37 - LOS VOLUNTARIOS DE LA
JARAGUAS CARTAGINESA.
(Leyenda)
Hay cosas que uno no se puede
explicar ni aún con remotas suposiciones. Del cómo y el porqué
surgieron muchos nombres de pueblos y aldeas, estamos casi en
blanco, y no digamos del cuándo. Todo ello son meras conjeturas
más o menos de cuento o leyenda. Pero el caso es que están ahí;
y algo debió suceder para que ese o esos topónimos hayan llegado
hasta nosotros, conservados a través de los tiempos.
Uno de estos
casos concretos es el nombre de Jaraguas. Es indudable que tiene
raíces árabes la antigua Xiragua, y algunos historiadores lo
mencionan como poblado moro inmediato a Requena, junto a otros,
como Moya, Caudete, Braila o Campo Arcís, Mira, etc. Pero aún
más, hacen remontar este poblado a épocas romanas llamándolo
Xaragua, cerca de Putiala o Utiel. Y si hacemos caso al
conquense Muñoz Soliva, fueron los fenicios quienes fundaron
este poblado, ya que, según él, el nombre de Jaraguas viene de
las voces "dag" y "hiere" -pez sagrado- refiriéndose a alguna
efigie de la deidad fenicia Dagón, mitad hombre y mitad pez.
¿Qué hay de cierto en ello? Lo ignoramos; pero de su antigüedad
no hay duda.
Su colina
defensiva, su enladeramiento hacia la corriente de la incipiente
rambla Albosa (otro nombre árabe) y otras razones típicas, hacen
que este emplazamiento llegue, no sólo hasta la época fenicia,
sino a lo netamente ibérico, aunque de muy relativa importancia.
Por otra parte,
la imaginación nos lleva a considerar qué concomitancias puede
haber entre la Xaragua hispano-árabe-romana, o Jaraguas actual,
con la también famosa Xaragua americana, el reino caribeño de la
isla Española (Santo Domingo) donde el conquistador conquense,
Alonso de Ojeda, el famoso "caballero de la Virgen" -según
Blasco Ibáñez-, redujo al rey Caona-bo y a su bellísima esposa
Anacaona a la obediencia española en la primera conquista y
colonización que se hizo en el Nuevo Mundo. Quizás todo ha sido
una mera casualidad y pura coincidencia. Pero la imaginación se
nos desborda, y la fantasía se llena de misterios que quieren
aflorar. Por ello, silenciando otras conexiones, como fruto de
un palpito que llama hacia la posibilidad de una ascendencia
fenicia o púnica, surge la siguiente leyenda jaragüense o
jaragueña en favor de los cartagineses de Aníbal.
Tras la conquista
de Altnia o Cartala, capital de los olcades, (sita en algún
lugar, ahora ignorado, de la meseta oriental conquense) por los
cartagineses hacia el año 220 a.C, éstos asientan pequeñas bases
auxiliares por estos territorios, en lugares estratégicos, desde
donde poder progresar hacia el norte, en dirección a Sagunto. Y
posiblemente instalaron una de dichas bases en el castro
celtibérico donde los fenicios hubieron de explotar la sal de lo
que hoy llamamos la Salobreja, junto a "Daghiere" o Jaraguas.
La razón del
asentamiento cartaginés en este lugar, como pequeña base de
irradiación conquistadora, viene dada porque no confiaban en las
tribus ibéricas edetanas del litoral, y sí tenían confianza en
las del interior; aparte de que, tanto la sal de los aguaduchos
salobres naturales del lugar, como los pastos que daban los
llanos y riberas de la alta rambla Albosa, eran muy apreciados
para la caballería y los víveres del ejército púnico. Y es
natural, pues los conquisitores cartagineses reclutaban
voluntarios estipendarios (el estipendio era una primera paga
que obligaba el mercenario recluta ya casi de por vida) en la
Celtiberia interior: en nuestro caso entre los guerreros olcades;
y una base para tal reclutamiento debió ser la antigua Daghiere.
