Un alegre respiro de
alivio, un bullicioso clamor de conversaciones abiertas y de
voces de mando y alerta, se produjo al divisar sobre una poco
pronunciada ladera que bajaba hasta las corrientes limpias de la
rambla Albosa, justamente a mitad de la etapa que solía
dividirse en dos jornadas, entre los poblados de Iniesta y
Requena, una especie de mesón o posada rodeada de adarves y
corralizas, donde solía hacer alto la tropa, los comerciantes
de ganado, lana y trigo manchegos hacia las rutas levantinas,
las recuas de arrieros, escuderos, trajinantes, y las cabanas y
rebaños de la recién creada Mesta. Una venta a mitad del
camino, con repuestos de caballerías, bastimentos, agua, vino y
ropas, donde se reposaba por poco precio, se hacía noche en
espera de la última jornada de camino, se contaban leyendas de
guerra y de peregrinaciones a la luz de hachones de teas y
estopas, y algún que otro bufón o juglar divertía a la
concurrencia con sus canciones picarescas al son del laúd y la
chirimía. Era aquel lugar de descanso y de restablecimiento, lo
que desde hacia algunos años se conocía con el nombre de la
"Venta del Moro"; simplemente, un alto en el camino
con ciertas comodidades, las que podía ofrecer una venta
aislada a cuatro o cinco leguas de distancia de cada población
importante en los extremos de sus rutas hacia La Mancha o hacia
Requena; pero siempre confortante y reconfortante para quienes
tenían que hacer aquel camino con armas o sin ellas, con
mercancías o con ganados, sufriendo las inclemencias del verano
y del invierno en un largo y penoso trayecto. La llegada a la
Venta del Moro suponía un merecido descanso y un respiro de
seguridad y libertad. En verdad que era un lugar apacible,
silencioso, honesto, agradable, reve-rencioso para el pupilaje
de alcurnia, amable con todos, desde los ajetreados soldados
hasta los picaros trajinantes, y limpio en enseres y ropas, en
comida y en bebida; es decir, una venta con todas las de la ley
en aquellos entonces en que las Siete Partidas del Rey Sabio
imponían su código por los ámbitos castellanos. El nombre de
la Venta del Moro era real y totalmente significativo: A
mediados del siglo XIII, un moro afincado en Rekina, "la
fuerte, la segura", pero que ni fue tan fuerte ni tan
segura a la hora de rendirse a las huestes cristianas de San
Fernando, cogió sus bártulos, trastos, enseres y familia, con
la ayuda de un caballejo y dos mulos de carga, y huyendo del
todavía rescoldo y fragor de la conquista, se retiró a un
lugar donde las reminiscencias árabes todavía conservaban su
sello y su nombre: entre el Realeme y la Albosa, lugarejo donde
una sola cabana se alzaba custodiando la antigua ruta hacia la
antigua Egelasta romana. El moro, Muley Alzakir; su mujer,
Zoraida, su hija de un año, Aixa. De ello hacia unos
veinticinco años en el momento en que narramos los hechos
antedichos. El matrimonio árabe ya maduro y ducho en menesteres
mesoneros, la hija bellísima como una hurí del Profeta, perla
casi escondida por los padres ante cualquier visita, temerosos
de perder su más preciado bien; la moza, velada y discreta,
doncella y esbelta como una grácil palmera cimbreante,
despertando, sin querer, ardores y sentimientos, encantos
semisecretos, dulzuras apetecidas y apetecibles para los
reprimidos deseos de soldados y guerreros, de comerciantes poco
escrupulosos y de siervos y criados. Era, sin advertirlo,
aquella morita singular, como un volcán en los fríos desiertos
de la estepa secana, gris y polvorienta, así como un oasis que
incitaba a sumirse en él con todas las consecuencias.
Pero volvamos al hilo de
nuestra narración. El alegre respiro de la comitiva real, su
séquito y su escolta, llenó los ámbitos de la venta.
