiéndose en lo que se llamaba zahora; expansión del mocerío y de la juventud hasta la madrugada en amistad y compaña.

¡Qué Nochebuena la de aquel año! Era a comienzos del siglo que ya va terminando...

La casucha de María la Tambora parecía el patio de Monipodio, pero en casi la inocencia a pesar de la semejanza en la astrosidad y las hambrunas. Allí se había reunido la flor y nata de la mendicidad, de la marginación, de la extrema indigencia, de las taras físicas y mentales del pueblo.

Enumerándolos y describiéndolos, según nos contaron más de veinte años después, eran los siguientes los asistentes a la tertulia y Nochebuena en casa de la Tambora: el ciego Melitón, Jenaro el Cojo, Basilisa la Chepa, el tuerto Perrachica, Penaría el tonto, Meterio el Simple, Pascuala la Chata, Paca la Chorlucha y la anfitriona, María la Tambora.

Iban a celebrar la Nochebuena, primero con sus canciones, coplas y villancicos al son de una vieja guitarra, unos hierrecillos en triángulo, dos panderetas y dos zambombas, amén de tres pares de castañuelas. Después harían la zahora, esta vez a base de una gran paella con un par de conejos que les había regalado la tía María la Chafa, y el postre que habían reunido entre todos; y, ni que decir tiene, ni el vino ni el aguardiente habrían de faltar, pues ya se encargó la Tambora de almacenar estas bebidas unas semanas antes, entre lo que iba percanzando de una y otra casa donde comúnmente trabajaba como sirvienta en horas extraordinarias. Y, según había programado, a ello seguiría la natural expansión y juerguecilla, embromando la situación y la fiesta haciendo carazas y otras picardías menores permitidas por la relativa decencia del cotarro reunido aquella noche célebre.

Como el hambre acumulado por los contertulios alcanzaba cotas extremas, todos esperaban con la natural ansiedad aquella zahora como si fuera el santo advenimiento, según decían, lo que les permitiría limpiar de telarañas los respectivos galillos para algunos días.

El escenario interior: una casa vieja y renegrida, dado que las fogatas del hogar echaban más humo que llamas; una sola sala de estar, que era cocina y comedor al mismo tiempo, con dos poyos en las paredes laterales que servían de asientos y de yacija en épocas de siesta, el frontis con la

chimenea ancha y acampanada por una repisa que servía de vasar y desvancillo; a los lados de la chimenea, el cenicero a la derecha y la alacenilla a la izquierda; sobre uno de los poyos laterales unas cantareras y dos tablas para sostener las cazuelas y pucheros de barro. En el centro, una mesa de tablas, ancha y larga, que servía para todo, y, rodeándola media docena de sillas desvencijadas de madera y asiento ensogado. Sobre los tabiques laterales se abrían dos puertas que daban a sendas habitaciones, cuyas interioridades prefiero no detallar, dado que la pobreza, y con ella la falta de higiene, se denotaba por doquier: dos catres viejos, ropas y jergones deteriorados, una vieja cómoda, un arcón renegrido por los años y una zafa o aguamanil descascarillado.

Colgando de las paredes de la cocina-hogar, un candil, dos sartenes, un ciazo, un baleo y una esportilla. En un rincón, un escobón de mimbres y matapollos, un ándale, una estera y un cuévano viejo lleno de raíces y toconcillos, pinas secas y tres garbas de sarmientos secos. En el frontis, humero o fraile del hogar, una cadenilla, y debajo las tiebles entre dos piedras recogiendo la lumbre que, en aquel momento, ardía destellando sus luces en la sala e irradiando su calor, al que se acogía la tertulia adelantando sus manos acartonadas y entumecidas por los fríos de diciembre.

