38- DE VADOCAÑAS A CASAS DEL REY
(Leyenda histórica)

Todo en la vida tiene su origen, su historia y hasta su leyenda. Y hay puntos, pueblos y parajes que podrían hablar mucho de los personajes que por allí discurrieron o transitaron, y de los hechos que protagonizaron.

Así, Vadocañas, con su notable y hermoso puente, que fue origina­riamente romano, es un caserío acaballonado en dos provincias, Valencia y Cuenca, separado a uno y otro lado del puente sobre el Cabriel. Hoy no quede apenas nada de caserío en la parte de Valencia; en la parte manchega todavía quedan casas y huertas.

El paraje y caserío es llamado así porque ya desde la antigüedad romana vadeaba este río, por dicho puente, el ramal o camino romano que unía Iniesta con Requena y que seguía hacia Valencia. Y era el "vado de las cañas" debido a que tupidos cañaverales crecían en las riberas y ribazos aledaños.

No hay duda que este paraje tiene un denso historial por ser paso casi obligado, junto al de Pajazo y el de Fuenseca, de tropas, mercancías, arrieros, trajinantes, ganados, etc. del uno al otro Reino, antes de que las Españas estuviesen unidas, y después, cuando por allí se parapetaban ejércitos y guerrillas, en una y otra orilla del río y del puente, para defender posiciones, impedir invasiones o para asaltar los territorios vecinos.

Uno de aquellos sucesos históricos, mitad crónica real y verídica, mitad leyenda, ocurrió en los comienzos del siglo XVIII durante la Guerra de Sucesión; hecho que estuvo en un tris de resolver rápida y tajantemente aquella fratricida lucha; y que no se resolvió, afortunada o desafortu­nadamente, por razones de compasión o de cobardía, según como se mire: o
por el lado austracista o por el lado borbónico.

Vamos a relatar el hecho, tratando de ceñirnos a la verdad, aunque usemos la anécdota y el pintoresquismo, tanto en personajes que fueron reales como en los que ficticiamente nos inventamos.

Corría el desafortunado año de 1706. En el mes de junio, la entonces aldea capitalina del territorio - entonces requenense - había sufrido un espantoso saqueo y había vivido la profanación de su iglesia por parte de las tropas carlinas, compuestas entonces por mercenarios alemanes e ingleses que ayudaban al Archiduque. Y todo la comarca estaba ocupada por aquellas tropas, que mandaba desde Requena su gobernador Francisco Ovando, sin poder o querer reprimir tropelías, represalias y desmanes, que disminuían la popularidad, ya harto escasa por estos lugares, de la causa del Archiduque Carlos de Austria.

Sin embargo, entre el pueblo llano de toda la comarca, las simpatías se dirigían a la causa borbónica, quizás por la propia inercia siguiendo la inclinación de los pueblos mayores comarcanos que se declararon abiertamente partidarios de Felipe V, y es lógico comprenderlo así, toda vez que estos territorios eran todavía castellanos y conquenses, y, por ello, fieles al testamento del ultimo rey, Carlos II de Austria, en favor de Felipe de Borbón. Por ello las partidas guerrilleras felipistas iban de un lugar a otro incordiando a los invasores carlinos que, por sus acciones, más parecían facinerosos que tropas disciplinadas.

Era ya pleno otoño de aquel terrible año. El Archiduque se hallaba recorriendo, triunfalmente las tierras de la Manchuela y se disponía a llegar a Requena cruzando el Cabriel por Vadocañas. Con anterioridad, una embajada con algunos prohombres de nuestra comarca se había presentado ante el Pretendiente para rogarle clemencia y benignidad, pues, entre saqueos, pillajes e impuestos forzosos, el hambre y la miseria amenazaban por doquier.

De todas estas idas y venidas carlinas estaban enterados los vecindarios de pueblos y aldeas, y en vista de que la cosa se ponía seria, algunos mozos optaron por escabullir el bulto y echarse al monte buscando cobijo en las fragosidades de la sierra del Rubial, popularmente la Derrubiada, en los escondrijos y covachas del Collado de la Horca, Moluengo, el Purgatorio, las Hoces y los Cuchillos de la Fuenseca (Puenseca) o Puenteseca, esperando allí mejores tiempos y, sobre todo, a que los carlinos se alejaran hacia las tierras levantinas donde tenían más partidarios.

