39 - ALGUNAS HISTORIAS DE "AMERICANOS".

El mes de enero de 1.592 embarcaba en Sevilla para las Américas un muchacho de 18 años llamado Juan de la Cárcel. La nota histórica se recoge en el libro III, folio 89 v. de la Casa de Contratación de Indias en Sevilla, así: "Juan de la Cárcel, natural de Requena, soltero hijo de Juan de la Cárcel y de Catalina Pérez, al Perú, como criado de Andrés Rubio; 27 enero de 1592."

Indagando sobre el tal Andrés Rubio, hemos visto una nota en el mismo libro, que dice: "Andrés Rubio, natural de Villamayor, Cuenca, hijo de Juan Rubio y de Elvira del Moral, al Perú, por tres años". Se inscribió el 25 de enero de 1592, o sea dos días antes que su criado. Y siguiéndole la pista documental, se dice que este hidalgo regresó a España transcurridos los tres años de su contrato, pero que, nuevamente volvió al Perú el 2 de junio de 1599, llevando consigo a un sobrino, Alonso Martín, para que prosperara en aquellas latitudes. Era ya muy corriente, a los cien años del descubrimiento, que muchos hidalgos arruinados o segundones de casas solariegas se marcharan a América a buscar fortuna, y conseguida ésta, volver a España para vivir y morir en el pueblo de origen. Eran los clásicos indianos; y la verdad sea dicha, eran escasos y afortunados los que conseguían volver sanos y ricos a España. Y también era corriente la emigración de muchachos ya mozos, criados y servidores, gentes sin. más oficio ni beneficio que sus propias manos y sus ganas de prosperar, primero buscando el sustento, y después viendo de procurarse salarios, gabelas, propinas, obsequios y otros beneficios, que recibían, bien por sus servicios y tareas, o por donaciones de los hidalgos a quienes servían; todo ello con idéntico objeto: volver ricos a España y vivir aquí descansada y honradamente el resto de sus días.

Volviendo a nuestro Juan de la Cárcel, sabemos que había nacido en el entonces pequeño caserío de la Venta del Moro, y que, buscando amo por Cuenca, halló a Andrés Rubio, quien lo tomó a su servicio y se lo llevó con él al Perú en su primer viaje de 1592. Y aquí termina la historia real y documentada de este mozo. Todo lo que sigue con relación a su vida y milagros, es pura imaginación y leyenda.

Como gobernaba a la sazón el Perú el Virrey Don García de Mendoza, Marqués de Cañete, eminente prócer conquense, favoreció en cuanto pudo a sus paisanos, y así, el tal Andrés Rubio, auxiliado por su criado Juan de la Cárcel, fue enviado para que cobrase las alcabalas del "dos por ciento" que producía la coca, que según relaciones de la época, "es una hoja de árbol como los guindos de Castilla, que se cría y coge en los Andes, tierra caliente y montuosa, y como usan de ella los indios extrayéndola en la boca, porque dicen les da fuerza para el trabajo".

El caso fue que del cobro de aquellas alcabalas, a Andrés Rubio le quedaron pingües beneficios, de los que Juan sacaba buena tajada, pues resultó un mozo avispado y despierto que se las sabía todas a la hora de recaudar, aunque es cierto y verdad que de ello se originaron algunas revueltas indígenas que fueron sofocadas con rapidez. Y como la circunstancia de que Andrés Rubio, a los tres años regresó a España para llevar a su tierra parte de sus riquezas, se quedó nuestro Juan por aquellas lejanas tierras, pero ya afincado y encauzado en los ardides recaudatorios, en los que pronto adquirió magistral categoría; tenía buenas mañas nuestro mozo, y como aquel que dice, de la noche a la mañana se encontró con lo que ya desde muchacho soñaba. Y seguía medrando al amparo del Marqués de Cañete, y hasta hacía sus pequeños dispendios para enamorar a una camarera de la Marquesa, lo que pudo costarle muy caro, o barato, según se mire, a no darse la circunstancia del cese de Don García, como Virrey, siendo sustituido por Don Luis de Velasco. Aquí se acabó el enamoramiento americano de Juan, pues la familia del anterior Virrey, con sus criados y criadas, regresó a España.

