35 - LA VENTA DEL MORO. (Leyenda)

Corría el verano del año 1277. Una tropilla de sudorosos guerreros, ¡netes en briosos corceles y armados con adargas y lanzas, avanzaba rabajosa y lentamente por el camino de armas y arriería que, cruzando el Gabriel por Vadocañas, comunicaba la villa de Iniesta con los recién onquistados territorios requenenses siguiendo el antiquísimo camino de la omanización. Era la avanzadilla de otra comitiva más pausada y tranquila, asi apiñada en breve espacio, compuesta de dos mujeres y dos niños, que obre dos muías y dos hacaneas enjaezadas con primorosas gualdrapas rocuraban resguardarse del inclemente sol que caía de plano sobre el olvoriento camino y sobre las breñas, derrumbes y cárcavas que jalonaban 1 mismo a uno y a otro lado. Algunos servidores y criadas, también jinetes n resistentes muías, acompañaban a la noble comitiva. A escasa distancia, >tra tropa de aguerridos soldados formaban la hueste de retaguardia; y un dalid, capitán en jefe del séquito y escolta, recorría desde el principio hasta 1 fin tan inusitada comitiva como queriendo cerciorarse de que ninguna ovedad ocurría y, además de animar a unos y a otros en la penosa marcha, rocuraba rezar en voz baja impetrando la ayuda del Altísimo para llevar a iuen recaudo su misión: escoltar y poner a salvo a una reina, a otra casi reina a dos infantes de Castilla. Eran, doña Violante de Aragón, esposa de Alfonso X; su nuera doña Blanca de Francia, viuda del primogénito don 'ernando; y sus dos hijos, Alfonso y Fernando, llamados los Infantes de la ]erda. Y venían casi secretamente enviados por el propio rey Alfonso desde ¡evilla, para que se guarecieran en su feudo de Requena contra las retensiones ya decididas y casi realizadas de coronarse rey de Castilla de su egundo hijo Sancho, que reinaría con el nombre de Sancho IV el Bravo.

No hacía todavía cuarenta años que todos aquellos territorios que ahora cruzaban eran de dominio musulmán. La última hazaña del obispo de Cuenca don Gonzalo Ibáñez de Gudiel había consumado la reconquista de la fortaleza requenense, en nombre del Rey de Castilla Fernando III el Santo y su sucesor en el trono, el Rey Alfonso X el Sabio, había mandado repoblar,colonizar y cristianizar los caseríos, aldeas, y pueblos de la comarca. Y ciertamente, el recorrer estos caminos entrañaba cierta peligrosidad dada la nausencia de poblamientos y fortalezas, y con el temor de que alguna partida nde moros huidos de la población requenense pudiera campar por sus respetos atacando, robando, ultrajando y hasta dando muerte a quienes en solitario o en facción poco numerosa se aventuraran por aquellas vías despobladas y nbalejadas de núcleos con capacidad de defensa. No obstante, el escarmiento de nla morisma en 1239 llegó a tal extremo, que los sarracenos humillaron sus nantes soberbias cabezas, prefiriendo muchos someterse en la propia villa reconquistada a la merced de los vencedores, aunque también hubo quienes la abandonaron para establecerse como colonos en algunos caseríos ribereños del Cabriel, de la Albosa y del Oleana, pero ya sumisos y sin más ganas de alterar el orden establecido por la flamante cristiandad de la zona. Sin embargo, aquellas favorables circunstancias no podían impedir que el capitán vigilase a la comitiva real, su séquito y la tropa con el ardimiento y celo de su carácter y de su lealtad, pues, no sólo podían venir los ataques de la desperdigada aunque feroz morisma, sino de los propios guerreros castellanos, fieles a ultranza, del pretendiente don Sancho.

