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43- LA GRAN
FLORIDA.
(Entre historia y leyenda)
Cuando los
generales O´Doneil y Espartero se alzaron en armas, iniciando el bienio progresista de 1854-1856, hubo gentes en mi
pueblo que,
contagiadas por el fervor revolucionario y deseando hacer borrón
y cuenta
nueva con todo lo antiguo y tradicional, pensaron cambiar el
nombre
histórico de Venta del Moro por otro más rimbombante y eufónico;
y, parece
ser que, puesto el tema a la consideración de la asamblea que
se sumó,
popularmente, al pronunciamiento antedicho, se barajaron y
propusieron,
algunos nombres: entre ellos, el que alcanzó más aceptación
fue el de Gran Florida.
En resumen, que alguien con exceso de imaginación y desprovisto
de la
objetividad que confiere la verdad histórica, quiso que este
pueblo se llamase
Gran Florida, ni más ni menos, así como si en alguna ocasión
hubiese sido
jardín sonriente, en grandeza y hermosura, corno un edén
majestuoso, volcán
de voluptuosos aromas y un paraíso terrenal; y, claro está, no
prosperó la
desbordada y elucubrante propuesta, quedando como siempre fue y
siempre
será: Venta del Moro.
Pero, ¿cómo, cuándo y porqué sucedió esto? Aunque ya hemos
apuntado tiempos y causas, permítaseme novelar un poco lo que
de histórico
sabernos.
Era el 18 de Julio de 1854 (otro 18 de julio famoso). Era
alcalde el tío
Marceliano Pérez, y era secretario del Ayuntamiento don Félix
Cantorné.
Hacía justamente dieciocho años que el pueblo era municipio
independiente,
y todo lo novedoso que conlievara carga de libertad y de
progreso calaba
hondo en los espíritus y en las formas auténticamente
liberales del vecindario. Por ello no es extraño que, reunidas en asamblea las fuerzas vivas de la población, y proclamando su patriotismo y lealtad, se adhiriera al movimiento siguiendo la pauta de Requena y Valencia, capitales de distrito y de provincia , tras haberse leído el manifiesto recibido de la Ilustrísima Junta de Armamento y Defensa de la leal Ciudad de Requena. al cual prestaron su conformidad adhiriéndose al pronunciamiento, mandando se diera un volteo de campanas y se anunciara al público para feliz satisfacción, con vivas a S.M. la Reina y a la libertad, que fueron acatados con el entusiasmo de la población.
Aquella asamblea, que terminó firmando el acta de adhesión, presidida
por el alcalde Marceliano Pérez y certificada por el secretario Felix Cantorné,
estaba constituida, además, por las siguientes personas, representantes de los
mayores contribuyentes, del elemento popular, del brazo eclesiástico y de la
milicia liberal entonces en boga: Pedro Navarro, Martín Martínez, Angel
Monteagudo, Antonio Pérez-Duque, Dionisio Monteagudo, Cruz de Juan
Salinas, Ezequiel López, Pedro José Sáez, Francisco Clemente, José Pérez,
Hipólito de la Torre, Pedro Forano, Juan Nicolás Olmo, Antonio Martínez,
Eduardo Noguerol, José Fernández, Francisco Antonio Yeves, Antonio
Cárcel, Felipe Medina, y el señor cura, don Santos Crespo.
Y entonces, encendidos por la fogosidad del patriotismo, desvelados por
un entusiasmo que desbordaba pulsos e impulsos, y llevados de un afán de
ennoblecimiento y magnificación de todo lo venturreño, alguien debió
sugerir que el nombre prosaico de una venta y de un moro no se correspondía
con la altitud de miras y la proyección de un soñado futuro esplendoroso para
aquel pueblo habitado y representado por quienes, en aquella ocasión, habían
dado buenas pruebas de flamante liberalidad y de superación hacia la idea
revolucionaria, con olvido del pasado. Y así, con la idea del cambio de
nombre en sus caletres, se disolvió la reunión, quedando emplazados para
otra nueva sesión que, con el único punto a tocar sobre la futura
denominación del pueblo, habría de celebrarse justamente quince días
después.
