41- POR LA VEREDA DE LA CASA SEGURA.
(Leyenda de los Cárcel)
Históricamente con
certeza documental, nos remontaremos a los comienzos del siglo
XVIII, y durante toda esa centuria, para hablar de esta
importante familia en los términos y territorios venturreños.
Está clara su raíz
requenense, como también lo está su inicial denominación,
como apellido Lacárcel, que después pasó a llamarse "de
la Cárcel", y posteriormente y hasta ahora simplemente
Cárcel. Y ligaremos este apellido a las principales haciendas
que ya desde antaño existieron en nuestra zona; que aun
habiendo proliferado el apellido y recorrido, por ello, todas
las esferas sociales desde el hidalgo, el propietario, hasta el
humilde y sencillo zagal de ganado o mozo de mulas, siempre ha
sido en nuestros pagos apellido de personas de honrada
reciedumbre y laboriosidad.
Apelamos a la Historia
para dar cuenta de tres notas que hacen referencia a los
primeros viñedos venturreños y aldeanos, y a las tierras de
secano cereal o tierras de pan comer en los vallejos y llanos
del terreno de esta demarcación, así como de su vinculación a
la familia Cárcel.
La primera nota histórica se refiere a 1741. El Concejo de la
Mesta veía que sus veredas, ramales y cordeles ganaderos se
iban al traste por el uso y abuso de los pequeños labradores
que no respetaban los caminos de las veredas reales de La Mancha
y de La Sierra. Así pues, en aquel año de 1741 hubo una
denuncia contra algunos viñadores de Requena, Camporrobles,
Villargordo, Caudete, Fuenterrobles y Venta del Moro, por haber
plantado viñas en dehesas y parajes prohibidos para ello. Se
envió un Juez, abogado de los Reales Consejos, Alcalde
Entregador de Mestas y Cañadas del Partido de Cuenca, quien, en
Utiel, sustanció en octubre aquel pleito o denuncia,
resolviendo “tras las justificaciones hechas, con testimonio
presentado”, que “debía declarar y declara por parajes de
viñas antiguas los relacionados y por bien hechos y practicados”,
y en su consecuencia “debía absolver” y absolvió de esta
denuncia. (tomo II. Montes. Archivo de Requena).
Lo cierto es que había
pocas viñas entonces por nuestras tierras. Tanto es así que en
el Catastro del Marqués de la Ensenada (1751) no se mencionan
más que las siguientes : En Los Marcos, 3 propietarios con
6.720 cepas en 57 peonadas de labor; en Las Monjas, 2
propietarios con 1 .320 cepas, y 12 peonadas de labor; en Casas
de Pradas, sólo un propietario, que tenía 1 .100 cepas e
invertía 10 peonadas; en el Renegado había otro propietario
con 330 cepas, equivalentes a 3 peonadas de trabajo. Y no
aparecen más viñedos en dicho Catastro, lo que hace suponer
que aunque habría algunas viñas más, quizás a que podrían
ser parcelas de algún centenar escaso de cepas y por su
insignificancia no se declararon. Lo que sí está claro es que
la labor diaria de un peón cavando viñas era de 110 cepas,
según se dice en ese Catastro. Y está muy claro también que
el arado no se empleaba para estas labores, y debió ser la
azada y el legón el herramental útil para el caso.
En la tercera nota
histórica (Libro de Montes, 11. Arch.de Requena. 1751) se dice
lo siguiente:
“El presbítero Andrés
de Lacárcel Marcilla dejó en su testamento a su sobrino
Francisco Lacárcel Ramírez, vecino de Requena y morador en la
Casa Segura, diezmería de Venta del Moro, una labor de pan
llevar en Hortunas, llamada la Carcerosa, de más de 600 almudes
de secano. En dicha finca no hay majadas ni cañadas ni
abrevaderos; solamente pasa una vereda para ganados
trashumantes. Dentro de la finca hay unos 200 almudes que ha
dejado concretamente en la testamentaria a favor de los 7 hijos
del dicho Francisco Lacárcel Ramírez”.
Un hermano del cura
testador, llamado Francisco Lacárcel Marcilla, padre de
Francisco Lacárcel Ramírez, vivía en la Venta del Moro, y
tenía 1.500 almudes de terreno secano de 4’ 5a calidad, pero
la mayoría eran tierras yermas y de monte bajo.
