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44- LA CRUZ DE VALERA.
(Leyenda sobre un suceso real)
Todas la aldeas y caseríos suelen celebrar sus fiestas patronales encomendándose a la protección de algún santo o santa,
en honor de quien se levantó en otros tiempos alguna ermita que, en el devenir de épocas más
cercanas, y ya con relativo poblamiento, han llegado a ser pequeñas iglesias
sufragáneas del principal y capitalino núcleo de población. Todas las
aldeas tienen su patronazgo: así, Jaraguas se encomendó ya a fines del siglo XVII a
San Francisco Javier; Casas de Pradas y Casas de Moya se acogieron a San
Antonio Abad; Casas del Rey, a la Virgen de la Merced; Las Monjas, eligió
como patrono a San Antonio de Padua; Los Marcos, a San Isidro Labrador;
y hasta algunos caseríos ribereños del Cabriel celebraban sus fiestas
patronales - cuando aquellos caseríos estaban habitados - congregando en sus
pequeños ermitorios a toda la población nana o riachera, de más de treinta
kilómetros, río arriba o abajo; así, por ejemplo, La Fuenseca festejaba
a San Antonio de Padua, y Tamayo, a Santa Bárbara. En todas estas aldeas y
caseríos se celebraban festejos típicos y tradicionales procesiones, subasta de
andas, pan bendito, bailes populares, etc. Y cada población rivalizaba con las
demás en este sentido de agasajar y conmemorar las virtudes del Santo
Patrón y los vecinos aldeanos solían acudir a una y otra fiesta solidarizándose
con la festividad de turno en la aldea correspondiente. Y es que.
generalmente, todo el mando se conocía, todo el mundo se alegraba con los
demás y contribuía, invitado o no, al esplendor y alborozo de aquellas
jornadas de fe y de descanso.
De pequeño, recuerdo que mi padre me llevó a una fiesta de aldea.
Concretamente a la de San Isidro Labrador, en la aldea de Los Marcos. Y
cerca del camino de herradura que llevaba a la aldea, - por entonces todavía
estaban algunas carreteras vecinales en el olvido y archivo de Diputaciones y demás Administraciones - sobre un pequeño montecillo había una especie de pirámide a base de piedras amontonadas, donde, segimn me contó mi padre, se alzó en otro tiempo una cruz en memoria de la muerte violenta del tío Valera; la cruz ya había desaparecido, pero en la memoria de los vecinos y campesinos aquel paraje se llamó y sigue llamándose la Cruz de Valera.
Y mi natural curiosidad quiso saber el porqué de aquella denominación. Mi imaginación volaba locamente en alas del miedo y del estupor cuando después rememoraba la historia del suceso que, por mucho tiempo corrió de boca en boca y se afianzó casi como una leyenda por aquellos lugares y andurriales. Fue una historia trágica, con trágicas repercusiones y consecuencias, cuya verdad sólo pudo aclararse tras bastante tiempo de
indagaciones, y quizás tras haber pagado justos por pecadores.
Poco más o menos recuerdo aquella historia, que intentaré novelar y
adobar con mis imaginarios ingredientes, de acuerdo con la vida del mundo
rural en el pasado siglo.
Se dice que el tío Valera, rentero y pastor, como pegujalero de una finca
que pertenecía al Conde de Plegamans, vivía en una pequeña casa de labor,
solitaria, sita en el camino que unía las aldeas de Los Marcos y Las Monjas,
poco más omenos a igual distancia de ambas.
El tío Miguel Valera era viudo y tenía dos hijos varones, ya mayores,
Paco y José. El primero, casado con una hembra de rompe y rasga, la
Tomasona; el segundo, soltero y sin compromiso.
Paco vivía también del pastoreo y de mediero en una labor cercana, que
no se sabe por qué razón se llamaba la Casa de los Pleitos, ayudado por su
mujerona, quien, por otra parte, traía y llevaba a trompatalega y a
quebraderos de cabeza a más de un mozalbete de las aldeas vecinas. José, el
soltero, ya algo machucho y sin ganas de matrimoniar, vivía con su padre,
unas veces trabajando en las faenas del campo, otras ayudándole a pastorear
el pequeño hato de ovejas, y algunas veces haciendo el gandul o poniendo
cepos, trampas y ligas para cazar conejos, perdices y otros pájaros cuando no
huroneando madrigueras y encerraeras.
