MEMORIA DE UN OCHENTÓN II

Autor: Feliciano Antonio Yeves Descalzo (Cronista Oficial de Venta del Moro)

Segundo capítulo de las memorias sobre nuestro pueblo escritas en el año 2000 por el Cronista Oficial. Estas memorias son un repaso alegre, y a veces triste, a las anécdotas de las gentes de Venta.

UNA MUJER INCONFORMISTA
El hecho sucedió en una de nuestras aldeas venturreñas, y me lo contó un señor cura, que tampoco viene al caso nombrar; de todos modos un buen sacerdote, ya que no se puede hablar nada malo de los párrocos que nos han venido rigiendo en todo nuestro siglo XX.
Fue llamado para asistir sacramentalmente a una mujer, más que anciana, -tenía unos 90 años, algo difícil de alcanzar- y que deseaba la paz de su conciencia y de su alma, dispuesta a terminar su peregrinación terrena y encaminarse a mejor vida, aunque en esta suya terrenal no se lo había pasado mal del todo.
Recibió los últimos Sacramentos con toda unción, dulzura y paz. Y, viendo el señor cura que se moría la anciana —en esto, los curas de almas tienen casi tanta experiencia como los curas del cuerpo o médicos- le hizo la recomendación última del alma, manifestándole lo buenísimo y felicísimo de la otra vida, la alegría eterna, la terminación de sufrimientos, y la bondad de Dios, quien la habría de acoger con gran misericordia y amor; y le pintó lo que sería la eterna felicidad, viviendo en los aposentos celestiales, la última y verdadera casa para los siglos de los siglos, amén.
La buena mujer recibió aquellas recomendaciones, y ya con la conformidad de su feliz destino, según tan enfática aunque sencillamente dicho por el señor cura, quedó un momento suspensa y pensativa y admitiendo todo lo que había oído, pero todavía con algún viso de luz en este nuestro mundo terrenal, y, algo apesadumbrada e inconformista, le dijo casi sin aliento al señor Cura: -"Sí, si señor; tiene usted razón;...pero como en casa de uno, en ninguna parte".
El sacerdote casi no pudo contener la risa ante la última salida parlamentaria de la buena anciana, y hubo de repetir argumentos y bondades sin fin, que la mujer admitía y admitió, hasta conseguir con resignación cristiana pasar a la otra vida solamente.

