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45- HISTORIETA Y LEYENDA DE
TRES CURAS DE ALMAS.
En los pueblos pequeños, los hechos, vida y milagros, así como los
vicios y desahogos de los sacerdotes encargados de la Parroquia, son traídos
y llevados y casi siempre exagerados.
Desde los tiempos más remotos hasta casi nuestros días ha venido
sucediendo así.
Hoy apenas se hace caso ni de su persona ni de sus actos. No sabemos
qué será mejor o peor: si el meterse en los entresijos del cómo y el porqué de
su vida interna y externa, o la total indiferencia del pueblo hacia su párroco.
Está claro que las directrices postconciliares para el nuevo sacerdocio y la imagen sin sotana del cura católico, han contribuido a verle como un hombre más, y a tratarle con demasiada libertad, aunque reconozcamos que ello sea bueno para la Iglesia y para su labor social y apostólica. Pero insistimos en que, para bien o para mal, aquella figura que tanto por su misión como por su vestidura se salía de lo corriente en un pueblo pequeño, hoy tiene que identificarse y valorarse por su proceder y su servicial entrega a los demás. Como debió ser antes; pero ahora con la sencilla problemática de la democrática libertad de cultos.
De todas formas hay que reconocer que, antes, ahora y siempre, la clase eclesiástica no ha tenido muy buena prensa, como se suele decir; especialmente en estos dos últimos siglos. Y eso era y es debido a que el señor cura debió ser siempre espejo y modelo de virtud y de acciones irreprochables. Cuando esto no sucedía, ya había motivo de chistes, sarcasmos y alcahueterías; cuando el cura conculcaba mandamientos y caía
en faltas, aunque fuesen escasamente veniales - porque, como persona puede y pudo tener varios o cualquiera de los defectos humanos - las gentes se escandalizaban, fijándose muy poco en la pereza, la ira, la soberbia y la envidia; lo que más pábulo daba a los dimes y diretes populares eran la avaricia, la gula y la lujuria, sobre todo esta última, cuando en realidad parece la más disculpable.
Tras este preámbulo, quiero contar algo que sucedió por aquí, en tres épocas distintas, con tres curas distintos y con diversas motivaciones; algo así como el perfil de tres vidas dedicadas al apostolado rural por caminos y designios azarosos, dándose la variada circunstancia de que hasta su figura y retrato diferían substancialmente: don Francisco Rubio (1833-1839); don Cándido Doménech (1897-1902); y don Brígido Poveda (1916-1930).
Corrían tiempos muy azarosos. La primera guerra carlista azotaba
pueblos y ciudades, asolaba cosechas y encizañaba las conciencias de
muchos buenos hombres en uno y otro bando.
Era cura del pueblo un buen sacerdote, de porte y figura auténticamente sacerdotales, de mediana estatura y rostro agraciado; se llamaba don Francisco Rubio. Frisaría entonces sobre los 40 años, y era aficionado a la caza y a la buena vida en materia de comer y beber. Tenía en casa un ama, ya vieja, y un criado que lo mismo servía para sacristán que para ayudante en sus correrías cinegéticas. Por lo demás, era un fiel cumplidor de sus deberes como pastor de almas, y, sobre todo, isabelino furibundo, de los pocos curas que ni estaban conformes con la facción carlista, ni la ayudaron moral ni materialmente, sufriendo por ello quebrantos, amenazas, algún que otro coscorrón. y hasta conatos de secuestro como rehén, robos y sufrimientos en su persona y en su escasa hacienda. Debió ser buen andarín y conocedor de todo el territorio municipal llevado de su apostolado por todas las aldeas y caseríos y de su desmedida afición por todo lo cazable de pelo y pluma.