Jurando y prometiéndose entre sí no divagar más por los escabrosos montes de los amoríos, situación en la que, junto al juego, caían muchos españoles de mediana capa, convirtiéndoles en perdularios hasta su muerte por aquellos lejanos Virreinatos, Juan de la Cárcel siguió en su oficio con el Virrey Velasco. Y se dio la paradójica circunstancia de que, cuando su antiguo amo Andrés Rubio regresó al Perú en compañía de un sobrino, ya llevaba Juan tres años de servicios por su cuenta, continuando en lo mismo, pero ofreciendo a su antes señor un trabajo bastante bien remunerado, y colocando también al sobrino en la propia recaudación de alcabalas.
No cayó en otra tentación distinta a la acumulación de pesos de a ocho reales, la moneda más en uso entonces y la que más gustaba a nuestro amigo. Y se dice que, muy de tarde en tarde, escribía a sus padres para enterarles de su afortunada situación, recordándoles que no dejaran de expresar sus memorias y sus mejores deseos, a la Petrilla, la zagala adolescente, vecina suya, que le sorbía el seso y con la que quería casarse de veras cuando volviera rico a su tierra; y encarecía mucho y muy interesadamente que le dijeran a la Petrilla que esperara, que esperara...Y también, de tarde en tarde, recibía carta de su familia, y se consolaba de la ausencia al enterarse de que la Petrilla esperaba, esperaba... y le seguía siendo fiel en su recuerdo y en si enamoriscamiento.

Y así, amontonando pesos, escudos y oro, transcurrieron hasta catorcí años; justamente hasta el cese del Virrey Velasco. Y no crea nadie que hizo sucio negocio, sino que todo lo acumulado procedía de la comisión legal qu le correspondía, cosa creíble, pues jamás a D. Luis de Velasco, uno de le mejores Virreyes del Perú, se le pudo engañar, malversar ni usurpar nada qu fuese propiedad de la Corona de España; no nos atrevemos a asegurar que le indígenas incas, quechuas y demás tribus, quedaran contentos con la gestión de nuestro Juan.
Un buen día, cuando ya la Petrilla andaba cerca de la treintena y Ju; rayaba ya los treinta y cinco, resultó que, asomando por la Picota una rea de cinco muías precedida por un soberbio caballo, y a Juan de la Cárcel jine sobre él, vino a saberse que el indiano regresaba a sus primitivos lar cargado de riquezas. Y se casó con Petra Medina, hija de un labrador rentero en gran parte de la dehesa de la Albosa.

También se dice que nuestro Juan pensó machaconamente en un des ferviente, consiguiendo interesar al escaso vecindario de aquel caserío sol el caso: llegar a entronizar en una pequeña ermita, que por entonces ya había a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de Loreto, cosa c se realizó unos cincuenta años después. ¿Y, por qué aquel deseo y a que hasta entonces desconocida, devoción, en el lugarejo que nos ocupa?. Pr sencillamente, porque Juan de la Cárcel se embarcó en Sevilla a su mar para América, y coincidió también a los catorce años en que regreso España, lo hiciera en la misma nave, la que fue nao capitana en el puerto Callao y rindió grandes servicios: este barco o nave se llamaba "Nuestra Señora de Loreto".

De la pequeña historia de nuestro pueblo sacamos otro episodio con trazas de verosimilitud, basado en un hecho real, y que, por sus vicisitudes americanas, traemos a colación, un tanto novelado.

Doscientos años después de los sucesos narrados anteriormente, es decir, según noticias escritas, hacia 1787, ocurrió que, para nutrir las filas del ejército español con gentes que por su vagancia y mala conducta en la sociedad en que vivían eran recogidas en las llamadas levas, llegó a nuestro pueblo una orden de incorporación a filas del vecino Asensio Martínez, por "mal entretenido, sin aplicación efectiva y escandalizar por afición a las mujeres". En dicha leva hubieron de entrar forzosamente también "otro hombre murciano detenido en la Venta del Moro", y otro, ¡qué casualidad! llamado Juan de la Cárcel, hijo de Francisco, "por amistad escandalosa con una mujer".

Cayeron ambos soldados en el mismo Regimiento. Pero el tal Asensio era ya gato viejo, en todos los sentidos: ya era veterano de otra leva y de edad cercana a la treintena; ahora, reenganchado forzosamente, sabía todo lo que hay que saber; experto en martingalas de milicia y de galeras, y pensando que el Rey Carlos III, amante de la paz no tenía falta de soldados en su ejército, embaucó a su compañero, el Juan de la Cárcel, para que juntos desertaran, y, aprovechando que su Regimiento estaba de guarnición en Cádiz, les sería muy fácil embarcarse para América en cualquier galeón de los que casi semanalmente zarpaban para ultramar.