Es indudable la raigambre
de los Lacárcel o la Cárcel, o simplemente Cárcel, por
tierras requenenses y venturreñas, lo que se demuestra en otra
nota histórica del año 1592 (ya citada en otra historia o
leyenda: “Algunas historias de americanos”) en que se relata
cómo emigró al Perú un tal Juan de la Cárcel, de Requena o
la Venta del Moro. Pero todavía más se demuestra el linaje de
los Cárcel Marcilla en Requena, heredado (según R. Bernabeu)
por los Omlín, Lamo de Espinosa y Conde de Nieulant en 1883 ;
el último, don José Javier de la Cárcel Marcilla, Diputado a
Cortes y Senador del Reino, artífice de nuestra incorporación
a Valencia en 1851.
Hoy todavía el apellido Cárcel está muy
extendido por Requena y algunas de sus aldeas ( Campo Arcís, Casas de Eufemia,
Los Pedrones, La Portera, Los Isidros), y mucho más en Venta del Moro y sus
aldeas (Casas de Pradas, Las Monjas) y algunas ramas menores en Utiel y otras
localidades comarcanas. Y hasta dos caseríos ( aparte la fínca la Carcerosa de
Hortunas) se llamaron Casas de Carcel, en el termino de Requena y Los Carceles,
en el municipio venturreño, ambos en la ribera del Cabriel, que llegaron a ser
aldeas, y que hoy están completamente deshabitados.
Y no hay duda que dichos caseríos fueron
fundados, como casas de labor primeramente, por miembros de la familia que nos
ocupa: los Cárcel; y que, a tenor de los que hoy quedan en la comarca con este
apellido, hubo de ser prolífica y hubo de extenderse buscando medios de vida y
subsistencia dedicados a la agricultura y a la ganadería; sin heroicidades
dignas de mención, pero sí con la eterna lucha por la vida, en medio de
alegrías y de miserias, con la brega diaria y tenaz en un medio rural más
hostil que generoso.
Que fue prolífica la familia y la estirpe
carceleña ya empieza a demostrarse con los siete sobrinos del cura requenense
que les dejó en herencia los 200 almudes en la Carcerosa de Hortunas, y que
desde la Venta del Moro, donde vivían, se extendieron por toda la comarca en
todas direcciones. Y que fundaron Los Cárceles y las Casas de Cárcel, está
claro, pues ni los topónimos engañan, ni el afán emprendedor y expansionista
del apellido tampoco.
¿Cómo se realizó aquella expansión y
el porqué del fundamento de dichos caseríos?
Como no he hallado nada escrito sobre el
particular, me van a perdonar mis lectores que divague y haga conjeturas sobre
aquellas empresas, luchas y trabajos de los Cárcel, y mi imaginación
sobrevolará las tierras venturreñas, sus caseríos, sus caminos y veredas, sus
sendiles y vericuetos, e inventará el apoyo en que la historia y la leyenda se
confundan, para revivir lo que hace ya un cuarto de milenio pudo haber sido y
sucedido, preguntando a la piedra muda y a la montaña que no contesta, y a los
ramblizos, vallejos, a los aires y a los cielos que hoy son iguales a los que
cubrieron esta tierra hace ya casi doscientos cincuenta años.
La saga venturrefía de los Cárcel comenzó
seguramente con Francisco Lacárcel Marcilla, uno de cuyos hijos vivía y
laboreaba en la Casa Segura, Francisco Lacárcel Ramírez, y continuaba con los
siete hijos, todos varones, que heredaron las tierras de su padre en la Venta
del Moro y su contornada, así como también la finca la Carcerosa de Hortunas.
Pronto murieron el abuelo y el padre,
quedando los siete hermanos dueños de extensos terrenos, algunos de pan llevar
y muchos improductivos con monte alto y bajo, lo que llevó consigo la
continuidad de explotaciones ganaderas de cierta importancia ya que contaban con
pastos adecuados y numerosos: eran cuatro hatos de ovejas (Hortunas, Casa
Segura, La Albosa y el Cabriel), algunas cabras y cuatro pares de mulas, amén
de tres burras y un garañón; caballerías de labor las primeras, y de
transporte, carga y viaje, el ganado asnal. Cuando tomaron posesión los siete
hermanos de la finca la Carcerosa vieron que aquello tenía dos partes
distintas: una que podía producir, y ya venía produciendo con buen interés el
cereal y alguna hortaliza por su cercanía a las huertas que el río Magro
regaba; la otra parte, más extensa, casi no podía producir más que pastos.
