46- CUANDO EL GENERAL GOMEZ PASÓ POR CASAS DE MOYA.

Era el 15 de septiembre de 1836. Tras el fracaso por conquistar Requena dos días antes, los generales Gómez y Cabrera salieron en la madrugada del día 15 de Utiel al mando de cinco batallones de infantería, dos escuadrones de caballería y dos piezas de artillería (en total unos 2900 hombres de la tropa carlista más aguerrida) y pasando por el Renegado llegaron a Venta del Moro y tras un breve descanso, marcharon hacia Casas Ibañez por las Casas de Moya y el puente de los Cárceles en el Cabriel, hecho histórico fidedigno recogido en documentos históricos donde se relata la famosa expedición de Gómez recorriendo más de media España.

Pero lo que no relata la famosa expedición es lo sucedido en las Casas de Moya aquel día, hecho que novelaremos a nuestro albedrío, con nombres y sucesos inventados por nuestra imaginación.

La comarca estaba soliviantada. Los partidarios de uno y otro bando se aupaban o se retraían a medida que las noticias sobre la proximidad carlista llegaban al pueblo y aldeas. Generalmente predominaban los elementos afines a Isabel II y el alcalde de la Venta que era Francisco Trujillo, declarado liberal, estaba en un vilo ante la noticia de que Gómez y Cabrera llegarían al pueblo en poco tiempo. Por entonces Utiel era una especie de sede y acuartelamiento carlista, al contrarío que Requena, plaza fuerte isabelina que no había podido ser expugnada por ambos generales. Y no hay que olvidar que la Venta del Moro todavía no llevaba un mes de municipio independiente, con lo que de buenas a primeras tuvo que apechugar con un problema de supervivencia siguiendo fiel a sus compromisos con Requena, a la que ayudó con algunos hombres, y, al mismo tiempo salvaguardándose de las incursiones carlistas. Ni que decir tiene que cuando la tropa facciosa llegó a la Venta aquel fatídico día 15 de septiembre, no encontró al alcalde ni a la mayoría de la población ya que habían huido al monte, pero alguien tuvo tiempo de avisar a las Casas de Moya advirtiendo que los carlistas se dirigían allí. Y habría de sufrir la aldea parecidos expolios y decomisos que Venta del Moro, ya que la numerosa tropa se iba suministrando de pan, piensos y ganado de los lugares por donde pasaba, y también requería de guías adiestrados para ir encaminándoles en su ya marcada ruta e incursión por estas tierras. Sobre todo necesitaban guías para salvar los intrincados caminos de la Derrubiada hasta llegar al Cabriel.

Al igual que sucedía en todos los lugares, en Casas de Moya había partidarios de uno y otro bando; y los elementos afines al carlismo se las prometían muy felices ante la exhibición de fuerzas de Gómez. Por ello no hubo dificultad en encontrar guías para encaminar la expedición y hubo dos hombres, Alonso García y Francisco Moya, quienes se brindaron para ello.

Eran dos honrados campesinos imbuidos por las ideas afines al pretendiente Don Carlos, pero más por afinidades de familia que por convicción, hecho que sucedía en la mayoría de los casos, y que se brindaron por considerarlo un deber, aunque un tanto escamados por los abusos que su correligionaria tropa iban sometiendo por donde pasaban.

Ya sobre mediodía había llegado una avanzadilla carlista a la propia aldea, precisamente los dos escuadrones de caballería. Tras descabalgar y buscar pienso para sus caballos y comida para ellos, los soldados se dispersaron por grupos por la aldea en plan de descanso y de curiosidad.

Cinco de ellos fueron a merodear por las afueras de la aldea, precisamente por donde se hallaba el pozo comunal de donde se suministraban agua potable los aldeanos. Cómo en todos los lugares eran las mozas quienes con su cántaro a cuestas realizaban esta necesaria y diaria labor. Y, como casi siempre, el lugar estaba frecuentado en aquel preciso momento; tres muchachas, quizás las más hermosas y dispuestas de la aldea, se aprestaban a la faena cotidiana comentando al mismo tiempo la llegada de la tropa y su marcialidad y aguerrida formación, despertando la natural curiosidad y el comentario femenino. Eran la María, la Petra y la Francisca, las dos primeras hermanas y la tercera una vecina, quizás la más pizpireta y dicharachera moza de la aldea.