Para darse cuenta
de la importancia de estos mercenarios, hay que señalar que
lucharon, junto a los baleares y a los africanos de Libia y
Numidia, en las campañas de Aníbal contra Roma. La tercera parte
del ejército cartaginés que pasó los Alpes y que, con
anterioridad sitió y conquistó Sagunto, estaba formada por
celtíberos, olcades, oretanos y lusitanos, quienes, vestidos con
túnicas de lino bordadas de púrpura, y armados con peculiares
escudos y espadas anchas y cortas, con sus rostros feroces y su
gran estatura ponían espanto a los romanos; y es que formaban
los cuerpos de infantería ligera y caballería, que eran la
vanguardia y fuerza de choque y asalto del ejército de Aníbal.
En esta situación
jaragüeña, tratamos de contar, como producto de nuestra
imaginación, algo que pudo suceder, casi doscientos años antes
de 'Jesucristo, por nuestras tierras.
Almalón era
gobernadorcillo cartaginés por esta comarca. Y, con su mujer y
su hija, venidas desde Cartago Nova, estableció su campo y su
base en el poblado de Daghiere.
Desde allí
gobernaba, regía, reclutaba, reunía víveres y bastimentos para
las huestes cartaginesas. Y, aunque rodeado de una cohorte de
servidores libios que ejercía como una compañía de intendencia
en sus primeros tiempos, tuvo que llamar a su familia para
mitigar la soledad de afectos en que se hallaba, ya que su
hueste conquisitora era de lo más salvaje de la negritud
africana. Y así resultó que su mujer, Masilia, y su hija Salami,
fuertes como beduinas del desierto, y al par tiernas y dulces
como la miel de los dátiles, ejercían su influencia
cariñosamente en el poderío del capitán gobernador.
El pequeño
caserío, mezcla de castro y poblado ibérico, rodeado de tiendas
acampamentadas para guarecer a los soldados veteranos, albergaba
a un par de centenares de habitantes lugareños, en su mayoría
ancianos, mujeres y niños, pues los hombres en edad de luchar,
ya habían sido reclutados y acompañaban al grueso del ejército.
En medio del poblado se erigió un pequeño templo dedicado el
dios Dagón, del que venía el nombre de "Daghiere" con que se
llamaba a aquel enclave fenicio, impuesto por estos
colonizadores tan dados al mercadeo de la sal.
Era costumbre,
desde su llegada al castro cartaginés, que ambas mujeres, madre
e hija, acudieran cada tarde al pequeño templo, rodeadas de
algunas doncellas del lugar, para ofrecer sacrificios y ofrendas
impetrando favores para los avances cartagineses hacia Sagunto y
hacia las tierras del Ebro. Y es que a tal deidad y a su
compañera Atergatis o Astarté se les atribuían los éxitos
púnicos como herederos de los cananeos o filisteos de Fenicia.
Y, sobre todo, pedían por el regreso victorioso de sus hombres
portando, además de la victoria guerrera, el dispendio ahorrado
para efectuar sus intercambios comerciales con otras tribus y
poblados vecinos.
La joven Salami
tenía también su prometido en el campamento de Anibal, y
esperaba su amor y su botín para regresar a su Cartago Nova
natal en feliz matrimonio. La joven Salami era bella, hermosa y
gentil; y ejercía notable influencia entre las jóvenes mujeres
del poblado. Era el espejo donde las demás se miraban, pero
también la envidia de muchas. Únicamente, su mejor amiga,
Ragulia, la más preciosa y preciada joya del jefecillo olcade
del poblado, ni le tenía envidia ni podía envidiarla;
sencillamente, era tan buena y tan bonita, tan alegre y gentil
como la propia Salami; y su amistad llegó a tal extremo como
para sacrificarse en su honor y su favor, como se verá en el
curso de nuestro relato.
Habían salido
reclutados del poblado de Daghiere hasta tres docenas de fuertes
y robustos hombres, que, junto a otros tantos voluntarios de los
cercanos poblamientos, formaban una compañía de infantería
ligera, a cuyo mando estaba el novio de la bella Salami; era
Miltorco, cartaginés aguerrido y bravo, descendiente de una
familia ligada por lejanos lazos de sangre con los Barca, y, por
ello, uno de los buenos amigos de Aníbal.