Sin pensarlo mucho, engatusaron al contramaestre de un barco que se aprestaba a levar anclas rumbo a Cartagena de Indias, y, a cambio de los pequeños ahorros de ambos, les permitió meterse en la bodega y así esperar hasta encontrarse en alta mar, con lo que aparecerían como polizones, ansiosos de correr aventuras por las Américas.

Como cualquier muestra de valor y de osadía siempre tienen sus aplausos y admiraciones, el capitán del barco, al enterarse de su presencia, ni se alteró ni dijo oxte ni moxte; con obligarles a limpiar la cubierta a diario tras dos días de arresto atados al palo mayor, quedó pagado. Y así, en un viaje no muy accidentado llegaron nuestros dos paisanos, Asensio y Juan, a La Guaira, y después a la Cartagena colombina

Pero las cosas no les fueron como ellos soñaban. Ni tuvieron la de ser recomendados por nadie, ni prosperaron mucho en fortuna bienestar. Sirvieron ambos de todo: cargadores de barcos en los puertos facinerosos a sueldo de algunos negreros desaprensivos, criados d estanciero del interior, alarifes en la construcción de muros derruidos pe piratas ingleses y holandeses. Todo menos lograr manejar dinero y riqueza. Estaba claro que ya no ataban los perros con longanizas por las Américas hispanas. Y cuando y como pudieron, cruzaron el Caribe en un bergantín hacía comercio de armas entre las islas no sujetas a la Corona de España; al hacer escala forzosa a causa de una tormenta en Cuba, logra desembarcar y allí se quedaron en busca de horizontes más propicios, o, último caso, tratar de volver a España; pues, según vieron y entendieron resultas de como les iban saliendo las cosas, el Asensio filosofó: - "En mal y mal, más vale España que Ultramar".

Ya habían transcurrido dos años desde su salida de España. Y en es lapso de tiempo había muerto Carlos IIÍ y subido al trono su hijo Carlos I quien, con tal motivo, concedió el indulto y la amnistía a cuantos galeote soldados forzosos y desertores de las últimas levas quisieran volver a su pueblos y hogares.

Enterados de ello, los dos venturreños aventureros ya no pensaron más; que en regresar. Pero aún tuvieron que vérselas gordas y difíciles; casi estuvieron a punto de perder la vida en una pendencia por cierta mulata que en un bohío de extramuros de Santiago acusó a Asensio de querer propasarse cuando, borracho de ron y de lujuria, le rompió la enagua buscando Jas zonas bajeras de la casi negra matrona, apareciendo en los entretantos dos chulos criollos con sus respectivos machetes en la mano. Y menos mal que Juan medió y puso las cosas en claro; que, ni el Asensio sabía lo que hacía porque estaba trompa total, ni la mulata tenía razón, porque al buscar dinero de los dos españoles y no encontrarlo - pues no lo tenían -, apeló a la argucia del escándalo.

Total, que viendo todos los pleitos mal parados, solicitaron del gobernador de la isla su regreso a España.

Y así, mohinos y cariacontecidos, sin una perra, maltrechos por el hambre y la miseria, un buen día desembarcaron en Sevilla, y desde allí, como pudieron, casi siempre en "el coche de San Fernando, unas veces a pie y otras y otras andando", volvieron a su Venta del Moro en donde, relatando sus aventuras marinas y ultramarinas repetidísimas veces, lograron formar familia y casa, uno en las Casas de Pradas y otro en las Casas de Moya: el Asensio, de pastor por la Derrubiada, Sevilluela y Los Aldabones; y el Juan, trabajando por la Huerta del Reloj y por la Ventilla en calidad de mozo de muías de cierto terrateniente forastero.

Otros cien años más tarde, a finales del siglo XIX, cuando ya España se hallaba exhausta y desangrada, en un último coletazo de asombrosa virilidad quiso defender los jirones del que fue el Imperio más extenso del mundo. Y para tratar de conservarlos envió a Cuba, Puerto Rico y Filipinas la sangre más moza y aguerrida que le quedaba; muchos se quedaron allí para siempre víctimas de enfermedades y cruentas escaramuzas. Y cuando todo se perdió, unos dicen que con honor y otros dicen que con escarnio, los supervivientes regresaron tristes y maltrechos, y se contaban heroicidades salpicadas del anecdotario casuístico de cada soldado expedicionario vuelto a la Patria.