El escenario exterior: un callejón sin salida, a modo de adarve moruno, con tapias a los lados donde había corrales, y paredes de piedra y barro donde había vivienda humana. El suelo encharquinado y resbaladizo por el continuo goteo de las canaleras, que arrojaban las derretidas nieves caídas durante dos días de la semana anterior. Y el ambiente invernal, frío, desapacible, húmedo y gris por el día, más húmedo y oscuro en la noche cubierta por una espesa niebla que no dejaba ver lo que pasaba a tres metros de distancia.

Pero una cosa eran los escenarios internos y externos, y otra cosa era el tener los corazones abiertos a la alegría de la Navidad, aun sabiéndose inmersos en la desesperanza y la marginacion casi cotidianas; era la conformidad del inocente y del que cubre simplemente sus necesidades en el comer, en el beber y en el dormir acurrucado en una pobre yacija, pero sabiéndose a cubierto y en relativo abrigo. ¡Qué pobre y qué sencillísima la vida de aquellos humildes personajes...!

Pero estaban allí para celebrar su Nochebuena. Y la celebraron, como Dios mandaba y manda.

A las doce menos cuarto tocaron las campanas de la iglesia. A las doce en punto, el templo estaba a rebosar. Y, en una pina, apretujados en una capilla lateral, los nueve amigos oyeron devotamente la Misa del Gallo.

¿Quiénes eran nuestros personajes? La clase desarrapada, la escoria vecinal reunida y agrupada, tras la Misa del Gallo y la adoración al Niño Dios, estaba rodeando el lar flamante y humoso en casa de María la Tambora. Junto al sagato, en un rincón al extremo del corro, Melitón el ciego, pobre mendigo, junto a su lazarillo cotidiano, mejor dicho, lazarilla, Pascuala la Chata, trataba de afinar su vieja vihuela, instrumento de servicio para coplejas y romances que le acompañaba a todas partes en busca de la limosna para el comercio y el bebercio de cada día, a fin de musicalizar los cantares navideños de la tertulia.

Melitón y la Pascuala iban juntos y no estaban casados; vieja ella y viejo él, su anómala situación ni les inquietaba ni les favorecía, ni les perjudicaba. A lo más, el beaterío y las personas demasiado mojigatas y escrupulosas ponían en entredicho su abarraganamiento, que, en el plano de la libido estaba agotado, superado y casi olvidado; era únicamente un abrigamiento mutuo, una hermanada ayuda, un pedir y un dar - para ti, para mí - sin traiciones ni egoísmos: bocao comió, cuidao quitao, como solían decir. Arrastraban su miseria y su vida por pueblos y aldeas, viviendo de la mendicidad, de algunos recados y de algún amenizado baile a base de vihuela y castañuelas, y de algún cantarcillo entre picaro y burlesco; y nada más. Una especie de chamizo en el pueblo para albergarse, y cuatro enseres harapientos, remendados y sucios ...

Basilisa la Chepa se había agarrado a Jenaro el Cojo como quien se agarra a una tabla de salvación en el encrespado mar del vivir angustiado todas y cada una de las jornadas del año. El Cojo era medio sabio; era ya de avanzada edad, y en sus años mozos había sido remendador de corcioles y lebrillos; pero además se creía poseedor de ciertos pujos semicientíficos, sin que ello le valiera para medrar y prosperar en su vida. Ya de viejo, cojo y medio cegato, se acercó a la Chepa, pues, habiendo enviudado de su primer matrimonio y con todos los hijos casados viviendo fuera del pueblo, necesitaba el amparo y cuidado del elemento femenino; y es que, aunque Basilisa la Chepa era jorobada, malformada, fea y pequeña, según acostumbraba a decir, "tenía sus cosillas para engatusar al Cojo". Así fue que se casaron formalmente, y a esperar el más allá en paz y santa compaña, colaborando ambos en la búsqueda de la pitanza: él, todavía remendando alguna cazuela, paraguas, somier o sartén; ella, sirviendo de recadera, de criada y hasta de alcahueta; que en cosa de afanar para el estómago no hay pecado que valga. Un zaquizamí empotrado en la última esquina del pueblo, por la parte de la rambla, les servía de morada y de refugio.