No es que desatendiera su deber parroquial, pero en alguna ocasión su afición le proporcionó disgustos, como el que le ocurrió a finales de junio de 1838, cuando dos hombres huidos de la facción carlista de Peinado, Vizcarro y El Puli (este último de Utiel) y que merodeaban por la Fuente de la Oliva, le robaron a él y a su criado sin que pudieran reconocer a los ladrones. Como esto sucedió a las once de la noche del día 30 de junio, cuando lo contaban al vecindario, mucha gente se preguntaba qué hacia el señor cura a aquellas
horas por tal paraje solitario: ¿es que quisieron hacer noche allí para esperar
al alba a las torcazas que acudían a beber en la fuente? ¿O es que les
sorprendió la noche regresando de Vadocañas o la Fuenseca donde el señor
cura habría visitado a los enfermos? La verdad de todo aquello se supo
después. Y es que el cura, con el conqué de la caza, aquel año andaba muy desasosegado recibiendo partes desde la ribera del Cabriel hasta Requena
para ver de erradicar de una vez y para siempre a las facciones carlistas de
aquel territorio. Y esta clase de actividad pudo costarle la vida, pues cuando
ya se creia que la faccion habia abandonado la comarca, la noche del 25 de
noviembre ocurrieron sucesos lamentables. Ello viene documentado en un
oficio o parte de guerra dirigido por el alcalde del pueblo urgentemente a la
cabecera del Cantón, y que de forma escueta, decía así:
"Siendo sobre las ocho de la noche estando en mi casa acostado llamó Sebastián Herrero,
vecino de este Pueblo, y levantándome y abriendo la puerta se presentaron
ocho facciosos, y preguntando si era el alcalde me dieron un oficio, y
diciéndole al Sargento Comandante que no sabia leer, me lo leyó él mismo,
cuyo contenido era el siguiente: ochenta raciones, sesenta camisas y doce mil
reales, y que de no presentar dichos pedidos, le presentase los mayores
contribuyentes, y sujetos, que se han llevado siete y el Escribano que se
llevaban, se les ha escapado, y han vuelto y le han robado y estropeado la
casa, y me han dejado para que hoy mismo les remita el pedido y de no ha
un cerio, que vuelven y me degüellan a mí y a la familia, como también al Cura,
y personas que se han llevado. Hoy nos personamos en ésa el Cura y
yo".
Como así sucedió. Y sucedió también que regresaron con una tropa de
la Milicia Nacional de Requena al mando de un destacado venturreño,
avecindado en aquella ciudad, Ramón Yebes, que recorrió toda la zona
dejándola pacificada.
Al año siguiente, nuestro cura don Francisco Rubio, se marchó del
pueblo, destinado a otro lugar en el que los carlistas no pudieran dar con él;
tal fue el secreto con que se procedió al cambio de párroco por el Sr. Obispo
de Cuenca, que ya no se supo nada de aquel buen cura y buen patriota.
Don Cándido Doménech era uno de los mejores sacerdotes que pasaron
por la Parroquia. De una fortaleza tremenda y con un corpachón que
rezumaba salud por todos sus poros, don Cándido, que cultivaba todas las
virtudes, no tenía más que un grave defecto: estaba poseído de su fortaleza y
vigor físico, era un poco soberbioso y, cuando se enfadaba, la humildad y la sencillez brillaban por su ausencia; es decir, su rostro se congestionaba por la ira, y apelaba a su fuerza para desafiar al más pintado, y, si era preciso, se quitaba la sotana para demostrar de hombre a hombre, y no como sacerdote, que no le tenía miedo a nada ni a nadie. Claro está que esto ocurría
poquísimas veces, pues normal y corrientemente era de lo más dulce y de lo
más humilde que había en el mundo sacerdotal. Era, de verdad, el amparo de
los pobres y el consuelo de necesitados y desvalidos, y su celo de párroco y
cura de almas era tan grande, que se desvivía por atender a los enfermos, mitigando sus dolencias con su suave charla de amigo y de hermano, recomendando amorosamente sus almas y ofreciendo cuanto tenía para
mitigar hambres y curar dolencias. Pero, en cuanto se enfadaba, era terrible;
y no lo podía remediar. Ello le costó la vida, como en adelante se verá.
Corría el año 1902; el médico del pueblo, don Melitón Cantorné no podía atender a tantos enfermos, pues entre la viruela y la angina diftérica que atacaron con furia a bastantes niños, y la epidemia gripal de aquel otoño
llevándose por delante a algunos viejos no dejaban ni respirar al médico, y
tuvo que pedir auxilio a los médicos de los pueblos vecinos: de Fuenterrobles
vino don Rafael Marín, y de Utiel, don Blas Martín; este último con nuevas técnicas y vacunas que contribuyeron mucho a controlar y combatir por lo menos, las enfermedades de los niños.
Ni que decir tiene que el buen cura don Cándido se multiplicaba en su
labor humanitaria y en su labor apostólica y sacramental. Cuando llegó el
otoño y la gripe ponía seria la cosa para los más ancianos, ya el cura había
auxiliado a los médicos y a los enfermos en tantas ocasiones como se le había
solicitado, y aún más, pues siempre preguntaba casa por casa, además de
informarse de los facultativos citados, para ir atendiendo al que la enfer
medad había postrado en cama.