Un alegre respiro de alivio, un bullicioso clamor de conversaciones abiertas y de voces de mando y alerta, se produjo al divisar sobre una poco pronunciada ladera que bajaba hasta las corrientes limpias de la rambla Albosa, justamente a mitad de la etapa que solía dividirse en dos jornadas, entre los poblados de Iniesta y Requena, una especie de mesón o posada rodeada de adarves y corralizas, donde solía hacer alto la tropa, los comerciantes de ganado, lana y trigo manchegos hacia las rutas levantinas, las recuas de arrieros, escuderos, trajinantes, y las cabanas y rebaños de la recién creada Mesta. Una venta a mitad del camino, con repuestos de caballerías, bastimentos, agua, vino y ropas, donde se reposaba por poco precio, se hacía noche en espera de la última jornada de camino, se contaban leyendas de guerra y de peregrinaciones a la luz de hachones de teas y estopas, y algún que otro bufón o juglar divertía a la concurrencia con sus canciones picarescas al son del laúd y la chirimía. Era aquel lugar de descanso y de restablecimiento, lo que desde hacia algunos años se conocía con el nombre de la "Venta del Moro"; simplemente, un alto en el camino con ciertas comodidades, las que podía ofrecer una venta aislada a cuatro o cinco leguas de distancia de cada población importante en los extremos de sus rutas hacia La Mancha o hacia Requena; pero siempre confortante y reconfortante para quienes tenían que hacer aquel camino con armas o sin ellas, con mercancías o con ganados, sufriendo las inclemencias del verano y del invierno en un largo y penoso trayecto. La llegada a la Venta del Moro suponía un merecido descanso y un respiro de seguridad y libertad. En verdad que era un lugar apacible, silencioso, honesto, agradable, reve-rencioso para el pupilaje de alcurnia, amable con todos, desde los ajetreados soldados hasta los picaros trajinantes, y limpio en enseres y ropas, en comida y en bebida; es decir, una venta con todas las de la ley en aquellos entonces en que las Siete Partidas del Rey Sabio imponían su código por los ámbitos castellanos. El nombre de la Venta del Moro era real y totalmente significativo: A mediados del siglo XIII, un moro afincado en Rekina, "la fuerte, la segura", pero que ni fue tan fuerte ni tan segura a la hora de rendirse a las huestes cristianas de San Fernando, cogió sus bártulos, trastos, enseres y familia, con la ayuda de un caballejo y dos mulos de carga, y huyendo del todavía rescoldo y fragor de la conquista, se retiró a un lugar donde las reminiscencias árabes todavía conservaban su sello y su nombre: entre el Realeme y la Albosa, lugarejo donde una sola cabana se alzaba custodiando la antigua ruta hacia la antigua Egelasta romana. El moro, Muley Alzakir; su mujer, Zoraida, su hija de un año, Aixa. De ello hacia unos veinticinco años en el momento en que narramos los hechos antedichos. El matrimonio árabe ya maduro y ducho en menesteres mesoneros, la hija bellísima como una hurí del Profeta, perla casi escondida por los padres ante cualquier visita, temerosos de perder su más preciado bien; la moza, velada y discreta, doncella y esbelta como una grácil palmera cimbreante, despertando, sin querer, ardores y sentimientos, encantos semisecretos, dulzuras apetecidas y apetecibles para los reprimidos deseos de soldados y guerreros, de comerciantes poco escrupulosos y de siervos y criados. Era, sin advertirlo, aquella morita singular, como un volcán en los fríos desiertos de la estepa secana, gris y polvorienta, así como un oasis que incitaba a sumirse en él con todas las consecuencias.

Pero volvamos al hilo de nuestra narración. El alegre respiro de la comitiva real, su séquito y su escolta, llenó los ámbitos de la venta. Descabalgando todos, y recibidos por el matrimonio moro, se adentraron las reinas y los infantes con sus servidores a una amplia estancia, fresca, enjalbegada y limpia como los chorros del oro donde se les arregló, con sus propios bastimentos y ropajes, mullidos sitiales para mujeres y niños, y bancadas amplias para criados y séquito. La tropa acampó en las afueras, y, como a partir de aquel descanso el capitán intuyó que el peligro de ataque en despoblado había desaparecido, mandó a casi toda la escolta, tras un merecido descanso, proseguir su ruta hacia la fortaleza ya cristiana de la Rekina mora, ahora Roqueña castellana. Quedó, pues, reducida la escolta al capitán, D. Fadrique de Estúñiga y a media docena de piqueros a caballo, suficientes para salvaguardar a aquellos personajes de tanta prosapia, nada más y nada menos que dos reinas y dos príncipes, dos mujeres desvalidas y dos niños más desvalidos aún.

