48- LAS CUENTAS DEL TÍO “ALIFONSO”.
(Cuento sobre pesas, medidas y monedas)

Hasta que se inventó y se puso en práctica el sistema métrico decimal, hubo: diversidad de pesos, medidas y monedas que conviene recordar como simple curiosidad:

- Legua, paso, vara, codo, palmo, pie, pulgada, jeme, para longitud.
- Quintal, arroba, libra, onza, adarme, para pesar.
- Barchilla, fanega, almud, celemín, para medir áridos y granos.
- Fanega, almud y celemín para medir tierras de riego y labor.
- Arroba, cántaro, azumbre y cuartillo, para vino.
- Arroba, libra y onza, para aceite.
- Peluconas, escudos, ducados, doblones, onzas, reales de vellón, ochavos y maravedises como monedas.

De todas estas medidas cabría hacer sus respectivas equivalencias con el moderno sistema métrico decimal, que no es el caso en este relato. Algunas de ellas todavía son recordadas por las personas mayores, pues estuvieran vigentes hasta no hace mucho; tal el caso de libras y onzas para el azafrán, y arroba y libra para el aceite, sin olvidar la tan usada arroba de vino.

Y es sabido que, desde siempre, la gente dedicada al comercio, tiendas, abacerías, carnicerías, panaderías, tejidos, etc. ha solido tener mala prensa, es decir, arrimaban el ascua a su sardina en cuanto podían, aunque la verdad sea dicha, en las aldeas y pueblos pequeños tampoco serían estos negocios muy prósperos, cuando una gran mayoría acababa por cerrarlos ante lo escaso del margen de venta o ante la abrumadora cuenta de deudas (ditas), sumado a los propios gastos caseros. las mermas y demás zarandajas vulnerables, convertían el negocio en una ruina.

De todas formas, algunos desaprensivos comerciantes solían apelar a ciertas artimañas que, si no se descubrían, proporcionaban beneficios rayanos en el ladronicio. Para combatir este mal, ya desde muy antiguo, las autoridades tenían obligación de velar para que el pequeño comercio existente no transgrediera la ley y el buen uso de las pesas y medidas en vigor, sujetos legalmente y por mucho tiempo al llamado ‘marco de Avila”.

Tanto es así que removiendo viejos papeles hemos visto algunos datos sobre este particular; así los siguientes:

El Corregidor de Requena don José Claudio Andrés y Embite, el día 2 de noviembre, de 1787 visitó la entonces aldea de Venta del Moro, verificando una inspección a la tienda de Alfonso Medina en donde no halló nada anormal en pesas y medidas, pero en la inspección que hizo en la carnicería de Asensio Martínez observó el Corregidor que la pesa de cuatro onzas estaba defectuosa y ordenó cambiarla.

En otra ocasión, en la visita del Corregidor don Antonio Urcizar de Aldaca el día 9 de febrero, de 1792, inspeccionó el único puesto público que había en Venta del Moro, una tienda que vendía géneros comestibles, carne, jabón, aceite etc., observando el peso donde se pesaban los géneros, y vio que los cordeles tenían piezas fácilmente quitables, por lo que se ordenó que se fijaran piezas de hierro para que no se pudieran quitar y estar fieles, ordenando también que las medidas (midas) de hojalata para el vino y el aceite se hicieran nuevas de hierro y cobre para que no perjudicaran a los compradores.

Así debió seguir siendo en tiempos sucesivos a cargo de las autoridades locales. Durante el primer tercio de nuestro siglo recuerdo perfectamente que en el Ayuntamiento había un juego de pesas y medidas de las que se encargaba el Concejal Síndico, para salir de vez en cuando a inspeccionar las tiendas y todos los puntos de comercio. A esta operación se le llamaba popularmente “el repeso”. Pero con demasiada frecuencia aquello no pasaba de ser un amago o advertencia, ya que los mismos vecinos obstaculizaban, bien por amistad o bien por interés, la acción de la justicia, avisando con inusitada rapidez a los tenderos tan pronto columbraban que iba a salir el repeso; y no, cabe duda que el soplo o chivatazo salía en muchas ocasiones de la propia Casa Consistorial.