Otra pareja de la reunión. Paca la Chorlucha y el tuerto Perrachica, que realmente se llamaba José, estaban en trance de confirmar su futura unión mediante formal bodurrio, pues hacían buenas migas y ya, desde tiempo atrás, acostumbraban a aparecer juntos por todas partes. Nada impedía el noviazgo, excepto que el tuerto y la Paca no tenían donde caerse muertos. Por la edad, ya no tenían que pedir permiso a nadie, pues ambos pasaban de la cuarentena; los hijos no reñirían por herencias ni particiones ni pondrían trabas a la boda. Así, pues, aquella noche, reunidos con sus amistades, con cuatro carantoñas y otros tantos achuchones anunciarían para muy pronto su enlace definitivo. Perrachica era viudo y le quedó una muchacha de su matrimonio, la Pepa, de unos doce años entonces, que ya andaba de criada en casa del médico del pueblo; vivía el hombre de los jornales que, como bracero, daba haciendo hoyos para viña, cavando oliveras, y en la siega, la trilla y la vendimia; todo ello, dado la cortedad de recursos de la comarca, en plan pobre y con muchos estrecheces. La Chorlucha no había tenido buen son en su juventud, y de resultas de un tropezón, con no se sabe quién, tuvo un chiquillo, ahora ya de unos catorce años, más listo que el hambre, y estaba de pastorcillo en Las Monjas. La historia de la Chorlucha tenía muchos pelendengues y no sabía nadie cómo logró sobrevivir y criar al muchacho, hasta que hacía unos tres años lo pudo colocar de pastor. Y así estaban las cosas para la pareja de novios: era cuestión de echarse a reír al repasar cualidades y características de la pareja y de su próximo enlace.

Solamente nos quede que reseñar, de aquella tertulia navideña, el famoso trío compuesto por la Tambora como reina y señora, y los dos tontos del pueblo disputándose sus favores: Meterlo y Penaría, adláteres embebecidos que, con la baba caída, contemplaban a la Tambora como a una gran señora, y se desvivían por hacerle sus recados, y atender sus posesiones.

Eran como esclavos sumisos al mando y la ordenanza. Como no tenían nada que hacer en sus casas, los dos se extasiaban viendo los andares de la Tambora y reñían por ver cuál de los dos hacía sus mandados más aprisa y mejor; y, de favorcillos casi nada de nada: con algún repretujon y algún besuqueo casi fraternal dejaba la mujer a los pobres tontos más suaves que una manteca.

La Tambora vivía sola desde que le sucedió lo del chiquillo... Vivía, principalmente, de hacer dos faenas: soguilla o jareta de esparto, como cosa áspera y basta; y una puntilla primorosa y bonita que no tenía nada que envidiar al encaje holandés. Parece mentira que pudiera alternar estas dos actividades, con esparto verde sin machacar y con finísimo hilo de lino o de seda; era diestra en ambos menesteres, y, además de hacerlo bien, le cundía en cantidad. Total, que aunque después hubiera que lavar el puntillaje hecho en un bolillero que parecía un almohadón pinchado de alfileres, resultaba una confección de maravilla; y, en cuanto a la jareta o cordeta de esparto, era capaz de hacerse dos mañas de cien metros cada una en una sola jornada.

...Y, en lo que atañe el episodio del chiquillo, no quería recordar lo sucedido. Fue muy triste aquello. Resultó que a sus diecisiete años ya era madre, soltera, por supuesto. El padre de la criatura, un portugués de mala facha y de peores hechos, la engañó prometiéndole el oro y el moro, y la dejó preñada, marchándose de incógnito a su tierra sin dejar señales ni noticias de su paradero; en resumen, que la Tambora se quedó con un guacho y burlada. Pero no se arredró ente aquel embate del destino y crió el niño como pudo y como Dios le dio a entender.