En casa del tío Valera como en la de su primogénito no se nadaba en la
abundancia. Las necesidades eran mínimas: comer, guarecerse, vestir, y, de vez en cuando, echar una cana al aire por Utiel o Requena, en cuyas mancebías conocían a los Valeras por su ceño adusto su casi inexistente vocabulario y sus soeces maneras; y aunque la tacañería del padre era conocida por propios y extraños, en aquellos casos de pendorreo se desbordaba en generosidades de alguna peseteja de plata, que entonces era muchismo.
Lo de comer se basaba en gachas, gazpachos, arroz y bajocas, amén del pan negro y duro, y de algún que otro tasajo de cecina de cabra u oveja muertas en accidente o de sobreparto. Lo de guarecerse era, en ambas familias, como un miserable vivir en unas casuchas de piedra y barro, de cañizos y yeso, sin otras comodidades que las del gran hogar con una campanuda chimenea, unos poyos a ambos lados de la lumbre, una habitación interior como dormitorio, techos a tejavana, suelos de traspol o tierra apisonada, dos ventanucos y, como muebles, una rústica mesa, tres sillas de soga, dos catres y los apachusques de cocina: tiebles, tenazas, paleta, sartén, dos o tres pucheros, un botijo, algunos platos y cazuelas, cucharas de palo y un par de cuchillos albaceteños que lo mismo servían para partir el pan que para despachurrar alguna res moribunda. Anejo a la casucha, un corral de bajos tapiales de piedra albergaba al rebaño de ovejas y cabras que sumaba medio centenar de reses. Lo de vestirse, aparte de unas mantas ruanas y dos capotes de estameña, sus trajes eran de lo más pintoresco y atrabiliario: calzones y chalecos con todos los remiendos habidos y por haber, polainas de dril, cintos, cernachos y arreos de correa, unas gorras de pelo y unas alborgas de esparto como calzado sin haber conocido otro en sus vidas.
Bien es verdad que, para las ocasiones, también guardaban los Valeras, en un arca, sendos trajes seminuevos que se vestían especialmente para ir a las fiestas del pueblo y sus aldeas; trajes que única y exclusivamente sacaba del arca el tío Valera, el viejo, prohibiendo que hijos y nuera husmearan dentro del vetusto mueble que su difunta, una sacrificada y santa mujer, que pagó con su vida la venida al mundo del segundo hijo, aportó como dote en su boda.
De cualquier forma ya hemos dicho que reinaba la pobreza y casi la miseria era inseparable compañera de aquella familia solitaria y analfabeta, que, aun con escasas y reducidas necesidades, parecía hundirse en una total precariedad sin vislumbrarse atisbos de mejores porvenires.
Sin embargo, algo debería guardar celosamente el tío Valera en su
caletre y en su arca; algo que debía provenir de su juventud, quizás de sus
andanzas por tierras del Maestrazgo cuando la segunda guerra carlista; algo
que se había venido rumoreando por el pueblo y que la gente daba como
cierto, presumiéndose que sumaba pagas, alcances y rapacerías de la
soldadesca voluntaria a la que perteneció. Porque los ingresos, en el
momento que nos ocupa, eran tan escasos en metálico, que nadie sabía cómo
era posible el dispendio en lo libidinoso de padre e hijo por ciertos burdeles,
ni tampoco se podía explicar que acudieran inveteradamente a todas las
fiestas patronales del pueblo y aldeas, permitiéndose la copa de aguardiente
con tramusos y torrates y el buen pedazo de turrón y de alajú. No cabía duda
que el tío Valera guardaba algo que no quería enseñar a nadie. Únicamente
se confió al hijo soltero que convivía con él. A los demás, ni una palabra. Ya
diría el tiempo lo que habría de decir de todo aquel misterio... Y, vaya si lo
dijo el tiempo; y como lo dijo!
