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4- LAS CANDELAS
DE UN SACRISTÁN DE AMÉN.
Había, en tiempos
pasados, en muchos pueblos y parroquias, la piadosa costumbre de
asistir a la Misa del día de la Candelaria (2 de febrero) en la
que se encendían las candelas o pequeñas velas de cera que
alumbraban durante la celebración, 11evándolas después los
fieles a sus casas, como devoción a la Purificación de María,
para encenderlas cuando algún peligro de tormenta se avecinaba,
pidiendo al Cielo que pasase de largo el peligro amenazador de
pedriscos y trombas. Era una de tantas creencias o
manifestaciones de la fe popular para apelar a la protección
divina ante el temor de ver campos y cosechas - única
posibilidad de pervivencia- asolados por la devastación de los
elementos atmosféricos desatados.
El ser sacristán
en una parroquia pueblerina o aldeana no requería más que
algunas condiciones sencillas y previas: vida relativamente
piadosa, obediencia al cura párroco, honradez en las colectas y
limosnas del culto, y aprendizaje -sin más profundidades- de los
rezos, respuestas y frases en latín, que correspondían a
diversas celebraciones rituales: misas, bodas, entierros,
bautizos, etc. Esto es lo que se dice ser sacristán de amén; más
claro, estar conforme en todo y con todo lo que el párroco
mandaba o disponía. De lo contrario, el cargo corría peligro de
irse a pique. Todo ello dependía en mayor o menor grado del
carácter y temperamento del señor cura, pues, a veces, hubo
sacristanes que mandaban más en la parroquia que el propio
párroco, y administraban diezmos, primicias, colectas y
aranceles como si fuesen propios.
En caso que nos
ocupa no era así, pues el tío Juan el Sacristán era de lo
más simple y bondadoso, aunque quería siempre disfrazar su
natural bondad con un vozarrón de lo más campanudo y estentóreo,
circunstancia de la que ni grandes ni pequeños hacían el menor
de los casos, lo que originaba algún que otro regocijo de bromas
y chistes, momentáneamente mal admitidos por el tío Juan, pero
siempre perdonados después.
Que era sacristán
de amén no cabía duda; pues no había tenido estudio alguno,
salvo las primeras letras. Pero su natural inteligencia y el
hacerse ya algo viejo, determinaron su solicitud de la plaza,
entonces vacante, al párroco don Bernabé, quien, conociendo su
afición y sus bondades, no vaciló en otorgársela.
Se nos
olvidaba decir que el tío Juan era enorme, grandísimo
según el habla popular, con una talla cercana a los dos metros,
la zancada en consonancia con su estatura, y un pie digno de
calzar alpargata o alborga de gigante.
La voz del tío
Juan, ya hemos dicho antes, era como un trueno; su carácter,
impulsivo y vehemente; en broma le decían las mujeres del pueblo
que era “más alto que la voluntad del Señor”. Y no andaban muy
descaminadas al respecto, pues, efectivamente, el Señor había
puesto en él considerables magnitudes de cuerpo y de alma. Era
bueno y grande por los cuatro costados, por dentro y por fuera.
Aquel año la
Candelaria amaneció con un hielo de a palmo; los más viejos del
lugar dijeron que “en jamás de los jamases” habían conocido otro
invierno igual. Sin embargo, aquella circunstancia no impidió
que el tío Juan, el sacristán, tocase a misa haciendo repicar
dos campanas de las cuatro que colgaban del campanario señalando
los puntos cardinales de la bóveda celeste; por ser misa de una
festividad no preceptiva, bastaba con el repique sin volteo de
dos solas campanas. En aquella ocasión la tarea del repique la
encomendó al más fiel de sus acólitos, Julio el Perroposao,
mientras el buen sacristán atendía a la preparación de las
candelas que habría de repartir a los feligreses en el introito
de la misa; feligresía que, en solemnidades como aquella -de
mediana capa festiva- solía reducirse al beaterío mujeril, a la
chiquillería mayor y a algún que otro varón ya viejo, pues los
demás estaban en su trabajo, como a diario, pues con frío o sin
frío los hombres acostumbraban a ir al campo o a realizar
trabajos domésticos de remiendos de útiles y enseres, arreos o
pleitas.