Se decía por el pueblo que la Tambora, para subvenir a las necesidades del niño y a las suyas propias, tuvo que hacer a pelo y a lana, es decir, que, de vez en cuando, no negaba sus favores especiales a cambio del monetario indispensable; pero a este abasto solamente acudía cuando no tenía faena jaretera y puntillera.

Sin embargo, algunos mozarrones quisieron un día usar y abusar de lo que la Tambora daba a gusto cuando quería, y no daba de manera alguna cuando no lo quería. Y una noche se presentaron en su casa requiriéndola y cortejándola. Pero como la moza no quería ni quiso en aquel momento lo que pretendían, enfadados los mozos, y observando y oyendo que el niño lloraba acostado sobre un capazo en el rincón de la lumbre, lo cogieron y con rabia lo tiraron por un ventanuco que daba al corralillo, ante la angustia, el llanto y la desesperación de la madre, quien corrió desalada para recoger a la criatura. Aunque el niño no murió en aquel trance, sino de unas viruelas que cogió un año después, la madre siempre achacó su muerte a lo sucedido; terrible gamberrada que denunció a la autoridad y que costó a los mozos un mes de cárcel en el castillo de Requena.

La cena transcurrió con la natural alegría y jolgorio. La Tambora y sus dos ayudantes, los tontainas, habían guisado una paella de rechupete; no fue verdaderamente paella, sino sartén; pero para el caso, lo mismo; sus dos conejos en arroz, sin otro aditamento que la sal, el azafrán para color y dos cabezas de ajos, calmaron el hambre de los nueve comensales, que, a aquella hora ya pasada la media noche, llevaban un retraso considerable.

Después unas tortillas y rolletes que les habían dado de aguilandos y un celemín de almendras y nueces de la mismo procedencia, hicieron de postre. El vino regó abundantemente los gaznates entre taco de pan, cucharada de arroz y piazo de conejo; y el aguardiente que percanzaron de casa la tía Collide por poco precio, les sirvió de limpieza de galillos y de calentamiento del herbero, amén de favorecer con su fuego las alegrías, los cantares, las bromas, los chistes y los toquiteos de instrumentos... y de otras cosas.

Al terminar la cena llegó el momento de las carazas. La Tambora, que para eso era el ama de casa y jefa de la tertulia, pero esta vez ayudada por la Chorlucha y la Pascuala, ensanchó el corro, calentó una sartenada con aceite, pedriega y azufre, apagó la luz del candil para que no contrarrestara los efectos de la mixtura a la que se dio lumbre. Y había que ver aquella especie de aquelarre a la luz azulenca, mortecina, diabólica, llameante y disparatada; y como el misterio de aquello era la contemplación mutua de los rostros circunstantes por algo se llamaban carazas- haciendo muecas y gestos, exhalando suspiros, intimidando con burlescos ademanes, y después riendo a todo reír con carcajadas descompuestas; aquello semejaba brujería, fantasmagorías, como sátiros chocando sus cornamentas, hechiceras invocando los espíritus, y olores sulfurosos e irritantes saliendo de las llamas que parecían infernales ...

Cuando se encendieron las luces de los candiles de nuevo y terminaron las carazas, los dos tontos, Meterlo y Penaría estaban tendidos en el suelo, abrazados de miedo pavoroso, castañeteándoles los dientes y pataleando como energúmenos. Alguien se encargó de hacerles comprender lo inofensivo de todo aquel acto, y, suavizando su tontería y sus aterrorizados semblantes y ánimos, allí acabó la juerga y la zahora. Cantando el último villancico, cada pareja se marchó por su lado, quedando sola la Tambora con el par de bobos.

Al día siguiente contó a sus amistades que, para consolarlos y para que no tuvieran miedo, acostó con ella, al Meterlo y al Penaría, uno a cada lado; y aseguró que, a pesar de estar ella en circunstancias favorables, no pudo despertarlos; que el calorcillo de su cuerpo, el arroz y el aguardiente les dieron tal sorrañina, que tuvo que dejarlos en paz ...