Pero, es que, además, las tropas borbónicas empujaban a las del Archiduque hacia el Cabriel, motivando el plan estratégico de vadearlo por Fuenseca y Vadocañas, cosa que así se realizó, aunque de una manera precipitada, ya que el enemigo venía siguiendo y pisando los talones de la hueste austríaca. Aquella jornada se hizo célebre en los anales de nuestra pequeña historia, pasando a conocerse desde entonces como "el día en que pudo morir o caer prisionero el Archiduque Carlos de Austria".

La familia de los Hurones vivía en Sevilluela. Eran tres hermanes mozos y huérfanos. Se llamaban Juan, Luis y Alonso Martínez, y eran los tres vastagos supervivientes de aquella familia cuyo mote ganó el padre por su afición desmedida a la caza, y por su rapidez en ires y venires husmeando y zascandileando por trochas, cubiles covachas y caseríos: aficiones que heredaron los hijos, aparte su verdadero oficio de carboneros de toda la vida.

Los tres Hurones andaban bastante mosqueados, taciturnos y soliviantados por las desaforadas correrías de los forasteros carlinos, nombre que ellos daban a las tropas extranjeras.

Y un bueno o mal día, según se mire, se presentó en Sevilluela una escuadra de miqueletes exigiendo, de grado o por fuerza, algunos abastecimientos de forraje y ganado; y, como los Hurones no se dejaron avasallar y apelaron al sistema del garrote y la honda en primera instancia para echar a aquella gentuza de sus posesiones, resultaron dos consecuencias: dos miqueletes perniquebrados, y el incendio del pajar anexo a la vivienda; con lo que unos y otros se conformaron de momento, marchando en sus cabalgaduras los soldados, y quedando más anchos que largos los tres Hurones contemplando la total quemazón de su pajar, que ardió sin remedio. Dos mosquetes y bastante munición quedaron en poder de los Hurones.
Ante el cariz de la situación y coligiendo que las represalias de la soldadesca continuarían mientras merodeara por estos lugares, en un conciliábulo corto, lacónico y rápido, los Hurones acordaron tirarse al monte definitivamente y hasta tanto las cosas tomaran aspectos mas favorables.

Y, recogiendo sus provisiones y enseres más necesarios, escalaron la pequeña cordillera que hacia poniente eleva sus cumbres. Y, entrando por el collado donde discurre la vereda real, hicieron alto en la Cueva de los ladrones. Allí plantaron sus reales, instalaron sus yacijas, guardaron sus provisiones, y, tras el descanso necesario y la pacificación de sus conciencias
de sus hambres, hicieron sus planes de presente y de futuro, pues el pasado ya era pasado y no tenía solución.

Y el plan fue que, mientras uno de ellos permanecería siempre a la guardia y custodia de su improvisada vivienda, los otros dos, haciendo gala y oficio de su buena vista, de su impresionante oído y hasta de su singular olfato, se dieran a hacer correrías, bien a la busca de caza y otros alimentos, bien a la busca y vapuleo de algún que otro carlino desmandado de su tropa, o atacando por sorpresa a pequeñas cabalgadas enemigas desde sus escarpados escondrijos.

Los tres hermanos Hurones tenían sus confidentes en diferentes puntos de la comarca; primeramente, porque casi toda ella hacía causa común con nuestros improvisados guerrilleros, y, en segundo lugar, porque convenía a los jefes felipistas, quienes divulgaron y prometieron la concesión de premios por cada partidario enemigo que, militando en el ejército del Archiduque, cayera vivo o muerto en poder de la legalidad borbónica.

Una mañana de aquel mes de noviembre, los hermanos Juan y Alonso Martínez, los Hurones mayor y menor, encaminaron sus pasos hacia la Fuente de la Oliva, lugar natural de repostadero, descanso y suministro de agua, para cualquier viandante, soldado o cuadrilla que caminara por aquellos parajes. Y, como la noche anterior habían sabido por un amigo de la Fuenseca que, casi con toda seguridad, las tropas enemigas habrían de cruzar el Cabriel por Vadocañas, ya que venían desde El Peral hostigadas en su retaguardia y flancos por las tropas leales, se apostaron por allí en espera de los acontecimientos.