MI PRIMER PROFESOR DE FRANCÉS, VIRGILIO CAÑAMÓN.
Cuando yo empecé a estudiar el Bachillerato, jamás supuse que me tocaría aprender francés y latín. Yo creía que las asignaturas deberían ser siempre las corrientes y comunes en los estudios que hasta entonces había cursado en la enseñanza primaria.
Así pues, ante los inconvenientes de mi buen maestro, don Victorio, que tampoco sabía ni francés ni latín, había que resolver la cuestión, y como aquel gran hombre encontraba soluciones para todo, hallamos tres fórmulas amparándonos en la bondad y en la condescendencia del profesorado del Instituto de Requena, y buscando ayuda de quienes podrían hacerlo. Para el latín, se prestó a ayudarme el señor cura don Pedro López, y para el francés habló don Victorio con el tío Cañamón, recién venido de Francia donde estuvo unos años con su familia, para que su hijo mayor (que tenía sólo unos diez años) llamado Virgilio, me fuera leyendo y hablando sobre lo que el libro de texto decía, y muy especialmente lo que atañía a la pronunciación, pues es sabido que la mayoría de idiomas extranjeros se escriben de una forma y se leen de otra. Como aprendí de memoria las declinaciones y conjugaciones latinas, y como también el señor cura me tradujo los primeros párrafos de cada lectura (versaba sobre la historia de Roma), el latín se sorteó con relativa facilidad, aunque con gran comprensión por el profesorado del Instituto, ante mi tesón por el estudio como alumno libre con exámenes al final de cada curso escolar.
Pero la cuestión del francés se me atragantaba desde el principio, y había que ver y oír a Cañamón expresarse en su idioma (apenas conocía el castellano, pues había ido desde pequeñín a la escuela en Francia, y acababan de regresar de allí); y yo escuchando y atendiendo como Dios me daba a entender, palabras y más palabras, vocabulario y pronunciación pues aquello "no era hablar en cristiano", como me decían mi familia y mis vecinos, y hasta se reía mi maestro. El muchacho, al cual le pagaba don Victorio, bajo manga, y sin saberlo nadie, se esforzaba, pero ¿cómo podía ser profesor teniendo solamente unos diez años? Demasiado hacía y hacíamos todos, aunque algunas veces el muchacho también desbarraba con alguna fraséenla escandalosilla: -"Touche moi les coucoux" ("Tócame los co..."), o alguna chiquillada "Voulez-vous me donner un putois?" ("¿Quieres darme un beso"?) y así, así, mejor como autodidacta que con tal profesorcillo, fui asimilando palabras y gramáticas... y, cosa curiosa, ya con mayor consciencia, responsabilidad y afición o aptitud, fueron dos asignaturas que cursé bien y que en mis tiempos de magisterio llegué a impartir a alumnos de bachillerato y de formación profesional. Y, posiblemente, en mis colegios y en mis círculos literarios o enseñantes, siempre se me ha tenido como apto especialista en ello.
Pero siempre me acordaré de Cañamón, de Virgilio García Valera, familia de los Rojones, los Pumas y los Cabritos. Por cierto, el tío Mariano Borja, el "Cabrito" tenía una nariz tan torcida, que miraba a derechas, siendo como fue siempre hombre de izquierdas.

LAS MIGAS DE NEMESIO "EL REBADÁN"
En casa de los Rebadanes no se nadaba en la abundancia. Eran primos hermanos de los Rojones, en cuya casa las cosas no andaban mejor. Y cuando la tía Rebadana percanzaba la suficiente harina y algo de grasa, confeccionaba unas migas saladas, sin más aditamentos que algunos tostoncillos de pan frito, que alimentaban lo suyo y satisfacían el apetito, siempre abierto, de Rebadanes y Rojones (a los que invitaba en tales ocasiones).
En la familia Redaban estaba Nemesio, un muchacho de unos doce o catorce años, a quien no le gustaba las migas que hacía su madre, y muchas veces se quedaba sin comer, pues no había otra cosa para después. Pero Nemesio, emperrado y lloroso, persistía en su tozudez y negativa de tal manera, que su madre resolvió cortarle el asco miguero de raíz y para siempre.
Y, cierto día, Nemesio, como siempre, se quedó sin comer las famosas migas. Pero, para la cena, la tía Rebadana le puso delante a Nemesio, un plato de migas que había reservado; y Nemesio se quedó sin cenar... Al día siguiente la misma operación en la comida de mediodía... Y la tía Rebadana, antes de atizarle un pescozón a Nemesio, le dijo: -"Vamos a ver si de una vez te comes estos migotes!". A cuyas palabras, Nemesio, que ya llevaba la hambruna de dos días enteros, replicó: -"¿Pero es que son migotes? ¡Habérmelo dicho antes que son migotes!"-. Y, como una fiera, se arrimó al plato y allí no quedó ni la mínima huella de las famosas migas. Y ya no falló nunca el procedimiento: las migas de la tía Rebadana fueron siempre migotes para Nemesio.