Descabalgando todos, y recibidos por el matrimonio moro, se
adentraron las reinas y los infantes con sus servidores a una
amplia estancia, fresca, enjalbegada y limpia como los chorros
del oro donde se les arregló, con sus propios bastimentos y
ropajes, mullidos sitiales para mujeres y niños, y bancadas
amplias para criados y séquito. La tropa acampó en las
afueras, y, como a partir de aquel descanso el capitán intuyó
que el peligro de ataque en despoblado había desaparecido,
mandó a casi toda la escolta, tras un merecido descanso,
proseguir su ruta hacia la fortaleza ya cristiana de la Rekina
mora, ahora Roqueña castellana. Quedó, pues, reducida la
escolta al capitán, D. Fadrique de Estúñiga y a media docena
de piqueros a caballo, suficientes para salvaguardar a aquellos
personajes de tanta prosapia, nada más y nada menos que dos
reinas y dos príncipes, dos mujeres desvalidas y dos niños
más desvalidos aún.
La natural bondad de las
reinas, suegra y nuera, acrisoladas en sus penalidades y
sufrimientos, quiso conocer la vida de los buenos posaderos,
quienes, postrados a sus pies pedían seguridad y amparo a sus
nuevos señores cristianos, y ofrecían su vida y hacienda, pero
rogando comprensión para sus rudimentarios conocimientos de la
religión de Cristo a la que se habían adherido tras la
conquista, y pidiendo protección para su hija Aixa quien,
presente en el pleito-homenaje de los venteros, se arrodilló
implorante ante la majestad de la realeza castellana.
El desvalimiento de las
dos reinas, una huyendo de su propio hijo por no querer ceder
los derechos de sus nietos; la otra, la nuera, con los lutos de
la reciente viudez y dos niños bajo su amparo, huyendo por los
mismos motivos, no fue impedimento ni obstáculo para atender
con cariño y reposadas frases a los requerimientos temerosos
del matrimonio ventero, y sellando su amistad con un gesto de
excelsa nobleza, Doña Violante y Doña Blanca besaron la frente
de la doncella mora y colgaron de su ebúrneo cuello una
cadenilla con un bello crucifijo en prueba de su naciente
ilusión en la fe cristiana.
Tras ello, y tras unas
horas de descanso en amigable plática y la consiguiente cena de
quesos frescos, huevos, frutas y carnes de averío y caza,
regados con vino tinto y agua clara de la fuentecilla ribereña,
todos se retiraron a dormir y pasar la noche para proseguir con
renovados bríos la última etapa hacia Requena, villa que ya
conocía doña Violante en donde con su madre -otra Violante,
esposa de Jaime I de Aragón- habían arreglado ciertas
desavenencias fronterizas entre ambos reinos, y en cuya
fortaleza habían de morar en adelante los Infantes de la Cerda,
retirados del castellano ajetreo guerrero con su renuncia al
trono, bajo el amparador brial de su madre
doña Blanca, la
francesita castellanizada que no supo más que muy escasamente
las mieles de la coyunda con el primogénito Fernando, muerto en
plena juventud.
Todo parecía suceder y
desarrollarse con la tranquilidad de una noche estrellada,
limpia, brillante, besada por la paz campestre y las auras
suaves de un frescor solanera.
Pero alguien no dormía;
velaba desvelado martillándole su cerebro los concupiscentes
deseos, la visión de aquella hermosísima doncella mora,
esbelta y susurrante, con ojos de abismo torturador,
blanquísimas facciones, aires de princesa en sus andares
menudos y ligeros, ...el capitán don Fadrique ni dormía ni
podía dormir; su deseo podía más que su honradez y su
hombría de bien.
Con nocturnidad y
alevosía, valiéndose de su grado y mando, el capitán de la
guardia real, don Fadrique de Estúñiga, deshonrando su honor y
abusando de una autoridad que sólo debió medir y probar en la
lucha contra la morisma recalcitrante, cometió la estúpida y
desgraciada villanía de solicitar por la fuerza los favores de
Aixa, la doncella ya en camino de cristianizarse. Como la moza
se resistiese y clamase la ayuda humana y divina que el caso
reclamaba, y ya casi desmayada en brazos del capitán, gritó
desesperadamente en último trance, su padre, el honrado moro
ventero, acudió solícito en su ayuda, y sin encomendarse ni a
Alá ni a Cristo, empuñando una afilada hoz, la clavó entre
cuello y espalda del capitán dejándole muerto en el acto.
Alborotóse la venta, despertaron todos los alojados, y pronto
la media docena de guerreros rodearon al enfurecido y terrible
moro que todavía empuñaba la hoz homicida. Entregándose a
requerimientos de las Reinas, se procedió inmediatamente al
juicio sumarísimo por el hecho terrible acaecido, presidiendo
ambas soberanas el tribunal para administrar justicia de acuerdo
con las Partidas Alfonsinas.
