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49- LAS POSADAS DE LA VENTA DEL MORO.
(Entre la historia y la leyenda)
El propio nombre de Venta del Moro indica ya lo que primeramente fue
nuestro pueblo: una venta, mesón. posada. parador y descanso para
trajinantes, buhoneros, verederos o viajeros de toda índole, en los comedios del
camino de herradura que un ía Requena con Iniesta. y por la vereda ganadera
cinc el Concejo de la Mesta estableció entre Castilla y Valencia. Aunque se
desconoce su primerísima ubicación, la tradición cuenta que estuvo en la
actual Calle de las Cruces.
No es extraño que en los sucesivos tiempos y siglos, aunque
desapareciera aquella inicial venta, con el desarrollo del caserío y el aumento
de población, alguna otra hubo de funcionar, ya que este peculiar negocio de
asilo, descanso, repuesto y pupilaje era necesario e imprescindible en
cualquier poblamiento de paso obligado por arrieros y vendedores
ambiilantes tanto es así que hasta en algunas aldeas (Jaraguas y Casas de
Pradas) hemos llegado a conocer hasta no hace mucho sus respectivas
posadas, por lo que nos induce a creer que en Venta del Moro las hubo desde
siempre. Hasta no hace mucho tiempo conocimos dos de ellas, la posada de
Sales y la posada del Velonero
No es lo mismo una posada o venta que una fonda, pues en las primeras
se albergaban gentes con sus caballerías, reatas, ganados o piaras, carros y
atalajes, mientras que en las segundas solamente se alojaban.
comian, descansaban y dormian personas: funcionarios residentes, viajantes de
comercio, transeuntes y negociantes o tratantes.
Por eso estos últimos establecimientos fueron mís modernos, habiendo
conocido ya en nuestros tiempos la fonda de Jesús Cervera (que además
ejercía con su camioneta el transporte de viajeros y correo desde la Venta a Utiel) y ello en la década de los años treinta y hasta los cuarenta de nuestro siglo, pues creo empezó a funcionar cuando se iniciaron las obras del ferrocarril Baeza-Utiel. Desaparecida ésta, hemos conocido la fondilla de Manuel Pedrón, que duró unos quince años; actualmente ejerce este
cometido y funciones la moderna instalación de José María Yeves Nohalés.
En este relato nos queremos referir únicamente a lo que siempre fueron
que, como ya hemos dicho, en los últimos tiempos eran dos: la del tío Mario Cárcel, el tío Sales, que fue la última que subsistió y la del tío
Francisco Cárcel, el tío Velonero, que desapareció a comienzos de los años treinta de nuestra centuria. Al tío Sales no sé por qué le apodaban así; pero al tío Velonero le vino el mote porque en su juventud se dedicó a hacer velas
y velones de cera, ya que en estas latitudes también había cierta y próspera
actividad colmenera que daba pingües beneficios a mieleros y cereros. Y es
que muchos apodos venían del propio oficio, tales como: Enrique el Herrero, Julio el Molinero, Dionisio el Cubero...
Las posadas ya han desaparecido en todos los lugares o poblaciones
grandes y chicas, pues el transporte, la comunicación y el comercio mo
dernos han borrado la razón de existencia y pervivencia de aquellas antiguas
ventas, posadas y mesones, quedando sólo para la historia sus nombres y sus
anécdotas.
Que casi siempre hubo, dos posadas en Venta del Moro es hecho cierto.
Y como no hay peor cuña que la de la misma madera, también es cierto que
no hay peor enemigo que el del mismo gremio. En una palabra, la rivalidad
entre las dos posadas fue casi siempre consiguiente y tradicional,
entremezclando lo meramente negocio posadero con la también rivalidad
política de aquellos procelosos tiempos del siglo XIX, que, en su mayor
parte, fue una continua y pertinaz lucha entre dos Españas enfrentadas.