Ya en el sitio y
expugnación de Sagunto asistieron los estipendiarios de Daghiere
a la masacre del heroico pueblo sitiado; y aunque su ferocidad
en el combate les impelía a todos los desmanes de la guerra
cruel, casi atónitos y sobrecogidos contemplaron el sacrificio
saguntino, quedando grabado en sus mentes el espectáculo del
pavoroso y horrendo holocausto. Y cuando todo era una inmensa
pavesa y un incesante humear de escombros, aquellos voluntarios
infantes limpiaron sus espadas en el lienzo de sus túnicas, como
diciendo que jamás volverían a luchar en lo sucesivo contra
gentes de su igual raza. Y en un gesto de enojo, más de la mitad
regresaron a sus lares dando por terminada su mercenaria
actividad guerrera, o, al menos, para reflexionar si el
estipendio recibido valía la pena de morir o ver morir a seres
de su mismo sangre y estirpe.
Pero Miltorco,
cartaginés de pura casta, no estaba dispuesto a admitir la
deserción de casi toda su cohorte. Y al frente de sus leales
volvió a Daghiere para convencer a los huidos, o para
escarmentarlos, en caso de rehusar volver al ejército. Primero
fue la llegada de los desertores; y el día siguiente la de su
furioso capitán. Sucedieron dos días más de intenso trajín, de
idas y venidas por campamentos, calles y habitáculos. Los
conciliábulos se exteriorizaban con opiniones diversas. Y hasta
las mujeres tomaban parte en la discusión y le polémica. Por
fin, ambos bandos -a los que se había sumado el poblado según su
sangre y sus predilecciones- acordaron dejar en el oráculo de
Dagón la decisión más aconsejable.
Ni que decir tiene que Masilia y Salami, al fin y el cabo
cartaginesas,
seguían el parecer del gobernador Almalón y del capitán Miltorco,
esposo y prometido de ambas, respectivamente. Pero la bellísima
Ragulia, pacífica y dulce, optaba por que sus compatriotas
rompieran sus lazos mercenarios y quedaran libres y exentos de
la lucha que se avecinaba contra la poderosa Roma. Pero también
era amiga de Salami y rendía culto a su amistad; comprendía su
estado de ánimo y su vinculación al padre y a su futuro esposo.
Así y todo, esperaba ansiosamente el resultado del sacrificio a
Dagón y su oráculo, como todo el vecindario.
Pero Dagón no
dijo nada; ni se pronunció en ningún sentido, ni se advirtió
señal alguna de que el oráculo se inclinara a una u otra parte.
Fue el poder de la fuerza quien inclinó la balanza ante la mudez
y la indiferencia del ídolo. Pues, cuando el pueblo asistía a la
ofrenda -sin respuesta- y el fiel de la decisión punteaba hacia
la paz, el capitán Miltorco resolvió la cuestión con un latigazo
en el pecho del más reticente y huidizo de los desertores; y,
cuando un amigo quiso contestar con un fuerte lanzazo hacia el
capitán, la hermosa Salami quiso resguardar a Miltorco, y
Ragulia quiso salvaguardar a Salami, con lo que la dulce y
pacífica Ragulia fue la víctima indefensa en aquella trágica
situación. Allí quedó atravesada por la lanza maldita; y allí
quedó solventada la cuestión, resuelta con sangre inocente,
cuando pudo evitarse la tragedia por medios razonables; ya que,
en definitiva, y en vista de lo sucedido como si fuera una
advertencia de los hados, se dejó a la voluntariedad de los
soldados la última palabra: y cada cual lo resolvió a su modo y
libre albedrío. Quien quiso, abandonó el ejército quedándose en
su hogar; los que lo prefirieron, siguieron en la cohorte
cartaginesa.
Y la Historia
dice que el ejército de Aníbal pasó el Ebro contradiciendo el
tratado con Roma. Y pasó los Pirineos y los Alpes. Los
estipendiarios íberos, junto a los honderos baleares y a los
jinetes galos, fueron en el Tesino, Trebia, el lago Trasimeno y
en Cannas, factores decisivos.
Los voluntarios
de la Daghiere olcade-púnica no volvieron jamás a sus lares,
pues aunque resistieron las penalidades de una continua guerra
en Italia, no pudieron resistir las delicias de la inactividad
en Capua, y allí se quedaron, o muertos por la embriaguez y la
pereza del desenfreno, o muertos en los últimos combates, caídos
en la añagaza y el cepo que Roma supo tenderles cuando ya se
consideraba casi perdida.
Nuestra Daghiere-Xiragua-Xaragua-Jaraguas,
fue pronto conquistada y absorbida Dor los romanos, al igual que
todo nuestro territorio.