40- EL CRIMEN DE TAMAYO
El cronista requenense
Rafael Bemabeu, en su libro “Acuarelas nenses”, relata con
el tftulo “Oficio de escribanos”, el siguiente suceso:
“Dieron mucho que hacer
a los escribanos judiciales los frecuentes delitos que jalonan
el siglo XVIII. Como botón de muestra incluimos el siguiente
caso: En la noche del 15 de julio de 1786, Ramón Pardo,
residente en la partida de Tamayo (Casas de Santa Bárbara), en
la demarcación de la entonces aldea de Venta del Moro, fue
muerto por su convecino Andrés Valero, con la complicidad de
algunos familiares de éste. Cuando los alguaciles de Requena
llegaron para detener el asesino, cosa que llevaron a cabo, los
familiares habían desaparecido. Días después, unos cazadores
aprehendieron a la esposa de Valero, a su madre y a una hermana
en una cueva de la sierra de Rubial (Derrubiada). Una de las
primeras decisiones judiciales fue el embargo de los bienes del
homicida, desplazándose para ello el escribano Díaz-Flor, que
inventarió: “Dos almohadas de cáñamo poblados de lana y 16
cañizos de los gusanos de seda”, “un tornajo para salar el
tocino”, “una cerda mediana”, “dos burras preñadas del
caballo”, 2300 matas de pimientos, 600 de tomates, una arroba
de bajocas moriscas sembradas... Tras no pocas incidencias en
las que los “testimoniadores de la verdad prodigaron sus
alambicados signos”, el homicida fue condenado a quince años
de penal en las Islas Chafarinas, su esposa a ocho, su madre a
cuatro, y su hermano a dos... Veamos los gastos de ente proceso:
Al corregidor Urcizar de Aldaca “por la vista de los autos
para sentencia” ... 218 reales y a su sucesor don José
Claudio Andrés, 202. Al regente Portillo de Escandón, 46; a su
sucesor Ferrer de Plegamáns, 76 ... Al abogado Gabaldón, 164
... Al fiscal Hernández, 172... Al escribano que llevó las
diligencias, 1.200 reales. Al cirujano Zanón “por
reconocimiento y levantamiento del cadáver”, 90... Al
promotor fiscal Pedro Clemente, 80 ... A los escribanos Ginés
Herrero y Juan Díaz-Flor, 612 ... A los alguaciles Antonio
Navarro, Benito Sánchez y Francisco 8. Gárgola, 212 ... Al
abogado defensor Pedro Ventura de Mena, 30... A los escribanos
de Villatoya, Alborea y Minglanilla, por sus testimonios, 90...
Por 77 pliegos de papel de oficio, 19 reales ... Por los multas
que se impusieron a Francisco Serrano y a Antonio Pérez, “por
no favorecer a la Justicia”, 88...”.
Lo anteriormente detallado
constituye lo que puede llamarse la sentencia final del proceso,
tal y como realmente se describe. Pero la historia de lo que
pudo ser el móvil del crimen, su ejecución y algunos otros
pormenores sobre los personajes que favorecieron o no
favorecieron a la Justicia nos son desconocidos por haberse
extraviado el papeleo correspondiente. Pero, por los datos
anteriores y algunos cabos sueltos que corresponden al mismo
año, podemos intuir lo sucedido, aproximadamente, por aquellos
parajes y caseríos rianos del Cabriel hace más de doscientos
años, poniendo el sello costumbrista y laborioso de la época,
según se deduce de los autos citados, y del género de vida de
aquellos hortelanos, que muy trabajosamente vivían desde la
Fuenseca hasta el Retorno, pasando por Vadocañas, Los
Cárceles, Tamayo y Santa Bárbara, lugar este último donde
ocurrió el suceso.
Ramón Pardo, Andrés
Valero, Francisco Serrano y Antonio Pérez eran vecinos del
caserío de Santa Bárbara, sito en la orilla izquierda del
Cabriel, confrontando con el caserío de Tamayo, que estaba a la
derecha margen del río, pudiendo pasar de un lugar al otro por
un puente hecho a base de troncos de arbolado, ramaje y
apisonado de tierra. Tales vecinos eran hortelanos, dedicando
sus huertas al cultivo de cereales de invierno (trigo y cebada)
para el sustento propio y el de sus caballerías, el de
hortalizas y legumbres (tomates, pimientos, judías, habas etc.)
de temporada, recolectando como siempre, si el año venía
bueno, dos cosechas; lo que se llamaba siembra y resiembro.
Pero además se solían
dedicar a la cría del gusano de seda, ya que por entonces el
Arte Mayor de la Seda de Requena estaba siendo revitalizado por
la Real Sociedad de Amigos del País, legalizada en 1784 por
Carlos III para Requena, funcionando por entonces más de 500
telares artesanos en la capital del territorio. Además, los
huertanos rianos, se dedicaban el cuidado de hatajos de ganado
lanar y cabrío, a la cría y engorde de algún cerdo, algunos
muletos romos y el del consiguiente averío en sus corrales.