!Qué quince días aquellos! Jamás asunto tan trivial y tan insignificante
alcanzó tan altas cotas en el debate, la polémica. la discusión, el
enfrentamiento y hasta la riña de hermanos con hermanos, hijos con padres
y viceversa, vecinos con vecinos, s con el crisol de su independencia a cuestas cargado de hambres, miserias,
luchas y sinsabores. Jamás una causa tan injusta e indigna ocasionó tantas
desavenencias. !Cómo si no hubieran existido etapas, metas y cimas dignas
de seguimiento y de espejo, de mejor causa y de mayores ansiedades!
Pero el pueblo es así. Y así se mostró. Ni populacho enardecido ni grey
aborregada al servicio de cualquier capitoste de turno. Simplemente tontería,
afán de novedades, la moda del cambio por cambiar, sin justificación alguna.
Y como aquello parecía un plebiscito y un cañarete de viejos y jóvenes, de
tertulias y paseos apasionados y confrontados, de intercambios de opinión
para contrastar pareceres, de sugerencias disparatadas, como por arte de
magia el pueblo se encontró divido en dos bandos: el que a toda costa quería
cambiar, proponiendo GRAN FLORIDA, y el que simplemente deseaba
dejar las cosas como estaban, porque dende nuestra acordanza, y dende la
acordanza de nuestros tatarabuelos, el pueblo se llamó así cuando era un
simple caserío y cuando después fue aldea y lugar, y ahora, pueblo
independiente, Venta del Moro y a mucha honra.
Las fuerzas vivas del pueblo también andaban divididas. El Alcalde
parecía inclinarse por lo tradicional, pero su mujer, la tía Petra, y sus hijos,
no comulgaban con la misma idea.
El más ecuánime era don Félix Cantorné, el secretario, quien ya tenía su
opinión forjada; y eso que no era nacido en el pueblo, pero que, como buen
fedatario de actas, no quería ni debía traslucir, en aras de su imparcialidad.
El señor cura, aunque ancho de espaldas y criterios, se volcaba un poco
hacia lo antiguo y tradicional.
Los representantes de las aldeas, los Monteagudo, Salinas y Pérez-
Duque, andaban el pairo, porque, al fin y el cabo, les daba lo mismo, aunque
trastabillados hacia la antigua denominación, pero contrarrestadas por sus
jóvenes familias, quienes gozaban con las luchas internas del pueblo
capitalino.
En casa de Pedro Navarro se dividían las opiniones, y ocurrió alguna
que otra discusión y zarabanda, que el padre cortó rápido. Martín Martínez y
su primo Antonio Martínez eran decididos partidarios de la novedad, pues
decían que estaban ya cansados de que los forasteros se mofaran, diciendo
aquello de que ‘en la Venta, ni trato ni cuenta”, ignorando, por tan fútil
motivo, que cualquier otro nombre podría originar pareados y aleluyas de
peor intención. Los Pérez, los Sáez y los López, se inclinaban por el cambio,
aunque sin excesiva convicción..., y ello, porque temían ser tildados de
anticuados.
Los Clemente, los Cárcel, los Noguerol y los Fernández, eran ardientes
partidarios de no cambiar nada. Dios me guarde este señor no me venga
otro peor!” -decían y proclamaban a los cuatro vientos-, aunque en sus
propias casas había de todo, como en la villa del Señor, más o menos tradicionalistas o novedistas.
En casa de los Yeves se nadaba entre dos aguas. ¡Mala cosa es jugar con
dos barajas o no ser ni frío ni caliente! ...Dudaban.
El caso fue que se dejaba el resultado al libre albedrío y opinión del
pueblo soberano, sin más problemas. La verdad es que en aquella ocasión la
familia Yeves ni se unió ni se dividió: cosa rara, pero así fue y así lo cuento.
Y lo mismo pasaba en casa de los La Torre, familia recién llegada el
pueblo, de buen lustre y visos de inteligentes decisiones para aquellas
circunstancias y para el futuro.