Lloraban desconsoladamente
las posaderas, madre e hija, tanto por la injuria recibida como
por el peligro de muerte en que se hallaba el posadero, quien
inexorablemente y según la ley de Talión, "ojo por ojo,
diente por diente" habría de sufrir igual muerte, caso de
probarse su culpabilidad, que, dada su furia y su arma, parecía
suficientemente probada. Pero había un testigo presencial en
los hechos ocurrido; un testigo de excepción, la propia doña
Blanca, quien desasosegada e intranquila velaba angustiosamente
el sueño de sus hijos, recordando penalidades sufridas y
adivinando lo que en lo sucesivo habrían de padecer en defensa
de sus fueros y derechos; y, en aquella meditación estaba
cuando contempló, asustada y aterrada, todo lo que el capitán
pretendió, la defensa de la propia doncella, su llamada de
auxilio y el terrible desenlace en el que un padre furioso
salió en defensa de su hija desvalida cometiendo el homicidio,
castigo que el capitán merecía por su villana y deshonrosa
acción, y que la fatalidad se encargó de cumplir con toda su
gravedad.
Así lo declaró doña
Blanca, y se hizo justicia condenando únicamente al moro
ventero a quedar desterrado de por vida en aquella venta sin
poder adentrarse en ciudad cristiana alguna durante el resto de
sus días.
Muy de madrugada, la
comitiva y su séquito, con la tropilla de los seis guerreros,
cabalgando de nuevo, tomó el camino de la amurallada Roqueña,
llevando a retaguardia, sobre su caballo, el cuerpo muerto del
capitán para ser enterrado en lugar sagrado, a pesar de su
afrentosa aunque merecida muerte.
En la venta quedó el
matrimonio y su hija, quienes con las zalemas propias de su
raíz moruna agradecieron la justa decisión de las regias
damas.
Aquel terrible suceso fue
comentado por las tropas y por los vecinos y moradores de
caseríos y aldeas, de pueblos y ciudades, enalteciendo
generalmente la virtud y la belleza de la doncella Aixa, la
honradez de sus padres, y el castigo del desaprensivo guerrero.
Aquella familia de moros renegados se convirtió definitivamente
al cristianismo, y aquel paraje con escaso poblamiento hubo, al
seguir de los tiempos, de ensanchar sus cabanas y casas haciendo
calle y plaza con la primitiva venta, que ya se denominó por
propios y extraños, desde entonces y para siempre, la Venta del
Moro.
Cuando unos veinte años
después, con motivo de regresar a Requena el bInfante Don
Alfonso, ya en compañía de su esposa Doña Mafalda de Narbona,
para establecerse allí y fundar el primer monasterio
carmelitano y entronizar a la Virgen de la Soterraña en aquella
villa, tanto el Infante como su recién desposada quisieron
hacer alto, repostar y descansar en la famosa Venta del Moro; el
hombre, para recordar lo sucedido cuando siendo niño hubo de
pernoctar en aquel lugar, y la mujer, para conocer in situ el
lugar y los personajes que, como una leyenda, eran cantados en
romances y canciones por juglares y trovadores.
El buen moro Muley
Alfaquir, había muerto. Su esposa Zoraida, ya anciana,
temblequeaba en un rincón de la estancia comunal de la venta;
Aixa, bella matrona todavía, cuidaba de sus dos hijos y de
lalimpieza y bienestar de la posada ; y su esposo, un guerrero
cristiano retirado de las asperezas y contiendas que
ensangrentaban en luchas intestinas el Reino de Castilla y que
tuvo la suerte de pedir y obtener honrada y celosamente el
matrimonio con la bella Aixa, se dedicaba al bastimento de
enseres, forrajes, armas, herramientas y víveres, para atender
en la posada las necesidades de las gentes que por allí
transitaban.
Y una nueva generación y
otra y otra, fueron sucediéndose en la regencia de aquella
posada, descanso de caminantes, reposo de arrieros y guerreros,
lugar de buen beber y buen yantar, hasta llegar a ser, primero
caserío, después aldea, luego lugar, y por fin, pueblo
soberano e independiente.
Esto fue y esto es lo que
llamamos hoy VENTA DEL MORO, y que siempre, por todos, se le
antepuso el correspondiente artículo, llamándose popularmente
LA VENTA DEL MORO.