Pero todo ello no era
obstáculo para que, en épocas en que la huerta y os aledaños
no necesitaban excesivo trabajo y mano de obra, una ación
trabajosa aunque medianamente lucrativa se operaba por el
:indario: era la recogida, macerado, picado y trabajo manual del
esparto. materia prima del espartizal (tochas y tochares)
abundaba en los montes la Derrubiada y casi era de propiedad
libre, a pesar de que los propietarios del monte, generalmente
grandes terratenientes, intentaran sacar provecho del mismo
mediante subastas y arriendos, previsiones que no pudieron ni
lograron evitar que los pobladores de aquellos caseríos
ribereños hicieran de ello una segunda ocupación en épocas
invernales. El caso era que tenían los vecinos alguna o varias
balsas donde el esparto se maceraba para su posterior picado y
manipulación.
Para darse ahora cuenta de
la importancia del esparto en las vidas campesinas y aldeanas,
diremos que casi era imprescindible esta fibra o materia
rústica textil en sus varias y diversas confecciones. Las
personas calzaban una especie de alpargatas llamadas alborgas,
que eran totalmente de esparto, desde la suela hasta las caras y
los cordelillos de sujeción. Muchos enseres, sobre todo los
recipientes para carga y transporte de productos agrícolas y
varios utensilios de las propias casas eran total o parcialmente
de esparto. El orón, el serón, las albardas, las aguaderas,
los corvos; los recinchos, cinchas, ramales, maromas, sogas,
rodetes, serijos, pleitas para esteras y revoques de tabiques o
cañizos, jaretas, cordetas, lazos para leña, vencejos para las
mieses, sarrietas para pienso de las caballerías, sarrias y
redes para la paja de la trilla, baleos y balefllos, cuévanos,
espuertas y cestos; palmitos para airear el fuego del hogar,
alabes para los laillos del carro, y hasta los estorbos
colgantes del macho cabrío y del morueco para evitar que
montaran a las hembras en épocas no convenientes eran de
esparto, unas veces verde, otras seco: a veces macerado y
picado, otras sin picar... Las herramientas y útiles
imprescindibles en todos las casas eran la lezna, las agujas de
enjalmar, la maza de picar, la picaera o poyo de madera donde se
majaban las mañas o manojos de esparto, el banco alborguero y
las sillas (también con asientos de ensogado de esparto) donde
los viejos consumían horas y horas con el esparto y la labor
entre sus encallecidas y pinchadas manos. Y no se crea que
aquello fue circunstancial o aleatorio; ciertamente, el esparto
y las pieles fueron desde lo más antiguo, compañeros de
campesinos, pastores y hasta de las primeras tribus, errantes o
si hubieron de usar estas materias imprescindiblemente. Lo del
esparto hasta la mitad de nuestro siglo XX. Dado su baratura en
nuestras tierras donde crece espontáneamente, no es extraño
que los aldeanos dedicaran recogida y a su artesanal y familiar
trabajo, el tiempo sobrante de las agrícolas y ganaderas.
Los personajes de esta
historia, unos reales y otros inventados, vieron muy
relacionados con esta clase de trabajo.
Don Juan Gabriel Tenreiro
y Montenegro, vecino y Corregidor de Requena algunos años
antes, era uno de los mayores contribuyentes yi terratenientes
de su enorme término. Su familia era dueña de media
Derrubiada. De vez en cuando subastaban y arrendaban lo que
medianamente valía para pastos, pero apenas obtenían beneficio
alguno del esparto. No obstante, el señor Montenegro -como así
se le llamaba tenía algún representante o encargado de vigilar
y guardar sus posesiones, casi todas ellas incultas y sin
explotar dado que casi todo era monte. En aquellos caseríos
ribereños, desde Santa Bárbara al Retorno, el encargado era
Francisco Serrano, quien, una vez el año, daba cuenta de su
gestión, generalmente a finales de otoño. Vivía con su
familia en Tamayo y poseia algunas huertas en el poblado de
enfrente, Santa Bárbara, que pertenecía a Requena y,
consecuentemente, a la aldea populosamente más cercana Venta
del Moro. El caserío de Santa Bárbara constaba escasamente de
una decena de casas o viviendas y, cosa curiosa, tenía una
pequeña ermita dedicada a la Santa abogada contra las
tormentas, por aquello de las grandes avenidas del Cabriel;
posiblemente los riacheros no se acordaran mucho de la Patrona,
hasta que llegara el día de su fiesta -4 de diciembre- y en la
ocasiones en que se barruntaba o vislumbraba peligro, en razón
de aquel que se suele decir: “nunca se acuerda uno de Santa
Bárbara hasta que truena” Los habitantes serían escasamente
unos treinta entre todas las familias incluyendo a los de la
otra orilla o Tamayo, aunque fueran de otra jurisdicción.
Vivían en buena vecindad, excepto cuando surgía alguna
desavenenci por envidias, cuestiones de lindes, riegos y otras
minucias, que enfrentaba a algunos y se resolvían generalmente
de dos maneras: razonablemente la mediación de buenos
consejeros, en la mayoría de los casos; o terminando en riñas
que comportaban la emigración de alguna familia, aparte los
daños ales, que, sin embargo, hasta entonces no fueron graves.