La natural bondad de las reinas, suegra y nuera, acrisoladas en sus penalidades y sufrimientos, quiso conocer la vida de los buenos posaderos, quienes, postrados a sus pies pedían seguridad y amparo a sus nuevos señores cristianos, y ofrecían su vida y hacienda, pero rogando comprensión para sus rudimentarios conocimientos de la religión de Cristo a la que se habían adherido tras la conquista, y pidiendo protección para su hija Aixa quien, presente en el pleito-homenaje de los venteros, se arrodilló implorante ante la majestad de la realeza castellana.

El desvalimiento de las dos reinas, una huyendo de su propio hijo por no querer ceder los derechos de sus nietos; la otra, la nuera, con los lutos de la reciente viudez y dos niños bajo su amparo, huyendo por los mismos motivos, no fue impedimento ni obstáculo para atender con cariño y reposadas frases a los requerimientos temerosos del matrimonio ventero, y sellando su amistad con un gesto de excelsa nobleza, Doña Violante y Doña Blanca besaron la frente de la doncella mora y colgaron de su ebúrneo cuello una cadenilla con un bello crucifijo en prueba de su naciente ilusión en la fe cristiana.

Tras ello, y tras unas horas de descanso en amigable plática y la consiguiente cena de quesos frescos, huevos, frutas y carnes de averío y caza, regados con vino tinto y agua clara de la fuentecilla ribereña, todos se retiraron a dormir y pasar la noche para proseguir con renovados bríos la última etapa hacia Requena, villa que ya conocía doña Violante en donde con su madre -otra Violante, esposa de Jaime I de Aragón- habían arreglado ciertas desavenencias fronterizas entre ambos reinos, y en cuya fortaleza habían de morar en adelante los Infantes de la Cerda, retirados del castellano ajetreo guerrero con su renuncia al trono, bajo el amparador brial de su madre

doña Blanca, la francesita castellanizada que no supo más que muy escasamente las mieles de la coyunda con el primogénito Fernando, muerto en plena juventud.

Todo parecía suceder y desarrollarse con la tranquilidad de una noche estrellada, limpia, brillante, besada por la paz campestre y las auras suaves de un frescor solanera.

Pero alguien no dormía; velaba desvelado martillándole su cerebro los concupiscentes deseos, la visión de aquella hermosísima doncella mora, esbelta y susurrante, con ojos de abismo torturador, blanquísimas facciones, aires de princesa en sus andares menudos y ligeros, ...el capitán don Fadrique ni dormía ni podía dormir; su deseo podía más que su honradez y su hombría de bien.

Con nocturnidad y alevosía, valiéndose de su grado y mando, el capitán de la guardia real, don Fadrique de Estúñiga, deshonrando su honor y abusando de una autoridad que sólo debió medir y probar en la lucha contra la morisma recalcitrante, cometió la estúpida y desgraciada villanía de solicitar por la fuerza los favores de Aixa, la doncella ya en camino de cristianizarse. Como la moza se resistiese y clamase la ayuda humana y divina que el caso reclamaba, y ya casi desmayada en brazos del capitán, gritó desesperadamente en último trance, su padre, el honrado moro ventero, acudió solícito en su ayuda, y sin encomendarse ni a Alá ni a Cristo, empuñando una afilada hoz, la clavó entre cuello y espalda del capitán dejándole muerto en el acto. Alborotóse la venta, despertaron todos los alojados, y pronto la media docena de guerreros rodearon al enfurecido y terrible moro que todavía empuñaba la hoz homicida. Entregándose a requerimientos de las Reinas, se procedió inmediatamente al juicio sumarísimo por el hecho terrible acaecido, presidiendo ambas soberanas el tribunal para administrar justicia de acuerdo con las Partidas Alfonsinas.