EL CEREZO DE LA TÍA PIEDAD
La tía Piedad Olmo, madre Emilio y Julia Pardo Olmo, era viuda desde hacía años, probablemente desde 1920, pues yo no llegué a conocer a su marido, Julio Pardo. Vivía en la calle de la Iglesia, lindando con la casona de los Castillo.
De los dos hijos de la tía Piedad, el menor, Julio, nacido en 1916, murió en combate en el frente de Teruel, en 1937, siendo enlace u ordenanza del comandante Pardo en el batallón "Azaña", y de quien además era familiar. El otro hijo, el mayor, Emilio, se casó con Natividad García Olmo, la del tío Collado, y de la que tiene hijos y nietos. Tanto Emilio como Natividad ya han muerto.
Todo este preámbulo carece de importancia, si no fuese porque me gusta recordar familias y personas que aprecié y me apreciaron siempre y que fueron excelentes venturreños y amigos.
Pero a lo que vamos. La tía Piedad tenía una huertecilla en el riego de la Canal, cerca del pueblo. A la huerta se
accedía por una senda paralela al camino de la Puebla o de Iniesta, que se bifurcaba enseguida junto a la cruz del tío Telen, uno a la derecha para ir a la Noria y al Corral del Tuerto. Otro a la izquierda, que era el verdadero camino de Iniesta —el mismo, que antes de ser carretera, venía de Requena, motivando la fundación de la primera "Venta". Junto a la senda, y en el ribazo del lado de la acequia de riego, se alzaba un cerezo bastante recio y frondoso que precisamente daba unas cerezas de la clase que llamábamos "chelvanas", sin duda, de las mejores que había en la ribera de la Albosa, y eso, que por entonces, esta clase de frutales abundaba. Pero el cerezo de la tía Piedad era único. Sin embargo, tenía una grave dificultad para que sus dueños disfrutaran de aquel rico fruto, que estimaban por las razones antedichas. (De cualquier forma, todo el pueblo sabía que el día de San Juan se levantaba la veda, y quienes querían, podían ir a cualquiera de estos árboles sin que ni dueño ni nadie dijera nada). La dificultad era para los dueños, pero no para los viandantes de la senda, quienes tenían el fruto al alcance de la mano. Cuando el cerezo estaba en sazón, y era tempranero, pues maduraba antes de San Juan, persona que pasaba por allí, de ida o de vuelta, persona que se detenía ante las ramas bajeras del árbol que invitaban a coger y comer.
La tía Piedad y sus hijos, había años que solamente probaban sus cerezas subiendo a las ramas cimeras, pues la bajeras ya habían claudicado. Y un año, para ver si lograban detener el expolio, encargaron al guardia del campo, que era Tiburcio Cárcel, "Triburciete", que de vez en cuando se apostara por la olmeda ribereña y vigilara el árbol e impidiera que la cosecha se la llevaran los demás.
Y, en efecto, por allí se apostaba Triburciete. Pero este buen hombre, aunque fiel cumplidor de su obligación, pensaba ¿cómo iba a denunciar al viandante que cogía un par de cerezas y se las llevaba a la boca? Otra cosa hubiera sido coger "in fraganti" a quien se encarama al árbol y cogiera el fruto en algún recipiente para llevárselo a casa. En resumen, que aquellas pequeñas sustracciones no paraban; y también era mal el papel el suyo haciéndose el ciego ante tan repetidas aunque mínimas cogidas cereciles. Así que, ya no pudiendo aguantar más, el primero que pasó por allí y levantó la mano para atrapar una cereza, se llevó la soflama: -"¡Alto ahí! ¡Se prohibe coger ni una cereza más, pues al paso que vamos, a este cerezo le va a pasar lo que al choto de la Florentina, que se fue en catauras!"-
Y aquello fue motivo de varias cosas. La primera, de que al conocerse la parrafada de Triburciete por el pueblo, la risa fue un cañarete difícil de acallar. La segunda, que la tía Piedad también se rió y dijo a Tiburcio que levantara la guardia y que fuese lo que Dios quisiera, pues el mayor cosechero es siempre el amo, aunque renunciara a la cosecha bajera. Y, tercera, que con este motivo y otros, Tiburcio renunció a la guardería, pues para cobrar lo que cobraba (que era muy poco) y encima quedar mal, prefería quedarse en casa con su mujer y arreglarse su viñeja y sus cepas y oliveras. Lo pudo hacer porque no tenían hijos, y con cualquier cosa podían arreglarse la vida.
Y para completar filiaciones, hemos de decir que Tiburcio Cárcel Pérez, que fue uno de los hombres más chistosos y mejores personas de nuestro pueblo, era hijo de Tiburcio y Amparo, de la familia de los "Moscos" que con ellos se llamaron "Triburcios", y hermano del también famoso chascarrillista y coplero Aurelio, el encargado de la fábrica de
Vento Galindo, y de Isidoro, el marido de Germana Pedrón.
Y como eran "Moscos" a todos les picaba la misma mosca, la del dicharacho, el pitorreo, la carcajada y el buen humor, y su contagiosa chocarrería y gracejo; pero siempre que podían, comer regularmente, cosa que, en ocasiones, y para algunos de ellos no fue fácil.
Y al pensar que todas estas cosas y estos personajes ya fueron y desaparecieron de este mundo, las dejo como recuerdo y cierta nostalgia; la de aquel que piensa que conoció y trató a mucha más gente y de bien, sin menospreciar a su vecindad viviente- que la que ahora le rodea y trata. Es señal de que los ochenta ya los tengo. Pero, sea lo que Dios quiera; como dijo la tía Piedad al dejar libertad para quien quisiera comiera de su cerezo.