Se dice que allá a comienzos de nuestra independencia como pueblo
había dos de estos establecimientos precisamente ubicados en los mismos
lugares en que existieron las dos últimas desaparecidas. También cabe notar
que siempre hubo otros dos edificios dedicados a acoger, en cuarentena, a
personas sospechosas de contagiar epidemias (tan crueles por entonces,
sobre todo el cólera morbo asiático) y a albergar a pobres vagabundos. El
primero de estos edificios se llamaba La Casema, sito en Los Caliches,junto
al cercado de doña Efigenia Herrero y frente a la carpintería de Emilio
Clemente, y que también sirvió como cuartelillo de la Milicia Nacional en
tiempos liberales y de los Voluntarios Realistas en tiempos absolutistas.
Últimamente, en mi niñez, recuerdo que allí se celebraban los bailes
domingueros. El segundo de estos edificios, bastante mísero por cierto, era
un pobre caserón a la salida del pueblo, pasada la Picota, en dirección a la
cuesta y camino de Requena, al que eufernísticamente se le llamaba hospital
de pobres y que fue más que hospital lugar de acogimiento de pobres
mendigos y vagabundos ambulantes, aunque últimamente sirvió de
alojamiento a la familia del Patojo el enterrador, donde se crió y recrió el
famoso Benito, casi siempre metido entre la ceniza del hogar, sin otro vestido
que el que su madre le dio al parirlo.
Remontándonos a nuestras dos famosas posadas en la primera mitad del
siglo XIX, diremos que la llamada posada de Arriba estaba regentada por un
matrimonio llamado los Canasteros, y la posada de Abajo se sostenía bajo la
dirección de los Mieleros. Los motes de las posadas se originaran en las
antiguas actividades de sus dueños y de sus ascendientes.
El caso era que la primera presumía de su extracción liberal
progresista, y la segunda profesaba ideas realistas o absolutistas. Y estas
adscripciones en lo político conllevaban la mayor o menos simpatía, según el
caso, de su pupilaje. Como si dijéramos cada mochuelo a su olivo, los
trajinantes, viajantes, buhoneros, vendedores ambulantes, afiladores,
castradores, reinendadores de paraguas, somieres, tinajas y lebrillos, los
gorrineros y demás ralea de gentes que precisaban alojamiento, lo buscaban
en la posada de Arriba si simpatizaban con el liberalismo, y acudían a la de
Abajo los que se creían moderados o favorables al poder absoluto. Todo esto,
que parece natural, algunas veces se violentaba cuando algún nuevo arriero
o trajinante que desconocía el politiqueo que se llevaban ambas posadas,
venía a recaer en una contraria a sus principios e ideas, veíase
inmediatamente enterado por algún alcahuete o correveidile de los que nunca
faltan en los pueblos pequeño, originando el traslado a la posada de sus
correligionarios y envenenando todavía más la situación.
Como ya hemos dicho que el edificio de La Caserna era cuartelillo Y
lugar de reuniones de los voluntarios realistas (absolutistas) o de la milicia
nacional (liberales) según los tiempos y gobiernos que corrían y mandaban,
también las susodichas posadas eran sitio de juntas, asambleas o reuniones
de los elementos contrarios a la situación en boga.
Así sabemos que, por ejemplo, los realistas Miguel Martínez Montón.
Vicente Haya, Alonso Martínez, Juan Cárcel, Manuel Yeves, y otros, se
reunían en la posada de Abajo o de Los Mieleros, bastante en secreto durante
el trienio constitucional (1820-1823) y los periodos liberales (1833-1 836) y
allí recibían consignas de sus gerifaltes de Requena y Utiel, respectivamente
don Pedro Monsalve y don Pedro Alamanzón, mientras los liberales
pueblerinos ocupaban la caserna repetidamente citada.