El ardiente partidario del cambio era Pedro Forano, secundado por su más asiduo contertulio y seguidor, Felipe Medina, consuegros además,
convecinos de calle conchabados en todo lo concerniente a la política
buenas personas, entusiastas progresistas, algo despistados, bien intencionados, con inteligentes luces naturales fieles cumplidores de sus deberes,
. .
amantes de todo lo venturreno hasta la idealizacion de virtudes y hazanas,
soñadores..., pero ignorantes del sustrato y raíces de aquel pueblo.
Fantasiosos por demás, idealistas, poco pragmáticos, que se sentían quijotes
incomprendidos, no vacilaron en alzar la bandera de lo novedoso, poniendo
un fantástico jardín donde no hay más que altozanos, ramblizos, peladas
cuestas, asperezas de monte bajo, matorrales y pedrizas, cárcavas, peñones,
sendiles, vericuetos y algún que otro huertecillo apenas regado por las
escasísimas aguas albosinas. Y eso sí, mucho amor y mucha fe. Pero eso son
grandezas y jardines interiores del alma venturreña. Es decir, la GRAN
FLORIDA, ni se veía ni se ve por ninguna parte. Y parece mentira que los
Forano, los Medina y algunos otros vieran gigantes donde solo hay molinos;
mejor dicho, ni molinos siquiera; algún que otro pino carrasco y algún que
otro olmo en las riberas de la rambla. Aquello de la Gran Florida era un
sarcasmo que, de haber prosperado, hubiera sido el hazmerreir de propios y
extraños; la adopción de aquella denominación hubiera supuesto el
entontecimiento total, la negación de la historia, el culto a la mayor
majadería que conocieran los siglos ventamorinos.
Y sin embargo no se puede negar la buena intencionalidad de aquellos hombres, porque, la verdad, por mucha carga de historia y tradición que tenga Venta del Moro, el nombre no es muy bonito que digamos. Por ello comprendemos un poco, sólo un poco. la pretensión de aquellos buenos venturreños, ni más ni menos, encaminada a glorificar y poner en altísimas, aunque falsas nubes, el nombre de su pueblo.
El caso fue que el plazo de los quince días se cumplió, y se realizó ¡a sesión cuyo único punto en el orden del día era ‘el proponer, acordar y fijar definitivamente el futuro nombre del pueblo que hasta entonces se llamó Venta del Moro. Y allí cada uno expuso y propuso lo que pensaba y lo que había recogido del clamor popular y de las más o menos sensatas opiniones de los vecinos con derecho y deber de opinar, es decir, de todos los mayores de edad.
Y cada cuál se explayó a sus anchas, y cada cual adujo lo que al respecto le parecía. Está claro que los reunidos, los mismos que se adhirieron quince días antes al pronunciamiento, representaban a todo el pueblo, tanto al casco como a las aldeas; y estaban reunidos en la casa consistorial. Y el pueblo, sudando lo que hay que sudar, -no olvidemos que esto sucedía a comienzos de agosto- esperando noticias y acuerdos, congregado en la plaza, bajo el balcón desde donde se solían anunciar y pregonar acontecimientos y edictos.
Amparadores de lo novedoso, impugnadores de lo viejo, luchando por su idea de grandiosidad y de floridas estancias, los Forano y Medina, aducían razones más de sentimiento que de peso con un enamoramiento y ardor dignos de mejor causa. Francisco Clemente y Eduardo Noguerol alegaban la historia y la tradición, lo ya sentado, aprobado por el beneplácito y el plebiscito popular a través de los tiempos, pero todo ello con alegatos de escaso valor científico aunque avalados por los hechos ya de antaño consumados.
La baza definitiva la guardaban secretamente el cura y el secretario, quienes en consejo privado habían elaborado sus conclusiones, de acuerdo con ciertas consultas efectuadas en más altas instancias, y el rigor de unos hechos consagrados por documentos antiguos y la rotunda clarificación del derecho consuetudinario.