Lloraban desconsoladamente las posaderas, madre e hija, tanto por la injuria recibida como por el peligro de muerte en que se hallaba el posadero, quien inexorablemente y según la ley de Talión, "ojo por ojo, diente por diente" habría de sufrir igual muerte, caso de probarse su culpabilidad, que, dada su furia y su arma, parecía suficientemente probada. Pero había un testigo presencial en los hechos ocurrido; un testigo de excepción, la propia doña Blanca, quien desasosegada e intranquila velaba angustiosamente el sueño de sus hijos, recordando penalidades sufridas y adivinando lo que en lo sucesivo habrían de padecer en defensa de sus fueros y derechos; y, en aquella meditación estaba cuando contempló, asustada y aterrada, todo lo que el capitán pretendió, la defensa de la propia doncella, su llamada de auxilio y el terrible desenlace en el que un padre furioso salió en defensa de su hija desvalida cometiendo el homicidio, castigo que el capitán merecía por su villana y deshonrosa acción, y que la fatalidad se encargó de cumplir con toda su gravedad.

Así lo declaró doña Blanca, y se hizo justicia condenando únicamente al moro ventero a quedar desterrado de por vida en aquella venta sin poder adentrarse en ciudad cristiana alguna durante el resto de sus días.

Muy de madrugada, la comitiva y su séquito, con la tropilla de los seis guerreros, cabalgando de nuevo, tomó el camino de la amurallada Roqueña, llevando a retaguardia, sobre su caballo, el cuerpo muerto del capitán para ser enterrado en lugar sagrado, a pesar de su afrentosa aunque merecida muerte.

En la venta quedó el matrimonio y su hija, quienes con las zalemas propias de su raíz moruna agradecieron la justa decisión de las regias damas.

Aquel terrible suceso fue comentado por las tropas y por los vecinos y moradores de caseríos y aldeas, de pueblos y ciudades, enalteciendo generalmente la virtud y la belleza de la doncella Aixa, la honradez de sus padres, y el castigo del desaprensivo guerrero. Aquella familia de moros renegados se convirtió definitivamente al cristianismo, y aquel paraje con escaso poblamiento hubo, al seguir de los tiempos, de ensanchar sus cabanas y casas haciendo calle y plaza con la primitiva venta, que ya se denominó por propios y extraños, desde entonces y para siempre, la Venta del Moro.

Cuando unos veinte años después, con motivo de regresar a Requena el bInfante Don Alfonso, ya en compañía de su esposa Doña Mafalda de Narbona, para establecerse allí y fundar el primer monasterio carmelitano y entronizar a la Virgen de la Soterraña en aquella villa, tanto el Infante como su recién desposada quisieron hacer alto, repostar y descansar en la famosa Venta del Moro; el hombre, para recordar lo sucedido cuando siendo niño hubo de pernoctar en aquel lugar, y la mujer, para conocer in situ el lugar y los personajes que, como una leyenda, eran cantados en romances y canciones por juglares y trovadores.

El buen moro Muley Alfaquir, había muerto. Su esposa Zoraida, ya anciana, temblequeaba en un rincón de la estancia comunal de la venta; Aixa, bella matrona todavía, cuidaba de sus dos hijos y de lalimpieza y bienestar de la posada ; y su esposo, un guerrero cristiano retirado de las asperezas y contiendas que ensangrentaban en luchas intestinas el Reino de Castilla y que tuvo la suerte de pedir y obtener honrada y celosamente el matrimonio con la bella Aixa, se dedicaba al bastimento de enseres, forrajes, armas, herramientas y víveres, para atender en la posada las necesidades de las gentes que por allí transitaban.

Y una nueva generación y otra y otra, fueron sucediéndose en la regencia de aquella posada, descanso de caminantes, reposo de arrieros y guerreros, lugar de buen beber y buen yantar, hasta llegar a ser, primero caserío, después aldea, luego lugar, y por fin, pueblo soberano e independiente.

Esto fue y esto es lo que llamamos hoy VENTA DEL MORO, y que siempre, por todos, se le antepuso el correspondiente artículo, llamándose popularmente LA VENTA DEL MORO.