De cualquier forma aquello fue un intento de poner coto a bastantes vicios, rapiñas o arbitrariedades en la venta de comestibles en algún que otro desaprensivo tendero; no todos, ya que la mayoría fueron demasiado honrados, los que abastecían al pueblo y expuestos al riesgo de no cobrar, por vender de fiado.

La familia de apellido Medina tuvo que tener cierto ascendiente y predicamento en Venta del Moro desde hace algunos siglos.

Como se hace constar anteriormente un Alfonso Medina (le dirían Alifonso) era el único tendero o abacero de la Venta en 1787 y algún descendiente quedaría cuando, hasta nuestros días ha seguido habiendo Medinas: el tío Polaco y sus sucesores, doña Rosa Medina, dama de prosapia y alcurnia, etc. Por ello, cuando a finales del pasado siglo ya el dinero se contaba por pesetas y duros de plata en algún caso de prosperidad y riqueza, y casi siempre en nuestra pobreza se contaba por calderilla o perras y a lo más por reales, algunos pesos ya se hacían por kilos y gramos, las medidas por litros, aunque seguían usándose otras antiguas, había en la Venta otro tal Alifonso, posiblemente también Medina, que creía reunir ciertas condiciones mercantiles. Estableció, una tienda de comestibles huyendo del jornaleo de la gleba, ya que carecía de tierras propias, y, al que ante su fama de honradez le ayudaron algunos capitostes de la situación; así montó su pequeña tienda adeudándose en unos mil reales, cuyas réditos debía abonar por Tosantos, aparte de ir amortizando poco a poco, a medida de sus posibilidades la deuda contraida; es decir, que sus acreedores no le agobiaban mucho.

Antes de seguir el relato del tío Alifonso, diremos que los duros y las pesetas de plata y alguna onza o doblilla de oro estaban donde estaban y eran poco o nada asequibles a la gente humilde y jornalera, pues aunque la unidad monetaria ya era la peseta, se solía contar, pagar y comprar más por reales, perras y hasta por centimillos. El real era de 25 céntimos de peseta y por entonces no tenía moneda propia (el real de níquel con agujero vino después), sino que venía a ser un total de 5 perrillas o perras chicas, o también dos perras gordas y una chica.

El porque de llamarse perras y pernllas estas monedas de cobre, se debió a que en la cruz o culo de las emitidas por el gobierno de la l’ República había un leoncillo apoyándose en un escudo de España, y a este león la sabiduría popular, que casi nunca se equivoca, dio en llamarle perro o perra, y así la moneda de 10 céntimos era la perra gorda y la de 5 céntimos era la perra chica o perrilla. También se usaban las monedas de cobre, casi minúsculas, de 2 y 1 céntimos, este último llamado centimillo. Y todo ello constituyó la calderilla quizás por ser de cobre como las calderas de uso doméstico.

Cuando ya estas monedas, se fueron extinguiendo y pasando al olvido hacia la mitad del siglo, a las perras gordas las llamábamos chavos morunos, y con ellas y las pequeñas perrillas jugábamos al fréndiz, al palmo, al arrime, al bolinche y a la tocayeta.

Pero, a lo que vamos y proseguimos. El tío Alifonso puso su tienda y al principio las cosas no le fueron muy mal; parecía que aquello iba prosperando ante la vigilancia casi inquisitorial del cajón de las perras, el control de entradas y salidas, y la buena disposición y simpatía del tío Alifonso, quien estaba siempre, como se dice, al pie del cañón no fíándose de nadie ni de nada. Así pasaron dos años y pudo cumplir con sus deudas, no quedando a deber más que unos 200 reales.

Sin embargo no contaba el buen hombre con algunos inconvenientes que surgieron sin poder remediarlo; en primer lugar, hubo un año de terrible hambruna por haberse perdido todas las cosechas a causa de unas hielos tardios, y por lo tanto no hubo jornales, por lo que no tuvo otro remedio que vender mucho a fiado, pues aunque al principio quiso rebelarse, su conciencia y su compasión pudieron más; y en segundo lugar, porque su mujer y su hijo le salieron ranas en materia de economía; la primera por excesivamente golosa, que iba poco a poco esquilmando el comestible que le apetecía, y el segundo porque era un guacho demasiado espabilao, que de vez en cuando daba en abrir el cajón y atrapar el dinero que le convenía para sus gastos y vicios.