Y allí se quedaron dos hermanos, Juan y
Felipe, quienes recibieron como herederos legftimos para su uso y hacer y
deshacer como quisieran, las hortuneras. Y allí se casaron y allí vivieron,
originando las ramas de La Portera y Los Pedrones, con alguna ramificación
hacia El Rebollar.
En otra dirección, otros dos hermanos,
Andrés y Julián, heredaron y tierras de pan comer en las Casas de Pradas y en
La Albosa o Los Isidros, respectivamente, y allí se afincaron y echaron raíces
y procrearon vástagos, que al poco tiempo ligaron con gentes manchegas, y
derivaron con ramales importantes: el Cabildo y Casas de Eufemia o partida de Lázaro,una;
la propia de las Casas de Pradas e Isidros, y la fundadora de !as llamadas cerca
de Villatoya y de la Fuente Podrida, en las riberas del Cabriel.
Otro heredero quedó en la Casa Segura
para continuar la labor de su isco, el mayor, de igual nombre. De esta raza nació
la raigambre que se extendió por Jaraguas, Los Marcos y Las Monjas, y que
quizás debido a su estatura, algo menor que la de los demás Cárcel, fueron
llamados por varias generaciones y hasta hoy los Carcelillos.
Los otros dos hermanos, José y Antonio,
se afincaron en la misma Venta del Moro: uno, José, siguió allí y echó
profundas raíces hasta las siete generaciones en que ahora se hallan, y
verdaderamente dieron en ocasiones nombre y realce a nuestro pueblo; y, cuando
menos, siempre fueron estirpe de labriegos honrados, activos y luchadores en la
conquista de la tierra, con viñas, olivares, y tierra campa de mieses y
forrajes. ¿Quién no recuerda a las penúltimas o antepenúltimas generaciones
de los Cárcel, apodándose los Moscos, los Juanantonios, los Tribucios, los
Aperadores, los Cuervos o los Picones?
Pero además, el último de aquellos siete
hermanos, Antonio, heredó por los encomedios de la ribera del Cabriel unas
huertas y una gran extensión de monte alto y bajo en la Derrubiada lindando con
las dichas huertas; y, como aquello necesitaba muchas manos, faenas, y pastoreo,
echó los cimientos de un caserío que llamó Los Cárceles en memoria de su
familia, y llegó a ser una pequeña aldea, hoy deshabitada, que pudo prosperar
si el ferrocarril Baeza-Utiel que se empezó a construir, y que cruzaba el
Cabriel precisamente por allí con un airoso puente, no se hubiera paralizado.
Pero, aunque el hilo del relato se nos ha
ido por rutas de expansiones de la saga de los Cárcel, no olvidamos sus
contactos y sus vivencias por aquellos entonces, y que pudieron ser así:
Era la vereda o cañada real de la Sierra
el camino más viable tanto para ganados como para personas cabalgando sobre
mulos o burros. Ponía en comunicación, aparte otros caminos de erradura
y sendiles, las principales propiedades de los Cárcel, desde la Casa Segura
hasta Hortunas, pasando por la Muela. Y todos los años, allá por los inicios
del verano, vísperas de San Pedro, los siete hermanos se citaban para reunirse
en un lugar apropiado: la Venta del Moro, donde vivían dos de ellos, José y
Antonio. Y por aquella vereda, por la que sus rebaños de ovejas campaban, iban
y venían guiados por sus asalariados pastores, año tras año contratados o
renovados precisamente, según inveterada costumbre, el día de San Pedro,
acostumbraban los siete Cárceles a cambiar sus impresiones, a hacer sus cálculos,
proyectos y cambalaches para todo el año venidero, después de que una opípara
comilona en la casa solariega de la Venta el día de vísperas, y un suculento
almuerzo de gazpachos manchegos y tajadas de oveja o cabrito en la mañana del
Santo, bien en la Casa Segura, bien en Las Monjas o en la Muela; y, haciendo
bueno el refrán de ‘a reunión de pastores, oveja muerta”, tras la
laboriosa digestión, se prometían y comprometían para futuras com nisma
compraventas, contratas y labores.