Eran cuatro amigos de la misma quinta. Y les tocó soldados: los cuatro en el mismo Regimiento que, por sorteo, tuvo que embarcar para Cuba. Los cuatro amigos eran: Claudio el Colorao, Cecilio Campos, Juan Antonio Chicharras y Primitivo García, este último sin mote ni apodo, cosa extraña en estas tierras donde cada cuál, hombre o mujer, soporta a gusto o a disgusto, el alias o sobrenombre que suele ir heredándose de padres a hijos; y que, cuando a alguien le falta, siempre hay un amigo o enemigo que le cuelga enseguida el más apropiado para su carácter y temperamento.

En fin, eran cuatro amigos soldados del mismo pueblo que la suerte o la desgracia les llevó a Cuba para defender el último bastión español por las islas caribeñas. Y, cosa extraña y rara: los cuatro volvieron sanos y salvos. Suceso poco corriente, pues raro era el lugar donde no se sintiera la muerte de alguno de sus hijos en las campañas de Ultramar. El caso fue que aquellos cuatro amigos trajeron mucho que contar...

Claudio el Colorao trajo de Cuba un machetazo, todavía sin cicatrizar del todo, y la leyenda de su fuga del castillo del Morro, en La Habana, cuando ya estaba todo perdido, y su odisea en un barco inglés haciendo todos los oficios imaginables, hasta su repatriación; también se trajo una disentería latente que, cuando se hacía patente, lo tenía diarréico y retortijero muchos días. Tal era su aureola de héroe que a Claudio todo se le permitió, y tuvo que repetir su historia de ir, estar y venir de Cuba, allá con las mil veces; hasta que un día, cansado ya de repetir lo mismo una y otra vez, empezó a multiplicar y a exagerar hasta lo inverosímil todo el fárrago de sus andanzas, poniendo los pelos de punta a las concurrencias que solían rodearle a modo de tertulia. Y hasta las mentiras se le consintieron, pues cuando quiso retractarse de algunas hazañas que no protagonizó, llegó un momento en que no sabía si lo que contaba era verdad o mentira: él mismo se llegó a creer lo bueno y lo malo, lo que había hecho y lo que había inventado. Ya anciano murió, añorando la Cuba de sus heroicidades, donde, aunque se vivía malamente, le fue más leve la existencia que en la áspera Derrubiada donde tuvo que carbonear y hacer leña toda su restante vida, pasando más hambre que Carracuca, que es en materia hambruna cuanto se puede decir.

Juan Antonio Chicharras se trajo de Cuba también su leyenda y su recuerdo. Era gallardo y roscachán en apariencia, y contaba y recontaba andanzas de enamoramientos con mulatas de Matanzas, Camagüey y Santiago, como si fueran a docenas las que se le rindieron; y es que decía haber mucha humedad por aquellos parajes, y se le ponían bonachonas en cuanto vislumbraban su figura y su marcialidad aun vistiendo de rayadillo.

Como no era torpe y tenía cierta inclinación por los caciquiles enredos políticos, se propuso ser alcalde, y lo consiguió tras casarse con una buena mujer del pueblo, que por desgracia no le dio hijos. Siempre decía el tío Juan Antonio que el ser alcalde era peor que ser tonto, pues el tonto lo era para siempre, y el alcalde tenía que cesar un día u otro.
El mayor disgusto de su vida se lo llevó siendo alcalde del pueblo. Sin saber cómo ni por qué, alguien entró una noche en el Ayuntamiento y se llevó la caja de caudales tras haber intentado forzarla y abrirla en la propia sala municipal sin conseguirlo; la caja apareció reventada por la Cuesta del Nene. Y aunque el episodio anduvo de boca en boca mucho tiempo, la verdad nunca se supo o nunca se quiso saber. Lo tínico cierto era que en la caja no había una perra; y eso se lo creyó todo el mundo, pues el Ayuntamiento andaba siempre adeudando y casi sin poder pagar las servicios municipales.

Había que oír los recuerdos que contaba el tío Juan Antonio: los bailes de mazurcas y habaneras al son gangoso de un acordeón que se trajo de Cuba; las hazañas de su compañía en la manigua defendiendo posiciones y auxiliando blocaos; los viajes de ida y vuelta con sus compañeros venturreños a los que siempre gastaba bromas; su afición a las guachas y a las reuniones y tertulias. Murió ya de viejo, con alguna hacendilla, sin descendencia; por lo que, de acuerdo con su mujer, todo lo heredó una sobrina a la que adoptaron y que les hizo compañía durante sus postreros años.