EL BURRO DEL TÍO BEATO
El tío Francisco el "Beato" vivía en la Plaza de la Iglesia, al lado de Jacinto Pérez el "Zapatero" (hoy una placa de cerámica recuerda el "Antiguo callejón del Tío Beato" en la fachada del garaje actual de José Pérez). Recuerdo que vivía con su esposa (no tenían hijos) ya un poco entrados en años ambos cónyuges. Tenían junto a su vivienda un corral con unas portadas bastante grandes. Allí tenían la cuadra, en donde por los tiempos de mi adolescencia, sólo albergaba a un burro enterizo o medio garañón, al que utilizaba el tío Beato para ir a su huertecilla, colocándole la albarda y el serón, o para ir a la fuente pública a traer agua para las necesidades caseras, yendo provistas de las correspondientes aguaderas para cuatro cántaros.
El tío Beato no estaba muy contento con su burro, pues de vez en cuando se alteraba al ver a alguna burra en celo, y armaba una tremolina de padre y muy señor mío echando a correr tras la hembra y pretendiendo el montaje aunque la burra no quisiera; y en más de una ocasión fueron las aguaderas y los cántaros por tierra ante las ansias, rebuznos y arremetidas del famoso burro. Pero se daba la circunstancia que el pobre burro no podía atinar en el salto porque su miembro masculino se doblaba o torcía en dirección que no era ni mucho menos directa. Así que tras armar los estropicios consiguientes, se quedaba al son de las buenas noches, es decir, con la picha mirando al Norte, como si fuera el imán de la brújula, cuando el asunto lo tenía en dirección a otro punto cardinal.
Desesperado el tío Beato de aquel burro, calentorro, rijoso, desproporcionado e incapaz de acertar por aquello de la picha en posición norteña, creyó conveniente venderlo a unos gitanos, y así quedó en paz y beatitud el tío Beato con su buena mujer, sin tener ni temer más líos de faldas con las burras de lugar.