Y es que eran mucho más ganaderos que
labradores, pues sus tierras daban más para pastos que para rastrojeras y
sementeras. Por ello, aunque dueños de algunas pequeñas viñas en diversos
lugares, no veían con buenos ojos que otros vecinos trataran de robar terrenos
a la vereda real iniciando roturaciones para viña o para siembra; y es que casi
se consideraban continuadores del Honrado Concejo de la Mesta, más por sus
propios intereses que por salvaguardar la cañada o vía pecuaria de noventa
varas que, viniendo desde la Serranía de Cuenca por Aliaguilla, cruzaba la otra
vereda real de la Mancha a la altura de la Ceja de los Catalanes en Jaraguas,
para continuar por los lugares ya citados, hasta las salinas de Hórtola y más
allá hacia tierras levantinas.
Y no les gustó nada el resultado con que
el Juez Pesquisidor de Utiel ultimó denuncias contra los primeros viñadores,
pues si la cosa continuaba, llegaría un momento en que “su vereda” se
reduciría a la nada, dado el uso y abuso de las roturaciones aledañas o
lindantes a la misma.
El caso fue que, en una célebre reunión
anual de los siete Cárcel, se consumó una especie de pacto de sangre contra
todo lo que atentara en detrimento de lo que ellos creían sus intereses. Y
aquel año renovaron sus contratos a varios pastores adictos a sus planes,
fieles servidores de sus respectivas casas y haciendas ganaderas. Y juraron y
perjuraron que desde entonces y en lo sucesivo jamás consentirían nuevos
recortes a la famosa cañada: ni una vara más ni una vara menos de las noventa;
y así lo hicieron constar a amigos, vecinos, moradores y usuarios, tanto de la
Venta del Moro como de los demás caseríos, alegando razones de justicia y de
fuerza cuando aquella fallara, según sus propias interpretaciones. Y, sin más
permisos ni preocupaciones pusieron mano a la obra desde los comienzos de la
vereda hasta sus salidas hacia el Reino de Valencia, cuidando además de salvar
abrevaderos y ramales, corrales y sesteros, por donde la vereda pasaba.
Y es que, la verdad, estaban respaldados
por las autoridades competentes, ya que únicamente querían hacer valer y
respetar el señalamiento que se hizo en 1744. (“Señalamiento de las veredas
Reales llamadas la una de Hórtola y la otra de San Juan, hecho a pedimento del
procurador síndico general de Requena, y contiene las dos zerradas que se han
hecho, la una junto a la Cabezuela de Camporrobles y la otra en la Fuente de la
Oliva, pregonada en tres días festivos: Arch. Munic. de Requena. Mojoneras).
Aquel verano cumplieron y ultimaron su
compromiso. Fue un trabajo enorme; y como la ley les amparaba, resolvieron caso
por caso, reintegrando a la vereda los pequeños o grandes hurtos de terreno que
se le habían hecho; y nadie, de momento, protestó lo mas mínimo. Así, los Cárcel
de aquellos caseríos -todos entonces pertenecientes al Concejo de Requena-
quedaron conformes y sirvieron, además de a la justicia, a sus intereses
propios.
Y cada uno de los siete hermanos se
marchó para su lugar de residencia, prometiendo volver a reunirse el año próximo
o cuando las circunstancias o el requerimiento de alguno de ellos lo demandaran.
Aquel arreglo y delimitación duró mucho
tiempo. Pero, cuando las Reales Ordenanzas de Carlos III, de 1767, 1768 y 1770,
impulsaron las roturaciones para la siembra de cereales y otras plantaciones,
salvaguardando la ganadería en zonas de más aprovechamiento y extensión
apropiada, y dando mayor importancia al hecho práctico de la siembra, ordenando
además el reparto de tierras concejiles para tal fin, las veredas sufrieron
nuevamente cierto detrimento, y su legislación no fue guardada con el denodado
interés de la Mesta y otras leyes, y más oncretamente en nuestras
tierras donde el pasto no representaba la gran riqueza de otros lugares de España.
Por ello no es extraño suponer que los Cárcel
de nuestra historia, (entre la realidad y la leyenda) tuvieran que acomodarse a
los nuevos tiempos, y, haciendo de tripas corazón, aceptaron roturaciones,
plantaciones, recortes verederos y algún que otro sofoco rebelde ante hechos
consumados.
Lo que no cabe duda es que la saga de los
Cárcel como ya se ha dicho y redicho, enraizó fuertemente por estos lares,
fructificó, se extendió, dio a veces hombres brillantes para la religión, la
polftica, la milicia, la ingeniería o la administración; y otras veces, las más,
siguió su trayectoria campesina y artesana, pero siempre honrada y laboriosa a
carta cabal.