Por eso, de común acuerdo, conciliando intereses encontrados y
paliando el elevado tono de los contrapuestos puntos de vista, con voz grave, campanuda, plena de autoridad y comprensión, el secretario don Félix Cantorné habló de esta manera:
"Amigos y vecinos de este pueblo: Todavía no hace veinte años que nuestro pueblo fue declarado independiente y soberano. Es decir, que como bien puede decirse, todavía no hemos alcanzado la mayoría de edad en las lides polfticas y administrativas; y sin embargo ya nos permitimos el lujo de poner en duda la valía y la hombría de bien de los antepasados que vivieron en este pueblo, y la de quienes lo rigieron honradamente cuando era aldea y ahora cuando ya se declaró municipio emancipado. Todos sabéis que yo no he nacido aquí, procedo de una familia conquense establecida por la Manchuela y que llegué hasta vosotros movido por vuestras mismas ansias de libertad, de liberalismo y de progreso, y aquí me hallo con vuestras mismas ilusiones y esperanzas, ayudando y colaborando en la empresa común de engrandecer esta recién declarada villa, de sumarla al carro del progreso en paz y en amor, bajo el reinado de nuestra soberana la Reina Isabel II a la que siempre hemos dado pruebas de adhesión defendiéndola de sus enemigos, y también amparándonos al pronunciamiento de los generales Espartero y ODoneli como signo de que queremos una civilización progresista, emprendedora, sin caciques ni prebendas para nadie. Todos somos libres, y como hombres libres hemos de procurar comportarnos; por eso aquí cada uno ha expuesto su opinión en el importante asunto que nos ocupa; y que carecería de toda importancia si nuestras pasiones no se desenfrenaran, porque en definitiva no es el nombre ni el vestido lo que importa, sino lo que llevamos todos y el pueblo lleva muy adentro; tenemos que pensar honrada y seriamente que ni el hábito hace al monje, ni el hombre se mide por su estatura, ni los pueblos son lo que suelen aparentar sino lo que sus habitantes y vecinos quieren. Es lógico y natural que se haya venido llamando a nuestro pueblo La Venta del Moro o si se quiere, simplemente, Venta del Moro, porque en efecto aquí hubo una venta o mesón en mitad del camino entre las villas medievales de Requena e Iniesta, y que aquella venta o posada fue regentada durante mucho tiempo por uno de los moros que prefirieron huir de Requena después de su reconquista, y sucesivamente por sus sucesores y herederos, quedando el caserío que se formó a su alrededor con la misma denominación; y, a pesar de este raro nombre, nadie de vuestros antepasados puso en duda su valía, ni se avergonzó de tal nombre, máxime cuando, avalada la población por sus creencias cristianas, se elevó la primera
ermita, se rezó en ella y se instaló en su principal altar a nuestra Madre la Virgen de Loreto, que amorosamente nos preside, que tampoco se avergüenza de reinar en un pueblo con reminiscencias denominadoras de moros e infieles, porque sabe que sus hijos la quieren y adoran y le son totalmente fíeles; y al no poner en duda esta fidelidad, yo propongo llana y simplemente que se siga llamando como se llama. Y tengo varias razones para decirlo así. La primera, porque se ha consultado a personas y entidades que saben de historia, quienes al conocer la propuesta de cambio de nombre se sonrieron y dijeron: aunque hace ya tres años que somos valencianos y no conquenses, nuestro territorio sigue siendo el mismo y, desgraciadamente, no tenemos para deleitarnos los jardines, vergeles, huertas y frondas de Valencia y de su Reino; por eso lo de Gran Florida nos suena a extraño y a artificioso sin más valor que lo anecdótico y pasional. La segunda razón, es que yo también he tenido que luchar y devanarme las entendederas con mi propia familia, en la que había más partidarios del cambio que de lo tradicional. Y sobre todo mi mujer, la Salvadora, a la que todavía no he podido apear del burro, donde la innovación bullía en su cabeza con ansias de tanta grandeza que parecía ya