EL TÍO DIONISIO "EL CUBERO" Y ALGO SOBRE "ARELI"
Era de Utiel y se llamaba Dionisio. Vivía en la calle de la Fuente frente a la casa del tío Miguel el "Sacristán", después de Marcelino Defez y su esposa la tía Adela. (Por cierto, y antes de que se me olvide debo citar el caso de la tía Adela, mujer ya anciana, con dentadura postiza, de aquellas primerizas que no encajaban bien, y que en un acceso de tos y estando cerca del water, se le cayó la dentadura dentro del cagadero, y tuvo que realizar una especie de maniobras militares para poder recuperarla; y que
limpió y...a comer con ella). Pero estamos hablando del tío Dionisio el "Cubero", que estaba soltero o viudo, no lo sé cierto, y en verdad era un profesional diestro en la cuestión de hacer, componer, remendar o adecuar toneles, pipas y bocoyes, especialista en cubetas y barriles para agua y vino, a base de golpear cellos y duelas, fondos y tapas, sin descanso.
Pero el tío Dionisio el "Cubero" (así se le llamaba por su oficio) era un poquitín aficionado al morapio, vino tinto o claro, de la clase que fuese. Y de vez en cuando, trastabillaba en sus andares y algunas eses se manifestaban casi completas durante sus esbozos de embriaguez, y que nunca terminó en el suelo. Se iba a la cama y hasta otro día. Pero la chiquillería se daba perfecta cuenta de cuando el tío Dionisio iba medio curda o cuando iba de su natural y perfecta armonía de cuerpo y estómago. Así era de ver apostarse a unos muchachos en la esquina y cuando veían al tío Cubero un poco tocado del ala, le endosaban un cantarcillo que decía, poco más o menos así: "Tártaro niní, que no tararirío". (Es sabido que el tártaro es a veces palabra que significa algo sobre la vinificación).
Eran casi siempre los mismos muchachos; algunos mayores como "Areli" y compañía, u otros pequeños como mi primo Sinforiano y su amigo "Paquillo Panquío". El caso era que el tío Dionisio salía corriendo tras ellos, sin lograr nunca alcanzarlos, pero echando sapos y culebras por su boca, dejando mal parados a padres, madres y demás familia de los muchachos con sus maldiciones; y con el jolgorio de los muchachos que corrían desalados. Alguna vez el tío Cubero vino a dar en tierra alargando más el regocijo puñetero de los crios. Por cierto, que aunque era buena persona el tío Cubero, a veces hacía gala de un genio insufrible. Un buen o mal día no se supo nada del tío Cubero. Un achaque o ataque repentino (del corazón o de la cabeza) se lo llevó para siempre, y algún vecino cayó en la cuenta y descubrió el cadáver del tío Cubero, y aquí paz y allá gloria. Se acabó Dionisio el "Cubero", nacido en Utiel, y remendador de toneles en la Venta del Moro.

ARELI
Y como la cosa viene al pelo y resulta que en alguna ocasión debo hablar algo de "Areli", diré que este se llamaba Aurelio Cárcel, hijo de Aurelio Cárcel (el encargado de la fábrica de Vento Galindo) y de Dolores Hernández la "Sorda". Y tenía Areli (que tenía este apodo por ser un buen futbolista y émulo de otro Areli famoso en el C.D. Utiel) algunas cosas, hechos y dichos, que sacaban de quicio a las personas mayores, a las que, por algún motivo o cuestión tomaba tirria o no les caían bien. Sobre todo a las mujeres entradas en años...tales como la tía Restituta la de Julio "Bernache" o la tía Genoveva que era viuda y un tanto regruñosas ambas. Pero como vivían cerca la una de la otra, en las vedadas y paseos nocturnos de los jóvenes, se hacían alusión a muchas cosas y con ganas de juerguecilla, en la plaza transcurrían las horas y allí no se dejaba dormir a nadie, motivo para que la Genoveva saliera al balconcillo para regañar o renegar de lo lindo contra los trasnochadores jovenzuelos, y lo mismo hacía la tía Restituta. Total y en resumen: que Areli se inventaba dichos tales como este: "Una, dos, tres, utal...¡Que se te ve el choto, Restituta!". O también: "Eva, eva, eva, a la mierda la Genoveva". Aquello acababa en carreras porque llovían los pozales de agua y algún que otro peñazo: pero al día, o sea, la noche siguiente Ídem de idem... Con las cosas y dichos de Areli.

Asociación Cultural Amigos de Venta del Moro
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