Lo mejor del caso era que el propio Archiduque iba al frente de sus tropas. Ello motivó que, por ver de cerca al famoso personaje, y también por ver si podían ocasionar alguna baja entre los soldados que pudieran extraviarse por aquellas breñas, peñascos y sendiles zorreros, los dos hermanos se apostaron en el punto más estratégico, y con sus cinco sentidos puestos en acción y el corazón latiéndoles con fuerza ante la incertidumbre de lo que pudiera suceder, aguardaron tensos y ojo avizor.

La historia verídica de lo sucedido aquel día, según el historiador coetáneo, el Arcipreste D. Pedro Domínguez de la Coba, fue así: "Las tropas borbónicas hostigaban continuamente a las del Pretendiente, y en una escaramuza tuvo que forzar la marcha, pasando desde Iniesta por el puente de Vadocañas el 26 de noviembre de 1706". Y sigue el mismo historiador: "El propio Archiduque, que componía la vanguardia de su ejército juntamente con cien soldados a caballo de su guardia personal, al pasar Vadocañas e internarse en los intrincados montes de la Derrubiada, después de caminar casi legua y media de camino, se perdieron; es decir, no siguieron la senda (hacia la Venta del Moro) y tuvo que volver a deshacer lo andado para encontrar el verdadero camino". Con lo cuál perdió un tiempo precioso que le obligó a hacer noche en un caserío anterior a la aldea de Venta del Moro.

Se supone que tal caserío era entonces lo que a partir de aquel hecho se llama Casas del Rey, lógicamente, pues nada menos que todo un Rey Pretendiente a la Corona de España se albergó allí. Al día siguiente, pasando por la Venta del Moro, llegó a Requena donde fue recibido por sus tropas y por el escaso vecindario que era adicto a su causa.

Pero la historia no nos dice que el propio Archiduque estuvo a punto de morir cuando los hermanos Hurones, que se hallaban emboscados, tuvieron al regio personaje enfilado con sus mosquetes, librándose providencialmente debido a dos circunstancias según contaron o fantasearon ambos hermanos a las gentes vecinas. Y es que, cuando Alonso, el benjamín de la familia, teniendo al Archiduque a tiro se aprestaba a disparar, el hermano mayor se dio cuenta enseguida de la clase de personaje que tenían a su alcance, y, en un gesto de compasión -¿o de miedo por temor a las consecuencias?- empujó el arma de Alonso hacia arriba, con lo que el tiro salió muy alto; la segunda circunstancia salvadora la protagonizó el mismo caballo del Archiduque, pues, cuando el iracundo y enojado Alonso se disponía a repetir el tiro con el arma de su hermano, al que había desplazado de un tremendo manotazo, el brioso corcel, asustado por la sorpresa, caracoleó girando en redondo, y en un escorzo, dio con el jinete por los suelos sin que pudieran evitarlo sus ayudantes y escoltas.

Y así se libró el Pretendiente Carlos de Austria de morir, o al menos caer herido, sin pena ni gloria en un trance casual.
Cuando huyeron los Hurones entre los peñones y la maleza del inmenso pinar, sin que pudieran ser apresados por la tropa austríaca, toda de caballería e impropia para batir las empinadas y abruptas cuestas del Pinarazo y el Moluengo, ya reencontrado el verdadero camino que seguía la cañada o vereda de la Mesta, el centenar de jinetes en apretada hueste resguardando al Pretendiente, emprendieron la marcha nuevamente en dirección a Requena.

Por cierto se tiene que, cansado y un tanto maltrecho el Archiduque, ordenó hacer parada y noche en un lugarejo de apenas cuatro casas y alguna corraliza para el ganado. Humilde caserío, innominado hasta entonces, y que ya se llamó las Casas del Rey.

Se contaba muchos años después que, un fanático partidario del Archiduque, que vivía en la aldea, y era dueño y terrateniente de aquellos predios, quiso conmemorar y recordar aquel hecho muy singularmente, y al par que impuso la denominación de Casas del Rey, mandó plantar un olmo frente a la puerta de la casa donde pernoctó el Pretendiente: olmo que, casi ya tricentenario, todavía puede verse y admirarse en la plazuela mayor de aquella aldea. Y en igual forma, dicho partidario y terrateniente, bautizó con el nombre de Paso del Rey al camino y lugar que cruza la Albosa para adentrarse en la Venta del Moro, por la misma causa y razón.

Todo lo cuento como a mí me lo contaron.