Cuando los cinco soldados se acercaron a pedir agua a las muchachas y se entabló la consiguiente conversación, al principio intranscendente, pero después con más calor y fogosidad rayando en la lascivia, los soldados
creyeron hallar terreno abonado para sus lujuriosos deseos en la charla de la Francisca, y sin pensarlo mucho se lanzaron como perros de presa hacia las tres mozas, las cuales a pesar de su defensa y forcejeo se vieron apresadas en un santiamén. No les valió su llamada de auxilio, dada la relativa lejanía del poblado, y las tres cayeron desmayadas a merced de la soldadesca. Parece ser que alguno de ellos, compadecido de las dos hermanas intercedió para que ninguna de ellas fuera violada, aunque sí fueron manoseadas y ultrajadas.

Pero la Francisca sufrió el mayor ultraje el ser violada por un bigardo de malas entrañas, precisamente el que parecía llevar el mando de los cinco, tras un ribazo escondido a alguna distancia del pozo, y hacia donde fueron arrastradas las tres desdichadas doncellas.

Tras consumar el nefando hecho, el infame y sus cuatro compañeros abandonaron a las muchachas y regresaron a la aldea para iniciar la nueva marcha, ya que en poco tiempo había llegado el grueso de la expedición y había que apresurar el movimiento hacia el Cabriel.

Con lo que no contaron los desaprensivos soldados, fue que las tres muchachas eran precisamente hijas de los dos guías que habían de dirigir la caminata: María y Petra eran hijas de Alonso García y Francisca lo era de Francisco Moya.

Y como no había tiempo que perder, se puso en marcha la columna con sus guías el frente, camino de Los Círceles.
Ya hacía una hora que había marchado la tropa cuando las tres muchachas, alborotadas y llorando angustiosamente, llegaron a la aldea y a sus respectivas casas.

Pronto se conoció y se corrió la afrentosa noticia de casa en casa. Y toda la aldea fue un unánime dolor y desesperación, olvidando los abusos que se les habían hecho en ganados y víveres, clamando por la infamia cometida con las tres muchachas y, en especial, por la violación de la Francisca, la moza más dispuesta y cariñosa de la aldea. Y el clamor derivó lógicamente en ansias de venganza y justicia, pensando que todavía no era tarde para exigir el castigo de los culpables.

Ni cortos ni perezosos, dos buenos vecinos, los más ágiles y andariegos que quedaban en el lugar, fueron comisionados con urgencia para avisar de la tropelía a los dos guías aldeanos.

Por trochas y vericuetos de montaraces atajos, siguiendo los pasos de la tropa, descolgándose por barrancos y laderas, los dos hombres llegaron a Los Cárceles casi al mismo tiempo que las primeras avanzadas carlistas.

En seguida, los guías Alonso y Francisco supieron lo sucedido, y juraron vengarse si los generales que mandaban la columna expedicionaria no hacían justicia y escarmiento.

El general Gómez era un cumplido caballero, y el general Cabrera, a pesar de su fama de crueldad, era un amante de la disciplina castrense e igualmente justiciero. Ambos conocieron el triste suceso, y ambos unidos reunieron a los dos escuadrones de caballería para aclarar los hechos y dar cumplida justicia al infamante desmán cometido en las Casas de Moya.

Y, en sumarísimo consejo de guerra, y en virtud de las indagaciones efectuadas hasta dar por hecha la culpabilidad del soldado que cometió la felonía; y la complicidad y pasividad ante el hecho de los otros cuatro compañeros, fue condenado el primero a ser pasado por las armas, sin más contemplaciones ni descargos a su favor; los otros cuatro fueron castigados a trabajos forzados en el penal de Estella, que dominaba la facción, y a recibir cincuenta azotes en presencia de toda la fuerza formada. Allí y así se hizo sumaria justicia. Y, como el tiempo apremiaba, la expedición carlista continuó su acelerada marcha.

Los dos compañeros aldeanos Alonso y Francisco, regresaron, mohinos y tristes, a su aldea, pues ni la muerte del facineroso soldado ni el arresto y castigo de los demás, les había satisfecho ni borrado la afrenta. Especialmente Francisco, el más afectado por la infamia, no tenía consuelo ni lo tuvo por mucho tiempo. Con aquel triste episodio se les acabaron sus apasionadas ideas carlistas.

El tiempo lo olvidó todo. Y hasta la Francisca, la única violentada en toda su integridad física y moral en aquel trance, se casó con un buen hombre, salvando con su nombre y su honradez el ultraje.

Durante mucho tiempo se recordó por estas tierras, particularmente en Casas de Moya y en Los Cárceles, el terrible escarmiento del carlista fusilado, porque el caballeroso general Gómez no quiso permitir en su tropa el atropello y la violación. Era algo que en su ánimo juró no tolerar, cuando tomó el mando de aquello legendaria expedición y demostración de fuerza carlista, atravesando media Empeña en defensa del Pretendiente, y que, verdaderamente, no les sirvió de mucho, ya que el pueblo español, en su mayoría, prefería el reinado de la entonces niña Isabel II.