En concreto y sin más explicaciones: el pequeño negocio quebró minado por tantos inconvenientes, y de la noche a la mañana se encontró, el tío Alifonso más limpio que una patena, y con su deuda a cuestas, pues por mucho que quiso apelar al cobro de los morosos a los que había socorrido antes, apenas recobró veinte reales, ya que unos le daban con la puerta en las narices, otros no reconocían la deuda, y los más honrados se le ponían casi de rodillas y gimoteando diciendo que ni siquiera tenían para comer aquel día.

Así pasó algún tiempo, y, como sus acreedores no le apremiaban y le daban algún que otro jornal para poder ir tirando, se fue acomodando el buen Alifonso a la situación, se fue resquebrajando su sólida moral casi sin darse cuenta, y cayó en un aquí me las den todas agarrándose como una lapa a la inconsciencia y transformándose en un verdadero cantamañanas, a quien le daba igual una cosa que otra.

Así pues, haciendo sus cuentas, más para cobrar que para pagar, en ocasiones enviaba a su hijo a visitar a los deudores con tan mala fortuna que era rara la vez que conseguía algo. Cierto día, cogió al muchacho del pescuezo diciéndole enérgicamente: -“Ahfonsete, ve a casa del tío Juan el Pelao y dile que te dé los seis reales que nos debe, que los necesitamos con mucha urgencia; después te pasas por casa de la tía Aniceta y le pides las tres pesetas que le presté cuando la enfermedad de su marido, que en Gloria esté. Y a ver si ahora no vienes de vacío, pues tú y yo necesitamos alpargatas, y la madre está sin ropa, casi desnuda’. Pero el zagaluchón que ya no quería ir con estas embajadas, le enjaretó de repente a su padre: -“Y de los cien reales que debemos al tío José, qué hacemos !“. El tío Alifonso se sulfuró de veras, diciendo: “qué clase de cuentas son esas ...? Si otra vez me contestas así, te doy un coscorrón que te acuerdas toda la vida; ¡no ves que estamos a finales de mayo y en este mes las cuentas grandes no se pueden pagar!”.

Como el tío Alifonso era ciertamente simpaticote y caía bien al vecindario y hasta a sus acreedores, éstos, que dominaban por entonces la situación política, y también por su cuenta y razón para ir resarciéndose poco a poco del endeudamiento, resolvieron nombrarle alguacil, y con sus cortos emolumentos logró sobrevivir, más mal que bien, junto al gandul de su hijo y a la golosa de su mujer.

Como también entraba en sus funciones el acompañar al Concejal Síndico, porteando el juego de pesas y medidas, cuando de vez en cuando salía el repeso a inspeccionar tiendas y puestos de comestibles, el tío Ahfonso recordaba sus tiempos de tendero, y como estaba al tanto de algunas ingeniosas artimañas en pesadas y sisas por haberlas practicado en su beneficio, siempre se compadeció del gremio ingeniándoselas para poner de antemano en guardia a las tenderos, cuyas infracciones si así podían llamarse, quedaban casi siempre impunes a no ser que el descaro fuer un manifiesto fraude de mayor cuantía.

Cuando ya era viejo terminó de pagar su deuda, que fue desquitándose de su pequeñísimo sueldo, y al comprobarlo, saltando de alegría, sacó su libreta defiao y de uno en uno fue borrando lo que aún le debían más de diez y más de veinte, desde que su negocio tenderil empezó a debilitarse. Y con aquel borrón y cuenta nueva se quedó muy satisfecho, perdonando todo, y sabiendo que con ello también se quitaba de encima a más de diez y más de veinte enemigos, pues está demostrado que el que presta algo o vende de fiado, casi siempre suele quedar mal, tanto si cobra a la fuerza como si no cobra.