Pero durante el verano, a causa de su celo, y a causa de cierto sofocón
estuvo en un tris en sufrir un ataque congestivo que le pudo costar caro. Y es
que una tarde, en el trinquete, y después de haber ganado una partida de
pelota al mozo más jugador del pueblo, éste profirió algunas frases
insultantes contra el cura, diciéndole que no se le ocurriera entrar en su casa
si alguien de su familia se ponía enfermo, pues no querían a ningún cura, y
menos a él; palabras que le hirieron profundamente y acabaron por encender
en él uno de sus famosos y casi incontrolables ataques de ira y furor,
quitándose la sotana -era su reacción en estos casos muy aislados- y retando
al mozo a lo que saliera y quisiera, dónde y cómo fuera. Y aunque aquello
terminó sin otras consecuencias que el natural disgusto, dejó huella en el
ánimo y en el cerebro del cura.
Pero ya entrado noviembre sucedieron dos casos que dieron al traste su
natural fortaleza. Primeramente tuvo que asistir al que fue su mejor amigo,
el Alcalde del pueblo, don Andrés Cahanes Pérez-Duque, quien murió
víctima de la epidemia gripal. Aquello le afectó tremendamente y anduvo un
tanto preocupado con su manía de pensar y pensar, olvidando hasta cierto
punto sus obligaciones; pero reaccionó enseguida, yendo nuevamente de
casa en casa donde hubiera enfermos para prestarles sus auxilios.
Mas, parece ser que la fatalidad jugó entonces una mala pasada.
Enterado de que allá por la Picota cayó enfermo el tío Leal, hombre de edad avanzada, (que resultó ser el abuelo del mozo con el que discutió y casi riñó
en el trinquete hacía unos meses) allá se presentó para ofrecerle el consuelo
de la religión y la ayuda de su propia persona en todo cuanto necesitase. Pero,
fuera porque el enfermo no quiso, o fuera porque la familia estaba bastante
enemistada con el cura y distanciada de la iglesia por los motivos ya dichos,
la cuestión es que no le permitieron la entrada y menos se le administraran
los últimos sacramentos.
Total, que el viejo falleció sin los últimos auxilios espirituales. Y
entonces, el cura, arrebatado por un nuevo acceso de ira, se negó en redondo
a que fuera enterrado en sagrado y, por la misma razón, dijo que no celebraría
funeral ni el entierro sería acompañado por él, ni siquiera acercado el finado
por el templo parroquial. En resumen, que lo enterraran corno quisieran, pero
sin intervenir para nada ni la iglesia ni el cura.
Y aquello cayó en el pueblo como un tiro y como una baladronada. Y como la Alcaldía estaba aún vacante y hasta sus amigos y colaboradores
parece que dieron marcha atrás en su amistad, todo el pueblo, o casi todo,
cogió al cura, le obligó a vestir los ornamentos del caso, y a trancas y
barrancas, a empujón vivo y caminando - como era costumbre - delante del
féretro, se le obligó, bajo amenazas de muerte, a verificar el entierro y a
cantar los responsos de rigor, subiendo hasta el cementerio y depositando el
cadáver en lugar sagrado, en la fosa ya preparada por el sepulturero.
Alguien me contó que, a causa del berrinche, terminado el famoso
entierro, el cura don Cándido se acostó en su cama y ya no se levantó más,
muriendo a los pocos días. Pero consultada la Historia del Clero del
Arciprestazgo Requenense (ensayo inédito de Adelo Círcel Ramos), este señor
cura pidió urgentemente su traslado, haciéndolo a Vfllora, en donde,
efectivamente, a los pocos días de llegar, falleció de repente, indudablemente
a causa del tremendo disgusto que se llevó en Venta del Moro y que no pudo
digerir ni olvidar.
Don Brígido Poveda vino al pueblo en plena Guerra Europea, en 1916.
Y estuvo rigiendo su Parroquia hasta 1930, en que ya algo viejecillo fue
trasladado a su pueblo natal, la Puebla del Salvador. Pero dejó tal sabor de
popularidad y simpatía que, por aclamación, el Ayuntamiento le nombró hijo
adoptivo antes de su marcha. Era un hombre tan pequeño, tan menudo y tan
frágil, que sus manos más parecían manos de muñeco sus pies menudos
como los de una bailarina de ballet, y su cara más parecía cara y rostro de
medalla que de hombre hecho y derecho. Sin embargo don Brigido Poveda,
ni muy largo de entendederas en dogmas, latines y oratorias teológicas, y
todavía menos largo en estatura (pues quizás no llegara al metro y medio)
demostró ser cura y hombre de verdad. Su talante cordial, abierto, liberal y
simpaticote; su risilla conejil y el sempiterno brillo alegre de sus ojos eran
como ventanas por las que se escapaba toda ponderación de afabilidad y por
donde entraban, para albergarlas en su corazón, todas las alegrías y las penas
de sus feligreses; las primeras, para felicitarlas y alegrarse con ellas, las
segundas, para entristecerse y tratar de ponerles remedio. De cualquier
manera, y en cualquier momentos don Brígido era el libro abierto de la
comprensión y de la generosidad. Y es curioso; nadie vituperó abiertamente
y con malicia sus fallos, que ciertamente los tenía y los tuvo, pues era amigo
de alguna francachelilla que otra, aficionado a los toros, al juego del julepe
y el tresillo, a la buena mesa y al buen paladar, .. .y no nos atreveríamos a
asegurar que en materia del sexto fuera modelo y arquetipo de pureza. Pero
algo tiene el agua cuando la bendicen, y algo tenía don Brígido cuando todo
el mundo lo apreciaba y lo quería. Y es que, la verdad, aquel curilla pequeño
y frágil en su contextura tenía don de gentes, capacidad de convocatoria,
una franqueza que le rebosaba.