Cecilio Campos volvió de Cuba tan cascarrón como se había ido, o más. Según dicen, al principio, cuando su embarque y su viaje transoceánico, apenas ni la voz ni el resuello le salían del cuerpo, tanto era el temor que imponía aquello. Pero, en cuanto llegó a la Perla de las Antillas, aunque entonces no era perla ni mucho menos, sino sangre y fuego, viendo que la cosa se podía llevar, le echó paciencia y hombría al asunto, y aseguraron sus amigos que se comportó como un valiente; y con ello, se le desató la lengua de tal manera que llegó a ser el entretenimiento de la tropa en sus ratos de descanso, contando con pelos, señales, adobos y salsas, todos los chascarrillos y cuentos imaginables. Tal era su verborrea y su facundia que de cualquier motivo insignificante sacaba charla y conversación para tres o cuatro horas. Fue un buen soldado Cecilio Moya Campos, y a su regreso al pueblo, donde se casó y vivió, fue mejor vecino. Hasta su muerte; minutos antes aún contó su último cuento a Saturnino el Cojo, que había ido a visitarle.

En cuanto a Primitivo García, el tío Primitivo, se fue a Cuba sin mote y volvió sin él. Compañero inseparable de Cecilio Campos estuvo con él en Cuba y fueron vecinos cuando regresaron ambos. Se dijo que cumplió con honor y valor su campaña cubana, y en su hoja de servicios se le anotaron hechos de verdadero mérito. Era cachazudo, constante y paciente; tanto es así, que fue el único que pudo enseñar a hablar a una cotorra que de aquellas tierras se trajo, y, únicamente su compañero y amigo Cecilio era capaz de igualarle en sus concienzudas enseñanzas parlanchínas. Cuando en una ausencia de Primitivo en que tuvo que andar de descubierta y avanzadilla por la manigua cubana, se dedicó Cecilio a enseñar a la cotorra algunas frasecillas, y su amo quedó sorprendido y maravillado de la habilidad cotorril de su amigo, cuando oyó esto: -"Animal, animal, que te has comido un huevo y un zoque de pan"; estribillo que la cotorra trajo en su repertorio desde la Habana, y que repetía siempre hasta que murió de vieja en una jaula que la madre de Primitivo sacaba al balcón. El buen Primitivo se casó y tuvo familia en abundancia. Lo que le obligó a emigrar a Valencia en busca de mejor solución para sus problemas familiares de trabajo y comida, muriendo ya anciano en aquella capital, casi a comienzos de la guerra de 1936.

Y para terminar nuestro relato sobre americanismo de mis paisanos, citaremos el intento último de colonizar las pampas argentinas o de prosperar en el comercio e industria de Buenos Aires, realizado por algunos emigrantes venturreños allá por los años veinte de nuestro siglo. Mucha gente se marchó allá por aquellos entonces, y algunos volvían con sus buenas perras en el bolsillo; pero los más volvieron como se habían ido, con las orejas gachas y la cabeza caliente, pues se dieron cuenta de que las Américas ya estaban descubiertas desde hacia mucho tiempo, y, al ver que había que sacrificarse y apechugar enconadamente para buscar la paparuga diaria, se desanimaron y casi todos volvieron a sus lares.

De entre ellos recuerdo a Facundo García, a Andrés Collado y algún otro del pueblo y las aldeas. Y hasta hubo una mujer venturreña, la tía Gregoria López, la tía Gregoriona, que se empeñó en irse a América, y así lo hizo llevando consigo a un niño de pocos meses, para ver si por allí hacia fortuna ; era una mujer de gran fortaleza, y no decimos de pelo en pecho porque es mentira, pero ganaba en ánimo a cualquier hombre y no temía a nada ni a nadie. Sin embargo, todos estos emigrantes que cito, por añoranza de la familia que aquí quedó, por los escasos beneficios que obtenían, o por mala suerte, no tuvieron mas remedio que regresar.

Ya no había mucho que descubrir, conquistar o colonizar. La prueba de ello fue el manifiesto fracaso de las empresas colonizadoras que en aquella época quiso llevar a cabo el novelista Blasco Ibáñez por las Jaujas de Corrientes en los pagos argentinos.

De todos aquellos emigrantes, sólo uno, que yo recuerde, volvió con cierta fortuna: Miguel García de Fuentes, Clavero, quien se afincó por allá y regresó con una esposa -gallega ella- y una niña de pocos años, Nélida, rubia como una alemanita, para vivir bastantes años en nuestro pueblo, hasta la boda de la hija y hasta la muerte de los padres. Y poco o nada más se puede decir de las tendencias americanas o americanistas de las gentes de mi pueblo.