Todo estaba
preparado en la iglesia; desde las candelas hasta el cura don
Bernabé. La celebración comenzaría cuando terminase el tercer y
último toque de campanas. El cura, ya revestido, se impacientaba
porque el toque no acababa; el sacristán no sabía si repartir
las candelas a los fíeles o subir al campanario para repartir
otra clase de candela al muchachote que tocaba y repicaba
sin cesar. El buen hombre optó por tirar de la cuerda desde
abajo, dando grandes voces al mismo tiempo para advertir al
monaguillo que ya debía parar el repiqueteo, increpándole con
denuestos e insultos llamándole -Rusia! ¡Rusia!- que era
entonces el peor de los insultos a causa de la recién estrenada
revolución bolchevique. Los repetidos y forzudos tirones de la
cuerda campanil que verificaba el tremendo sacristán tuvieron un
efecto casi desastroso; mientras que un badajo machacó medio
dedo del muchacho, un herraje del mecanismo campanero le hizo
una brecha en la cabeza, y aquello fue ya el disloque: al tiempo
que paraba el repique, se oyó en toda la iglesia una horrenda
blasfemia proferida por el travieso y herido zagalón; y el pobre
sacristán lloraba y vociferaba, se deshacía en excusas ante el
señor cura y ante los amedrentados feligreses, que atónitos
asistían aquella mañana al imprevisto espectáculo entre las
jerarquías menores eclesiales del sacristanazgo y el acolitado.
Y las candelas, que tan cuidadosamente había preparado el bueno
del tío Juan y que llevaba en las manos para ir repartiéndolas,
cayeron al suelo y se desparramaron... ; y una a una fueron
recogidas por el sacristán, quien las iba besando y limpiando
entre lágrimas y entrecortados improperios.
El muchacho
travieso y juguetón que aquel día había querido jugar a
campanero mayor de todos los campaniles imaginables que por el
mundo hay, bajó maltrecho y fue curado en primera instancia por
la propia ama de don Bernabé. Y ni que decir tiene que fue
despedido de su escasamente remunerado oficio, quedando además,
por todo el pueblo con el remoquete de Rusia para
añadirlo al de Perroposao que era de patrimonio familiar,
como si fuera un hereje y perverso revolucionario.
Transcurrió la
Misa de la Candelaria encendiéndose a una toda las velitas que
fue repartiendo el humilde y compungido sacristán ; candelas
que, al decir de las gentes durante muchos años, fueron de lo
más milagrosas y efectivas, pues, candela de aquellas que se
encendió a posteriori, aquel año y sucesivos, cuando las mujeres
veían peligro de tormenta, parece que lograban conjurar todos
los peligros. Al menos, así me lo contaron bastantes años
después del suceso relatado.
Julio el
Perroposao fue una buena persona en toda la extensión de la
palabra; siempre dio muestras de honradez y de bondad; y, cuando
recordaba aquella travesura, con la consiguiente fama de hereje
que le acarreó, se reía a mandíbula batiente y hasta rezaba por
el buen sacristán, que ya había muerto,
Pues en
efecto, el sacristán, pobre y bendito hombre, grandísimo en
todas sus cosas, murió algunos años más tarde en olor de
santidad, quedando además aquel sucedido como memoria y recuerdo
suyo: la inmensidad de su vozarrón, la famosa medida del pie -
un cuarenta y siete -, el pie más descomunal que haya calzado
botas. Tanto es así que, según contaba el tío Pedro Pijín
y después el tío Luis, ambos los únicos zapateros de entonces,
se vieron negros para confeccionarle unas botas, porque en
ninguna parte encontraron la horma apropiada y las tuvieron que
hacer a ojo de buen cubero.
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