En la mesa del tresillo era el comodín de la tertulia, el que más codillos
daba y el que sabía más tretas, por lo que, generalmente se alzaba con las perras de los demás. En el juego del arrime tenía tanto tino que, cuando cogía
la perra gorda para tirarla con su manecilla zurda -era ambidextro- resultaba
infalible, caía con exactitud donde se había propuesto. Tanta práctica tenía
en ello que en cierta ocasión y en las fiestas de la Patrona tiró el chavo seis
veces seguidas en una parada donde se daban paquetes de tabaco a quien
lograra colocar la perra encima de ellos; aquello fue una juerga regocijando
a los numerosos circunstantes, y casi desbancando al tío de la parada, quien
le rogó no tirase más porque lo llevaba a la ruina, conformándose entre risas el buen don Brígido con la condición de tirar la séptima vez para ver de obsequiar con otra cajetilla a su sacristán, como efectivamente sucedió entre el alborozo y los aplausos de la gente.
Todos los años era preceptivo, para el señor cura, hacer un viaje a
Valencia, otro a Requena y otro a Utiel, acompañando al Conde de Villamar
para ver sus tres corridas de toros. El Conde de Villamar que se las daba
también de muy liberal, era alto, fuerte, ya casi sexagenario y bastante
mujeriego, se solía llevar a los toros a don Brígido en su automóvil, un
Hispano potente y ruidoso, el primer coche que rodó por nuestras tierras; y
le gastaba tantas bromas, y a veces tan pesadas, que rayaban en el
despropósito; tal como cuando dejaba sin cerrar la portezuela del coche para
que en una curva cualquiera virara con rapidez, dejando en la cuneta al cura
y marchando sin él cierto trecho como si no se hubiera dado cuenta de la
pérdida; y lo que son las cosas, ni el cura se enfadaba, ni el conde tampoco
cuando veía mermada su cartera por las continuas peticiones del cura en
favor de la Parroquia y de sus más pobres feligreses, ¡Y qué lejos estaba
entonces el Conde de saber que aquellas orejas tiradas por el señor cura
diciéndole periñan, habrían de serle cortadas por la milicianada del año 1936!
Don Brígido tenía un ama, la Antonia, mujer un tanto feucha y
desgarbada, pero que sabía entender perfectamente al cura, y sabía cuidarle
con delicadeza y esmero.
No era muy larga de luces la Antonia, pero tampoco necesitaba mucha
sabiduría para halagar al hombre en lo que tenía de hombre, y servir al cura
en lo que tenía de cura. Es decir, que nos figuramos que la Antonia lo mismo
serviría para un barrido que para un fregado, sin entrar en más disquisiciones
ni complicaciones... Pero algunas simplezas tenía la Antonia, que movían a
risa y a pensamientos picarescos, con su atuendo y sus ingenuas manifestaciones.
Se nos olvidaba decir lo más importante: don Brígido Poveda era un
buen cura de almas. Hasta ahora parece que nos hemos complacido en
manifestar sus debilidades, olvidando sus prendas sacerdotales, que eran
reflejo de su bondad, su caridad y su amor y entrega al prójimo, que lo eran todos sus feligreses.
Cumplía y cumplió con sus deberes de párroco. Fueron catorce años de vivir y convivir entre gentes, generalmente sencillas, y no se avino nunca a respaldar nada que contraviniera su estado y su dedicación al pueblo llano, pero tampoco a glorificar falsos beaterios. Fue un cura sencillo, breve y tajante en sus apreciaciones, como breve era su inteligencia y como breve era su cuerpecillo. Un cura con una humanidad resplandeciente; si se quiere, un cura de misa y olla, sin otros alardes ni florituras... Y es que, cuando don Brígido reía o hablaba con su característica franqueza y sencillez, el Cielo asomaba por su boca
...
Además, a mí siempre me cayó bien y simpático; y a toda mi familia.
Por algo fue el cura que me bautizó y que también acristianó a mi hermano
y a mis dos hermanas. ¡Que Dios lo tenga en su Gloria!
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