A la sazón, las familias de Andrés Valero y Ramón Pardo se
acusaban de que alguien había ido con el cuento al encargado,
de que se aprovechado, sin permiso alguno, del esparto de los
montes de Cerros el Palomarejo y el Barranco Lombardo, todo ello
propiedad de los Montenegro.Por otra parte, hasta el caserío de
Los Cárceles supo de las enencias de Andrés y Ramón, dado que
obligatoriamente iban allí dos o tres veces al año a moler el
trigo y el centeno de la propia cosecha, ya que era el lugar
más cercano donde había un batán molinero movido por las
aguas del Cabriel.
No había otro camino que
una senda de herradura remontando la margen izquierda del río;
era preciso ir por dicho camino, o dar un rodeo que tardaba casi
media jornada. Y, cierto día, se encontraron en mitad del
camino, uno de ida y otro de regreso, no ocurriendo nada que
lamentar por verdadero milagro y por la intervención pacífica
de sus compañeros de viaje. Las mutuas acusaciones e insultos
no abocaron al desastre por casualidad; pero la tormenta
emocional y la ira contenida iban en aumento en uno y otro
vecino.
Otra circunstancia agravó
el caso; la envidia y los encontronazos de sus pequeños
vástagos, por la cuestión de los gusanos de seda. Como habían
de administrar con tiento la recogida de hojas de morera, de las
que había diseminadas en las cercanías ribereñas hasta una
veintena de estos árboles, parece ser que los muchachos de
ambas familias no se andaban con escrúpulos y campaban por sus
respetos sin respeto a los demás. Y aquello se convertía
algunas veces en descalabraduras, arañazos y algunos sopapos de
menor cuantía, pero que contribuían a encorajinar más y más
a los mayores. El pequeño negocio de los gusanos de seda venía
a incrementar los relativos ingresos huertanos, de pastoreo y de
espartería, pues la cosecha estaba vendida de antemano en los
telares de Requena, a través de un encargado de recoger
capullos, que residía en Venta del Moro. Por si fuera poco lo
anterior, la cuestión del plantel de tomateras colmó el vaso
de la mal contenida ira y discordia... No se supo quién inició
la barrabasada, silos hijos de Andrés o los de Ramón... Más
de un millar de plantas tomateras, a punto de v trasplante,
fueron arrancadas y rotas por la chiquillería. Ambos vecinos
apelaron a la muy relativa autoridad del Antonio Pérez, quien
puso en conocimiento de los hechos al alcalde del Moro,
advirtiendo de la conveniencia de comunicar la situación del
caserío a la superior autoridad del Corregimiento de Requena,
para de evitar las probables consecuencias de un total y s
enfrentamiento; como, efectivamente así se realizó. Pero, por
razone lejanía o por que no se le dio importancia al asunto,
las cosas quedaron resolverse ni remediarse. No hubo que esperar
mucho o tiempo para ver el resultado y desenlace de aquella
exacerbada enemistad y enfrentamiento vecinal.
Sucedió a mediados de
julio, una noche clara y caliginosa en el v~ cabrielino, cuando
hasta la más leve brisa del cauce riano se durmió. Ramón
Pardo, que iba desde la era a su casa tras una fatigosa jornada
de siega acarreo, fue rodeado por la familia de Andrés Valero
como en una emboscada. Ramón, que trató de defenderse, fue
muerto a cuchilladas por Andrés... Al despuntar la alborada se
descubrió el crimen. Durante la noche, la esposa, la madre y la
hermana del homicida huyeron por los abruptos montes y barrancos
de la Derrubiada, como tratando de esconder su participación en
el delito.
Andrés dio la cara y no
quiso huir, entregándose a la justicia tan pronto llegó esta
para levantar el cadáver y averiguar y encausar los hechos.
Tanto el encargado del terrateniente Montenegro, Francisco
Serrano, como el pedáneo de Santa Bárbara, Antonio Pérez, se
negaron a declarar en contra del encausado, e ignoraron la huida
de las mujeres... por lo que fueron multados por no favorecer a
la Justicia. Y es que ellos sabían que ni el muerto ni el vivo
tenían razones suficientes para enfrentarse ni para enemistar
al vecindario. Y como el muerto ya no tenía remedio, trataron
de salvar al vivo, cuya manifiesta y declarada culpabilidad
material del crimen podría alegar algún eximente de locura
momentánea. Lo cierto fue que murió un hombre asesinado por la
envidia y el rencor desatados hasta sus últimas consecuencias
criminales. Su cuerpo fue arrojado a una balsa de cocer esparto
de donde lo levantó la Justicia.
El vencidario con buen
acuerdo, rellenó aquel charquinal con piedras y tierra,
dejándolo como terreno comunal, para rodearlo piadosamente
todos los años en procesión con su Santa Bárbara en hombros,
el día de la fiesta, parada y rezando allí por el muerto.
Costumbre que duró y perduró por muchos y largos años.