Llegó el 15 de Mayo. Era el día de San Isidro Labrador. En el caserío de
Los Marcos se celebraba la fiesta con una misa solemne, una procesión del
santo, la bendición de los campos, todo ello como parte religiosa; y, una
especie de batalla juvenil a carretillazo limpio, que a su final terminaba en
juerga y en baile; juerga de bebida y comida, y baile popular de jota y
fandango con coplillas al son de guitarra y vihuela acompañadas de
hierrecillos y tamboril. Todo ello, si el tiempo era bueno, en la plaza; y si
llovía o hacía mucho frío, en casa de los Pedrojuanillos, la familia más
pudiente, importante e influyente de la aldea. Y el baile y la juerguecilla
duraban toda la tarde y parte de la noche... Y, ya en ella, las mujeres a dormir;
y los hombres, a seguir el trago y las carretillas hasta cansarse; todo era
cuestión de resistencia de cuerpo y de bolsillo.
Aquel año acudieron, como tenían por costumbre, a la fiesta de Los
Marcos, todos los Valeras; por una parte, el viejo y su hijo el solterón; por
otra parte el Paco y su mujer, la Tomasona. Y estuvieron todo el santo día
participando en los festejos sagrados y profanos; no se dejaron palillo que
tocar ni lugar sin acudir... El tío Valera, rijoso empedernido, piropeando y
trasteando a la Juana, la criada mocitranca de los Pedrojuanillos, a la que
quería casar con su hijo, con su cuenta y razón; el José, sin hacer caso de
nada ni de nadie, como un tontorrullón. deambulando de acá para allá, viendo
correr los cohetes por los suelos y viendo correr el aguardiente por los
gaznates. Paco y la Tomasona, como algo que llevaban pensado, se
entretenían en sobrepasarse, por separado, la una con cierto mozo bien plantado
al que incitaba y excitaba con sus bailes y picardías; y el otro, haciendo
carantoñas a la Braulia, una zorritonta y bobalicona; total, casi nadie era la
muchacha a quien el cazurro Paco, ya cansado de su mujer, hacía guiños y
pamemas. De todo aquel lío de dimes y diretes, de bailes, suspiros,
chismorreos, agasajos e incitaciones, la Tomasona llevaba la mejor parte:
casquivana, liante y atrevida, llevaba unas veces por la calle de la amargura
y otras por la calle de la dulzura a aquel mozo bien plantado, pastor de
mejores trazas que los Valeras, llamado Miguel Salinas. Y la Tomasona tanto
guiñó, sonrió y hasta se dejó restregar por Miguel, que la cosa terminó
concertando algún encuentro, por casolidá, en los predios o territorios más
escondidos de las fincas donde moraban los Valeras, y finalmente se citaron,
para dentro de un mes, en la fiesta de San Antonio, patrón de Las Monjas.
desde el 15 de mayo hasta el próximo 13 de junio, algún resobeo entre
medias, pues para eso estaban en lo mas álgido de la primavera, cuando la
sangre y el temperamento se alteran y se ponen de punta en blanco los
candiles del alma y las estampas del cuerpo.
Pero era el caso que aquello parecía demasiado sencillo, sin que el
bueno de Miguel Salinas cayera en la cuenta. Y tras el primer encuentro,
donde el enamoriscamiento no llegó a casi nada, se esperó hasta la fiesta del
santo de los enamorados que buscan novio o novia, el bendito San Antonio
de Padua, para ver hasta donde llegaban las cosas entre la Tomasona y el
incauto Miguel.
Así llegó el 13 de junio, día de San Antonio, fiesta mayor de la pequeña
aldea de Las Monjas. En la misa y en la procesión de vio a la familia de los
Valeras..., y a Miguel Salinas con los majos bien puestos, rondando a la
Tomasona, ante la disimulada indiferencia del marido. Y todo el mundo
observó cómo el viejo tío Valera, que no vio con buenos ojos los devaneos
de su nuera y la rumbosidad del gallardo Miguel, tras afear sus conductas les
propinó sendas bofetadas que se vieron y oyeron como presagio de males mayores. La reacción del mozo, que, aunque respetuoso con todo el mundo, tenía sus prontos, no se hizo esperar, y aquello se convirtió en una lucha a brazo partido y en una especie de batalla campal entre Miguel y sus amigos por una parte, y la familia de los Valeras por otra. Y el baile de la plaza terminó aquel año en Las Monjas como otro famoso baile: el baile de Cofrentes de la leyenda.
