47- EL ULTIMO DE LOS PRADAS.

Todo lo que vamos a relatar sucedió hacia la mitad de la pasada centuria, y concretamente en la que desde antiguo, se llamó las Casas de Pradas en honor de su fundador, un utielano llegado a estas tierras, de apellido Pradas,
por lo que al principio fue un simple caserío que fue creciendo con el tiempo hasta llegar a ser un lugar de cierta importancia.

La familia Pradas fue heredando sus posesiones en el caserío, una labor de secano en la Casa de lo Alto donde fundaron una pequeña ermita; unas tierras de regadío en las llamadas Huertas Nuevas o Huerta del Reloj, donde instalaron un molino harinero movido por las aguas de una acequia o caz procedente de la rambla Albosa, cerca ya de la confluencia de esta con las ramblas de la Bullana y de Varejo, molino que hasta hace poco se conservaba con el nombre del molino de piensos del tío Aniceto y que nosotros hemos conocido en los años del hambre o de la posguerra. Tanto el molino como la ermita dichos debieron fundarse a comienzos del siglo XVIII pues hablan de
ellos documentos viejos y hasta el diccionario de Pascual Madoz escrito en 1840.

Por lo que se sabe, la familia Pradas era la principal de la pequeña aldea y parece ser que sus actividades, su bondad y su honrada laboriosidad eran proverbiales, hasta el punto de constituirse en los factotum u hombres buenos, recayendo en ellos tradicionalmente los cargos o cargas que el núcleo capitalino de Venta del Moro iba delegando en personajes de los caseríos.

Pero no se sabe por que circunstancias el apellido Pradas iba desapapoco a poco a través del tiempo; quizás debido a la escasa descendencia masculina para perpetuarlo. Con certeza documental, el catastro de 1752 dice que tenían tierras en Casas de Pradas, Blas y Nicolás de Pradas ; yen un documento de 1806, aparecen Ginés y María de Pradas, como propietarios en dicho lugar.

El caso es que a mediados del siglo XIX no había allí más que un hombre apellidado Pradas, concretamente José, quien como último vástago heredó las propiedades de sus antecesores, y además de ser el delegado del pedáneo de Venta del Moro, hubo de regentar el primer estanco que se estableció en Casas de Pradas, con lo que se constituía en delegado, molinero, estanquero y santero, todo a la vez, trabajos que realizaba alternando sus varias actividades, pero con un celo y un desvelo dignos del mayor encomio, y a quien acudían los demás vecinos en busca de consejo, de componendas y a veces en busca de su ayuda económica y de trabajo campesino y de molienda.

Fueron muchas cosas las que realizó durante su larga vida nuestro buen José Pradas desde su heredamiento hasta su muerte, abarcando casi los tres últimos tercios del pasado siglo. Cómo labrador de la Casa de lo Alto y vigilante de su ermita logró importantes mejoras en las tierras de labor de cereales y las primeras viñas del contorno, y siendo pedáneo-delegado puso en pie a toda la pequeña aldea para verificar la erección en Casas de Pradas de una pequeña iglesia dedicada a San Antonio Abad y a la que trasladó el culto que hasta entonces se hacía en la ermita de Casa de lo Alto, todo ello con grandes festejos populares, el alborozo con siguiente y la exaltación de la fe religiosa de los lugareños, base y fundamento de la Parroquia que después llegó a constituirse, ya fallecido el buen José Pradas, en 1 896, y cuyo primer cura párroco fue un excelente sacerdote llamado don Faustino Pérez.

Como molinero de piensos y harina panificable en su vetusto pero bien trajinado molino de las Huertas, consiguió tal fama de honradez que logró atraer una numerosa clientela o parroquia no solamente de Casas de Pradas, sino de toda la Venta del Moro y de otras aldeas y caseríos hasta dos leguas a la redonda. En el molino tenía un encargado o empleado, un tal Antonio Martínez, de absoluta confianza y que en ocasiones hubo de bregar y actuar con energía ante pretensiones de mala estofa y ante las desaprensivas peticiones de las partidas carlistas, que de vez en cuando lo visitaban y exigían suministros en especie.

Y como estanquero y tendero a la vez, con un pequeño establecimiento donde se vendía tabaco, sal a la menuda y diversos comestibles, tales como pan, legumbres, aceite y vino, era como un padre y como un valedor de pobres y trabajadores campesinos, suministrándoles géneros al fiado y pagaderos como se podía. También en aquel pequeño establecimiento hubo de sufrir algunos desmanes de la facción y otras gentes desaprensivas. Es un hecho documentado que durante la primera guerra carlista, hacia 1838. un tal Juan Navas, de Jorquera, que se dedicaba a guiar partidas carlistas por la Derrubiada entre la Mancha y Utiel, al ir a comprar cigarros para la carlistada pretendió pasar una dobla de 40 reales por una de 80, cosa que nuestro estanquero no toleró y denunció seguidamente logrando la detención de tal sujeto y su traslado preso a Requena.

Estaba casado José Pradas con una buena mujer llamada Petra, viviendo y conviviendo en estado de relativa felicidad dentro de los avatares y circunstancias en que les tocó vivir.

La única pena que les aquejaba era el hecho de no tener descendencia, carencia que solían mitigar con el cariño que prodigaban entre el vecindario. Pero un buen día decidieron adoptar una niña, hija de madre soltera y sin padre conocido, cuyo destino hubiera sido el ingreso en la casa-cuna de Cuenca o de Valencia donde solían terminar estos niños. El caso fue que la adoptaron y le pusieron por nombre Rosalía, dándole sus apellidos.

Ni que decir tiene que aquella felicidad insufló nueva vida y nuevos bríos en aquel matrimonio, incrementando sus bondades y su entera disposición de ayuda al prójimo dentro de los límites de sus posibilidades económicas, transcurriendo algunos años en aquella feliz familia.

Pero como la felicidad no es casi nunca completa, sucedió un hecho que no habían previsto. Una epidemia de viruela loca de las que de vez en cuando se desencadenaban por estas tierras se llevó por delante a la preciosa niña, sumiendo en la más terrible desesperación y desconsuelo al ya maduro matrimonio, que no pudo reaccionar ante la magnitud de la desgracia.

Muy pocos años después morían ambos esposos en un lapso de dos meses entre uno y otro, extinguiéndose con ello el apellido Pradas hacia finales del siglo XIX.

Algunas de las cosas que se cuentan en este relato son producto de la imaginación, pero que muy bien pudieron suceder. Otras son del más absoluto realismo. El caso concreto es que con José Pradas acabó la saga de tal apellido. Quedó para perpetuarlo el nombre de Casas de Pradas en una de las aldeas más populosas y bonitas de Venta del Moro, que es modelo de honradez y de emprendedora actividad y a la que sus moradores consagran con orgullo y satisfacción su trabajo y su bondad. Hoy, los Cárcel, los Pardo, los Cañas, los Descalzo y otras familias y otros apellidos son dignos continuadores de aquel apellido Pradas; y aunque las últimas emigraciones han puesto a prueba la permanencia en sus primitivos lares, estén donde estén los descendientes de aquellas familias, siempre viven del recuerdo, de sus raíces y siempre vuelven más o menos circunstancialmente a respirar los aires de la aldea.