estar en los pensiles de Babilonia; y la he tenido que despertar sacándola a pasear por el Camino de los Huertos y por el Paso de la Puebla, los dos únicos sitios con algo de verdor por nuestros andurriales, además de la Lastra, la Bullana y la Noria; y después la he llevado a la Capotilla del Montero, a la Hoya de los Huesos, y a La Cabeza, para que se deleitara contemplando los fastuosos y floridos jardines y cármenes que su ensoñación ponía en la imaginación casi loca y desvariada de mi mujer ; y ha visto la resequez de nuestro clima, y la abundancia de moscas, y los anchos de los Caliches y de los Desmayos llenos de algo que no quiero decir, y los secanos resecos, y el polvo de caminos y veredas... Y cuando ya creía haberla apeado de su majestuoso y apasionado burro, después de haber convencido a toda mi familia, todavía ella me decía esta mañana: -!Y por qué no vamos a Valencia y nos traemos palmeras y naranjos, claveles y rosas, y las plantamos entre la Noria, La Canal y el Paso del Rey! ¡Así como si nuestro clima fuera propicio a tales ensoñaciones! Total, amigos y vecinos todos, queden, a mi parecer, las cosas tal como están, porque aunque nos llamemos hijos de la Venta del Moro, ya se nos da igual que haya o no haya moros por aquí, pero sí debemos hacer honor a que en nuestra Venta, que es una venta o posada total, puedan albergarse cuantas personas quieran ser hermanas nuestras, vecinas nuestras, compañeras nuestras; ese es
nuestro honor y nuestro orgullo: que todo nuestro corazón sea una hermosa
nuestro honor y nuestro orgullo: que todo nuestro corazón sea una hermosa
posada gratuita para alojar las buenas intenciones, los buenos deseos, los
amores y los gozos de nuestra manera de ser. Y jamás nos avergoncemos de
nuestro nombre, y que en nuestras señas de identidad florezcan como si fuera
La Gran Florida los devotos aromas de las mejores flores: las que rendimos
y proclamamos cuando visitamos a nuestra Virgen de Loreto".
"Y ya no quiero, ni puedo, ni debo decir más. Ahora, a votar, y a decidir
lo que cada uno piense en conciencia y en verdad, con la lealtad que nos
confiere el haber servido a nuestra Reina con fidelidad y el haber obtenido
de ella nuestra independencia municipal".
Así habló aquel gran hombre que, sin ser venturreño de raíz y
nacimiento, lo era por convicción y por haberse afincado trayendo nuevas
savias de otro lugar para dejarlas fructificadas aquí; que su esposa era
venturreña y todos sus hijos lo fueron también, ya de raíz y de corazón. El
cura se sonreía, pues también había tenido arte y parte en aquella perorata,
aunque la última razón aducida por Cantorné no la conocía.
Y ni que decir tiene que la propuesta quedó en agua de borrajas. Pero
nadie motejó ni criticó en lo sucesivo a los Forano y a los Medina, tan buenos
vecinos y venturreños como los demás, o todavía más. El asunto quedó en
anécdota para la historia, y en algo de cachondeo (permítaseme la vulgar
expresión) por algún tiempo después por parte de algunos pueblos lindantes,
a los que jamás ya se toleró, sin recibir el tortazo correspondiente, aquello de
en la Venta, ni trato ni cuenta, sencillamente porque se faltaba a la verdad.
La verdad es que, cuando el alguacil pregonero publicó desde el balcón
del Ayuntamiento el resultado de la votación final, algo así como un suspiro
de alivio corrió entre la muchedumbre que llenaba la plaza, y hubo abrazos
y hasta lágrimas. Y se cuenta que, hasta la señora Salvadora, la mujer del
secretario, acompañada de la Petra, esposa del alcalde, ambas anteriormente
partidarias de la innovación, cayeron de su error, y encabezando una
manifestación popular recorrieron las calles del pueblo gritando a más no
poder: !Viva la Venta del Moro! Mientras tanto las campanas de la torre
volteaban con júbilo y con inusitado repique a impulsos de la juventud
ventamorina que quiso ser simplemente lo que era: venturreña, liberal
y trabajadora, es decir, honrada a carta cabal.
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