Cuando por estas circunstancias, y por haber llegado la noche, cada
mochuelo se fue a su olivo y cada cuál a sus respectivas casas, Miguel se
marchó a Los Marcos, Paco y la Tomasona tomaron el camino de Los Pleitos,
el viejo Valera se retiró renegando y refunfuñando hacia su casucha, y el
Valera solterón, más atontao que nunca, se quedó en la aldea para terminar
la juerga nocturna.
Cuando, de madrugada ya acudia a su camastro el machucho solteron
-
no encontro a su padre en casa, ni durmiendo ni despierto. Y muy extrañado
del caso, ya que las ausencias del padre eran raras y casi siempre en su
compañía salió a buscarle por los alrededores. Y cuando al fin lo encontró
sobre un altozano al lado del camino lo hallo cadaver. Tenia la cabeza
destrozada por una gran piedra. El asesino debia ser alguien conocido, pues
para no ser descubierto se ensañó con el viejo. Cuando, tras penosos
esfuerzos, pudo conducir sobre su espalda al muerto hasta la casa, se dio
cuenta de que el arca estaba abierta; ropas y enseres revueltos por el suelo, y
el pequeño tesoro del tío Valera había desaparecido.
Llamada la justicia se ordenaron pesquisas. Y casi, sin dudar, las
sospechas recayeron sobre Miguel Salinas, quien juró y perjuró que no sabía
nada de nada. Pero como mucha gente había sido testigo de su pelea con el
viejo Valera la tarde anterior, tras las acusaciones de Paco, la Tomasona y
José, la justicia procedió a su detención y a su envío a la cárcel
como primera providencia. Y no le valieron súplicas ni protestas.
En el castillo de Requena, prisión del partido judicial, pasó el honrado
Miguel casi dos años de su juventud. Recuerdo, a este respecto, haber visto
un papel en que el alcaide de la cárcel y el propio juez solicitaban del
Ayuntamiento el mantenimiento carcelario de Miguel, dada su insolvencia
económica. Y allí pudo estar muchos años más, al no haberse esclarecido la
verdad por pura casualidad.
Parece ser que, un tanto escamado y no muy conforme con los veredictos populares que declararon culpable a Salinas, el
menor de los Valeras, al cabo de casi dos años descubrió a los verdaderos asesinos: Paco y
la Tomasona. Lo sospechó primero, y lo descubrió después, al notar cómo
iban mejorando la indumentaria y el condumio de su hermano y su cuñada,
sin haber cambiado de trabajo ni incrementado sus ingresos legal y honaile
radamente. Y, observando, y vigilando, y escuchando palabras y frases
sueltas que la Tomasona dirigía como una arpía al ceñudo Paco, llegó a la
conclusión cierta de lo ocurrido. Y quedó totalmente claro cuando, al
regresar la famosa pareja a su casa, precisamente tras haber estado otro año en la fiesta de Los Marcos, ya de noche, al pasar cerca del lugar del crimen, la Tomasona increpó a Paco, llorando y gemecando, culpándole del hecho al que ella, según decía, no hubiera llegado nunca. No se daban cuenta de que el solterón José andaba tras ellos, siguiéndoles y escuchándoles de plano todo lo que había ocurrido dos años atrás.
Cuando al día siguiente la justicia detuvo a los culpables, ambos, deshechos y casi sin esfuerzo confesaron. Aquella noche de San Antonio habían abordado al viejo para que les enseñara su tesoro y les prestara algún dinerejo. Como el viejo se negó en redondo, un terrible garrotazo y una piedra acabaron con su vida, y, por si acaso resucitaba, la piedra machacó su cabeza. Después vino el robo y todo lo demás.
Cuando Miguel salía de la cárcel, Paco y la Tomasona entraban en ella.
A Miguel se le rehabilitó públicamente, pero nadie le pudo pagar todo lo que
había sufrido entre muros y rejas por algo de lo que era
inocente.
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