Y tambien sabemos que durante la llamada decada ominosa transcurrida
entre 1823 y 1833, los conciliábulos liberales o progresistas se celebraban a
escondicucas en la posada de Arriba o de los Canasteros, cambiándose las
tomas, mientras los realistas ocupaban la caserna cuartelera. En esta época
fueron renombrados venturreños liberales Francisco Trujillo, Ramón Yeves,
Juan Antonio Moya, Miguel Navarro, Nicolás Ruiz, Lamberto Torres, y otros
más, que obedecían las directrices y consignas de los capitostes requenenses,
el Abogado Cros y don Domingo Omlín.
De tal manera estaban encendidos los ánimos en aquellos años, que,
como ya relato en mi Historia de Venta del Moro, a mediados de 1823. los
absolutistas de Utiel conchabados con los venturreños que se reunían en la
posada de Abajo, vinieron a romper la lápida de la Constitución y colocaron
en su lugar un crucifijo. Envalentonados los liberales de La Caserna y la
posada de Arriba, al poco tiempo formaran una contraguerrilla que se
encargó de apedrear el crucifijo antedicho y, personándose en Utiel,
cometieron allí algunos excesos entre los elementos destacados realistas
utielanos.
Parece ser que esta rivalidad posaderil y vecindaria, casi acabó al
proclamarse la independencia de Venta del Moro (1836) y aunque las
sucesivas guerras carlistas afectaron a nuestro pueblo, ya que en el mismo
siempre hubo partidarios de uno y otro bando (aunque siempre se proclamó
más proclive al bando dinástico de Isabel II) al agravarse la enemistad
desembocando en lucha fratricida, parece que imperó el buen juicio, se
acabaron los conciliábulos y el anterior y nefasto politiqueo en ambas
posadas, yendo a devenir en lo que por su naturaleza correspondía: lugares
de descanso, acomodo y asilo para toda clase de gentes que negociaban
ambulantemente.
Así pasó casi un siglo más, permaneciendo ambas posadas en activo,
cada una con alguna peculiaridad propia, por lo que tuvieron respectiva
mente sus asiduos partidarios, pero sin coacciones ni intromisiones entre ellas. Es más, en cierta ocasión y por algunos años, hubo amistad y algo más entre ellas a causa del matrimonio de un vástago, nieto de la de Arriba con una guapa mozuela de la de Abajo, entroncándose Canasteros y Mieleros y borrándose toda rivalidad por muchos años y casi para siempre.
Pasada aquella euforia amistoso-familiar, las dos posadas cambiaron de dueños y al cabo de tres generaciones terminaron en manos de las familias del tío Sales y del tío Velonero y, habiendo disminuido el trajín de mer
cachifles y oficios ambulantes, un buen o mal día desapareció la posada de
abajo o del tío Velonero, aunque quedaron sus descendientes como vecinos
ya casados, entre los que fue algo célebre por su carácter el famoso
Francisquete, quién movía el morro como un conejo y que fue últimamente
el encargado del lavadero y fuente pública, con el consiguiente compadreo y
comadreo con el variado y siempre chispeante mujerío que le tomaban el
pelo durante su trajín de lavanderas y que él, no sólo soportaba, sino que se
divertía satisfecho tratándolas como hoja de perejil.
Quedo sola la posada de Sales, que creo tambien ya ha desaparecido,
donde ademas de tratantes de caballerias, gorrineros chelvanos, dentistas,
relojeros, charlatanes, vendedores ambulantes, y apañadores de cacharros,
tales como la tía Serapia y el tío Serapio, llegó también a tener huéspedes
fijos que encomiaron su buen trato, conociendo por fin la venta, en transporte
mecanizado de tejidos y prendas de vestir, que nos trajeron a domicilio los
famosos Alejandros de Requena.
Que Dios haya acogido en su seno a posaderos y posaderas que a través
de todos los tiempos se afincaron y ejercieron su imprescindible y a veces
benéfico oficio en Venta del Moro, y les haya perdonado si alguna trampilla
venial cometieron para forjarse su casi siempre pobre y endeble patrimonio.
La prueba de ello es que no conocemos a ningún vecino venturreño que se
hiciese rico con la herencia de sus antepasados mesoneros.
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